miércoles 1  de  abril 2026
UN HOMBRE EN LA LUNA

El secreto que nos une

Nada más llegar a Lima y confirmar, subido en la balanza, que había perdido un par de kilos, mis adoradas hijas Camelia y Paulina, estudiantes de artes en cursos de verano de la universidad, me pidieron que las llevase al supermercado a comprar comida para sus numerosos animales domésticos

Diario las Américas | JAIME BAYLY
Por JAIME BAYLY

Preocupado por el tamaño creciente de mi barriga, y cansado de los comentarios maliciosos y burlones que ella provocaba, y animado por mi joven y bella esposa, que pesaba lo mismo que mi pierna derecha, decidí ponerme a dieta. Tenía que bajar por lo menos diez kilos para recuperar la delgadez perdida. La dieta de monje anacoreta que me impuse, sin consultar a ningún experto o charlatán o pontífice de la salud, consistía en desayunar una fruta, almorzar una ensalada y cenar un pescado. No podía comer nada más. Me tenía prohibido probar un chocolate o un helado. Naturalmente, sufría como un preso político. Pensaba en dulces todo el día. Pero, aparentemente, estaba bajando de peso.

Nada más llegar a Lima y confirmar, subido en la balanza, que había perdido un par de kilos, mis adoradas hijas Camelia y Paulina, estudiantes de artes en cursos de verano de la universidad, me pidieron que las llevase al supermercado a comprar comida para sus numerosos animales domésticos. Acepté encantado. Caminaba empujando el carrito con las compras, cuando una señorita uniformada con los colores de la bandera peruana me ofreció empanadas de jamón y queso. Le dije que estaba a dieta, pero ella, terca y encantadora, tozuda y coqueta, insistió con una gran sonrisa y me rogó que las probase. No quise hacerle un desaire. Aproveché que mis hijas, tan altas y tan guapas, estaban distraídas mirando no sé qué, y, a sus espaldas, pérfidamente, engullí dos empanaditas crocantes. Rompí la dieta y me abrasó la culpa, pero, no lo niego, fue delicioso. Supe entonces que ya era demasiado tarde para seguir mintiéndome: nunca más volvería a ser flaco ni remotamente.

Un poco más allá, otra chica ataviada con un buzo colorido, bastante ajustado, que hacía más conspicuos sus poderosos encantos, se acercó con una bandeja y me ofreció salchichas de pollo. Mandé a mis hijas a traer leche y yogures y, sin que ellas me vieran, probé deprisa las salchichas, atragantándome como si fuese a morirme esa noche. Tras agradecerme, la chica me dijo que sus salchichas no engordaban, así que le tomé la palabra y me deslicé tres más entre el pecho y la espalda. Me sentí un desastre, un perdedor, un bueno para nada, pero la dieta me estaba matando y tenía que darme una tregua. Además, la comida era regalada y no podía desairar a las lindas jovencitas que me la ofrecían.

En otra sección del supermercado, mientras mis hijas elegían la comida para sus gatos, sus conejos, sus cacatúas, sus perros y sus tortuguitas bebés (pequeño zoológico cuya alimentación, sumada a los cuidados de la veterinaria, me costaba más de lo que me costaría alimentar, vestir, entretener y educar a una hija más), fui invitado a probar unos ricos tamales de pavita. Desde luego, no me hice de rogar y di cuenta de ellos sin rodeos ni circunloquios. Enseguida, una chica amabilísima me ofreció una bandeja con pedazos de turrón de doña pepa y no le hice ascos, como tampoco decliné su cordial sugerencia a que repitiera tan rico turrón. Nunca había disfrutado tanto de una visita al supermercado. Sin gastar un centavo, había probado pequeñas porciones de tamales, salchichas, empanadas y turrón de doña pepa.

Cuando llegamos a casa, respeté calladamente la dieta y no le conté a nadie de mis desmanes y desafueros en el supermercado. Pero nunca esperé con tanta impaciencia volver a hacer las compras familiares.

A la mañana siguiente, después de desayunar un jugo de naranja y una miserable manzana, dejé a mis hijas en la universidad y corrí al supermercado con una alegría del todo desusada en mí. No había nada urgente que comprar, pero me moría de hambre. Apenas me vieron, las señoritas uniformadas se acercaron con sus bandejas de cortesía y me devolvieron a la felicidad en estado puro. Así fui probando huevitos de codorniz, hamburguesas de miniatura, tostadas con queso fresco, tortillas con salsa de guacamole, mini pizzas, leche chocolatada, galletas de pasas y avena y otros productos recién lanzados al mercado, cuya degustación me fue requerida y a la que accedí gustoso y goloso. Me di un atracón de pequeñas exquisiteces dulces y saladas, no pagué nada y nadie en mi casa se enteró de ello. Para despistar a las cajeras del supermercado, compré un par de cosas inútiles y me marché encantado. 

Así pasé varios días en Lima, fingiendo ante mis hijas Camelia, Paulina y Zoe, y ante mi esposa Silvia, que respetaba esa dieta austera y odiosa, y visitando el supermercado con una pasión inexplicable, sólo para entregarme a escondidas a comer desenfrenadamente todo lo que me ofreciesen las señoritas uniformadas tan coquetas. Alarmadas, mi esposa y mis hijas me hicieron notar que, a pesar de la dieta, había vuelto a subir de peso. Me hice el sorprendido, lo atribuí a un problema hormonal o de tiroides, y juré con cinismo que estaba respetando estrictamente la dieta. Sólo las chicas del supermercado sabían la verdad. Ante ellas, mis cómplices y apandilladas, mis conspiradoras en el vicio y pecado de la gula, podía ser yo mismo, romper la dieta y tragar como un condenado, y no por verme como una foca o un manatí, ellas dejaban de quererme y ofrecerme más cositas ricas.

Unos días después, un severo vigilante del supermercado me impidió entrar al local. Cuando protesté y le pedí que me diera una razón, me dijo secamente:

-Usted no viene a comprar, señor Jaime Baylys. Usted viene a tragar gratis. Lo lamento, pero son órdenes superiores. Se ha propasado con nosotros.

Me sentí humillado, volví a casa y me resigné a respetar la dieta de crueldad inhumana que me había sido impuesta. Recién entonces empecé a bajar de peso. Mi esposa y mis hijas celebraron que por fin estuviese adelgazando, pero mi humor se tornó mustio, sombrío, melancólico, pues pensaba obsesivamente en las bandejas de cortesía con tantas cosas ricas que me estaba perdiendo en aquel supermercado de los suburbios que ahora me tenía por indeseable. Sin embargo, una noche me llamaron al celular. Era una de las chicas amorosas del supermercado. Se llamaba Guadalupe y era gordita, dulce y melosa como un picarón. Quería verme. Nos citamos en un parque. La busqué puntualmente, subió a la camioneta y me contó que la habían despedido del supermercado por comerse cosas indebidamente, que me extrañaba, que ella también estaba a dieta pero comía mucho a escondidas porque comer cosas prohibidas era un placer que tal vez yo, tan dado a la degustación indiscriminada y gratuita, podía comprender. Sentí que había encontrado a una amiga para toda la vida. Nos consolamos, nos dijimos cosas dulces y no dudamos en correr a otro supermercado para comer un montón de cositas ricas en bandejas de cortesía. Guadalupe y yo nunca seremos flacos, es cierto, pero, a decir verdad, poco nos importa, pues nos queremos, comemos gratis y somos felices. Y en nuestras casas nadie sabrá nunca el delicioso secreto que nos une. 

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar