WASHINGTON.- El futuro del acuerdo nuclear con Irán pende de un hilo desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. Los otros países firmantes temen que el presidente estadounidense lo haga saltar por los aires, pero Trump podría seguir otra estrategia.

El pacto pretende evitar que Irán fabrique una bomba atómica y a cambio se compromete a levantar las sanciones impuestas a la República Islámica. Fue suscrito en 2015, tras años de negociaciones, por Irán, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia, China y Alemania. Pero para muchos republicanos del partido de Trump es un pacto insuficiente, una piedra en el zapato.

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Este domingo termina el plazo para que Trump explique en el Congreso si el Gobierno iraní está cumpliendo las condiciones del acuerdo. Se trata de un procedimiento puramente interno, dispuesto por el expresidente Barack Obama para otorgar capacidad de decisión al Congreso estadounidense. Esa certificación no está incluida en el acuerdo, que deja el control en manos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

La Casa Blanca ha anunciado una comparecencia del presidente para explicar su estrategia sobre Irán. Y cada vez hay más indicios de que Trump evitará retirar a Estados Unidos del convenio, al menos por ahora.

Trump ha cuestionado una y otra vez el acuerdo con dureza, asegura que es el peor suscrito jamás por Estados Unidos y critica su duración. Además acusa al Gobierno iraní de no cumplir con el "espíritu" del pacto, teniendo en cuenta las pruebas de misiles de Teherán y su papel en las guerras de Siria, Yemen e Irak. Irán apoya al Gobierno de Bashar al Assad en Siria, mientras que en Irak y Yemen apoya a las milicias chiitas.

Pero el tema de los misiles o de los conflictos en terceros países no están incluidos en el acuerdo nuclear. Además, hasta ahora todos los firmantes -inclusive Estados Unidos- alabaron a Irán por cumplir con lo suscrito. El propio Trump lo certificó ya en dos ocasiones ante el Congreso.

Según la prensa, Trump podría seguir ahora una doble estrategia. Se considera probable que afirme que el acuerdo no cumple con el interés de seguridad de Estados Unidos y rehúse certificarlo. El secretario de Defensa, James Mattis, sugirió la semana pasada que eso no tendría que suponer el final del pacto.

Al parecer la estrategia de Trump podría ser preparar la salida de Estados Unidos del acuerdo, pero no llevarla a cabo. Le pasaría así la pelota al Congreso, que en un plazo de 60 días tendría que decidir si vuelve a imponer sanciones a Teherán. Esa medida supondría una violación del pacto por parte de Estados Unidos y equivaldría a una salida del mismo.

Según varios medios, Trump no parece dispuesto a hacer ninguna recomendación clara sobre la reintroducción de sanciones. Tampoco está claro si en el Senado habría una mayoría a favor de esa medida, así que está por ver si se llega a elaborar un borrador de ley. Tras el fracaso sobre la reforma sanitaria, los republicanos no pueden permitirse otra derrota en un tema tan importante.

Desde Europa los diplomáticos ya han contactado con varios senadores estadounidenses: su impresión es que no hay un excesivo interés en que se vuelvan a imponer sanciones.

En realidad, Trump ya podría haber hecho fracasar el acuerdo sin contar con el Congreso. Cada 120 días su Gobierno tiene que prolongar el decreto que suspende las sanciones a Irán. La última vez que lo hizo fue en septiembre.

Al no certificar el acuerdo, Trump podría mostrar oficialmente su desprecio por el mismo. Además evitaría la vergüenza de tener que atestiguar de nuevo que Irán está cumpliendo las condiciones. Sería una señal para sus bases y adeptos, para quienes el acuerdo es un odioso resto de la era Obama.

A la vez, Trump estaría amenazando a Irán. Según el think-tank Soufan, uno de los objetivos de esta estrategia es conseguir negociar puntos que no están incluidos en el acuerdo nuclear. Como el programa de misiles de Teherán o su papel en los conflictos de la región.

No está claro si la posible estrategia de Trump conseguirá el efecto deseado. El Gobierno iraní ha dejado claro que no tiene ningún interés en negociar de nuevo, algo que tampoco desean demasiado los europeos. El efecto podría ser el contrario: aumentar las tensiones entre Washington y Teherán.

Las consecuencias para Irán también son impredencibles. Según Barbara Slavin, del think-tank Atlantic Council, podría fortalecer a los políticos iraníes de línea dura. El presidente Hassan Rohani, reformista, apostó en los últimos dos años por el acuerdo y ahora podría sufrir un importante desgaste.

FUENTE: dpa

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