MIAMI.– Desde 1962 y hasta finales de los 1980, Cuba fue considerada por Estados Unidos el principal aliado de la extintaUnión Soviética en el hemisferio occidental. Hoy, la Casa Blanca sostiene que el castrismo dio un paso más al convertirse en el principal exportador del comunismo contemporáneo y en el eje de una red de proyección política, ideológica y de inteligencia que, según sostiene, mantiene presencia en América Latina y Estados Unidos.
Esa es la conclusión central de Cuba: The Capital of 21st Century Communism, un informe elaborado por el Departamento de Estado (DOS, por sus siglas en inglés) que analiza más de seis décadas de política exterior cubana y sostiene que, tras la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la isla asumió un papel central en la difusión de una nueva corriente revolucionaria adaptada al siglo XXI.
Frank Rodríguez, analista político y económico de la Universidad Internacional de Florida (FIU), explicó en entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS que ese proceso comenzó poco después del derrumbe del campo socialista.
“Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, Fidel Castro y Luiz Inácio Lula da Silva impulsaron el Foro de São Paulo para mantener vivo ese movimiento político. La estrategia cambió: dejaron de priorizar la lucha armada para llegar al poder mediante los procesos electorales”.
De la URSS a la nueva izquierda
La evaluación plantea que la desaparición de la URSS no significó el fin del proyecto revolucionario cubano. De acuerdo con el análisis oficial, el regimen cubano reformuló el marxismo tradicional alrededor del antiimperialismo, la descolonización y las luchas sociales, una evolución que, a juicio de EEUU, terminó influyendo en buena parte de la izquierda radical contemporánea.
El análisis concluye que ese giro permitió a la dictadura cubana mantener su proyección internacional y consolidarse como una referencia ideológica para numerosos movimientos políticos surgidos en Latinoamérica durante las últimas tres décadas.
Exportación de la revolución
Uno de los apartados más extensos del informe está dedicado a la política exterior impulsada por Fidel Castro desde los primeros años de la Revolución.
La investigación describe cómo el respaldo a movimientos insurgentes, el entrenamiento de guerrillas y la formación de cuadros políticos se convirtieron en pilares de la actuación internacional del régimen a lo largo de buena parte de la Guerra Fría.
Entre los episodios que identifica como decisivos figura la Conferencia Tricontinental de 1966, celebrada en La Habana, considerada el punto de partida para coordinar organizaciones revolucionarias en América, África y Asia.
El entrevistado coincide con esa interpretación y sostiene que aquel encuentro marcó un punto de inflexión en la expansión del modelo revolucionario promovido desde La Habana.
“Castro pretendía crear ‘muchos Vietnam’. Promovió incursiones guerrilleras en Venezuela, República Dominicana, Colombia y otros países. Hoy todavía permanecen activos el ELN en Colombia, remanentes de las FARC y el sandinismo en Nicaragua”, señaló.
Espionaje y Inteligencia
Otro de los ejes del informe examina las operaciones de inteligencia atribuidas al Gobierno cubano dentro del territorio estadounidense.
El reporte describe una estructura de espionaje e infiltración construida durante décadas en organismos federales, instituciones académicas y organizaciones políticas, con el propósito de obtener información estratégica y ampliar la capacidad de incidencia del aparato de poder en la nación caribeña.
El académico recordó algunos de los casos más emblemáticos.
“La inteligencia cubana colocó espías como Ana Belén Montes en la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa, Víctor Manuel Rocha dentro del Departamento de Estado, además de la Red Avispa en Miami, el matrimonio Álvarez en la Universidad Internacional de Florida y el piloto Juan Pablo Roque en Hermanos al Rescate”, afirmó.
Esos episodios, comentó el especialista, reflejan un patrón de actuación que trascendió la obtención de información confidencial para extender su alcance hacia distintos espacios de poder en el país norteamericano.
La expansión de la red
El análisis también muestra que esa labor no se limitó al trabajo de inteligencia, sino que tejió vínculos con organizaciones sociales, movimientos políticos y grupos de izquierda en diferentes países.
Rodríguez sostiene que esa red se consolidó durante décadas mediante diversas estructuras de apoyo en distintos países.
“Ha existido una penetración en movimientos como Antifa, las Panteras Negras, los Macheteros de Puerto Rico, las Brigadas Venceremos y diversos grupos estudiantiles universitarios de izquierda, muchos articulados desde la embajada cubana en Washington y la misión de Cuba ante Naciones Unidas”, indicó.
Esa presencia permitió ampliar el radio de acción de ese entramado mucho más allá de los canales diplomáticos tradicionales.
Un mensaje político
Más allá del recorrido histórico, el politólogo interpreta que la publicación responde a una línea de actuación cuidadosamente diseñada por la Casa Blanca.
“El Departamento de Estado publica este reporte para establecer lo que llaman el ‘predicado’; es decir, el fundamento que justifica las acciones que podrían adoptarse posteriormente respecto a Cuba”.
En su opinión, las medidas adoptadas desde el Salón Oval a finales de 2025 forman parte de una ofensiva diplomática, económica y financiera cada vez más intensa contra el Gobierno de Miguel Diaz-Canel.
Asimismo, advierte, que el escenario internacional resulta hoy menos favorable para la isla.
“Rusia e Irán concentran sus esfuerzos en otros conflictos, China enfrenta mayores dificultades para ampliar su presencia en el hemisferio y Venezuela ha perdido capacidad para sostener al régimen cubano. Todo eso modifica el escenario estratégico”, sostuvo.
Para Frank Rodríguez, la publicación “no busca únicamente reinterpretar más de seis décadas de historia, sino explicar la política que Washington pretende desarrollar hacia Cuba durante los próximos años”.
Bajo esa óptica, el informe sitúa a la mayor de las Antillas no solo como un desafío bilateral, sino como el principal referente ideológico del comunismo contemporáneo, una definición que marcará el tono de la relación entre ambos países durante el actual mandato de Donald Trump.