jueves 23  de  julio 2026
EL JARRÓN CHINO

El rey de la manada

Desgraciadamente, este león de oscura cabellera no se ha hecho famoso por lo que fue en vida sino por su lamentable muerte.  Walter J. Palmer, un adinerado y supongo que aburrido dentista de Minneapolis, viajó a Zimbaue el pasado 1 de julio para participar en una cacería en la que contrató por 60.000 dólares los servicios del cazador y guía. Su objetivo era abatir un león

Por MANUEL AGUILERA

La vida de Cecil tenía todo los ingredientes para convertirse en una historia épica de la factoría Disney. Desde 2009, era el rey de la manada de leones en el Parque Natural de Hwange, en Zimbabue. Su condición de líder se la había ganado como sólo un auténtico rey de la selva puede conseguir: en una pelea a muerte con su antecesor. Según cuenta la periodista Esther Mucientes en el diario elmundo.es, Cecil le arrebató el trono a Mpofu, un león más joven, tras un enfrentamiento en 2009. La ley natural, la ley de vida, la ley de la selva… Cecil era feliz en el significado más literal de la palabra. A sus 13 años, unía a la responsabilidad de liderar el grupo, la felicidad de poder disfrutar los atardeceres, casi oculto entre la maleza de su paraíso. Existen imágenes de sus últimos días que así lo confirman. 

Desgraciadamente, este león de oscura cabellera no se ha hecho famoso por lo que fue en vida sino por su lamentable muerte.  Walter J. Palmer, un adinerado y supongo que aburrido dentista de Minneapolis, viajó a Zimbaue el pasado 1 de julio para participar en una cacería en la que contrató por 60.000 dólares los servicios del cazador y guía. Su objetivo era abatir un león. 

La peor parte de esta historia le tocó a Cecil, el león más grande y simbólico del país africano, que resultó muerto por herida de flecha tras desangrarse en una larga agonía que duró varios días. 

La mala suerte se cebó con el león símbolo de Zimbabue y su lamentable final se ha convertido en uno de los debates informativos de la semana en todo el mundo. Más todavía desde que se conoció la identidad del cazador y sus motivos para decidirse a obtener este trofeo, cuya cabeza quizás quería exhibir en alguna pared de su vivienda.

La indignación se ha generalizado en los comentarios de las noticias y en las redes sociales pero también ha habido quien ha cuestionado tanto interés en denunciar la muerte de Cecil, por parte de gente que no se ha involucrado en otras denuncias como, por ejemplo, la muerte de millones de niños por la hambruna en África. 

Es verdad, por ejemplo, que yo nunca le he dedicado esta columna a los niños de África, aunque como la toda la gente de bien creo que todos debemos sensibilizarnos con ésta y otras causas que afectan a la humanidad. No por ello voy a dejar de levantar la voz para recordar a ese viejo león, cuya muerte deja de manifiesto como a veces la estupidez humana crece al ritmo de los ceros en la cuenta de banco. El dentista de Minneapolis soñaba con cazar un león, con cortarle la cabeza y colocar encima de su chimenea para fanfarronear con sus amigos sobre su heroica gesta. Quizás sea a él, a quienes estos que critican a los que nos hemos hecho eco de la muerte de Cecil, a quien deberían recordarle que hay actividades mucho más loables en las que invertir los 60.000 dólares que le costó la macabra cacería.

En cualquier caso, me siento más cercano a Cecil que a Palmer.  El animal salvaje demostró en su vida más grandeza que ese patético ser humano.

 

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