No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad. P. Félix Varela
Reflexión de un cubano exiliado en el Día de la Independencia de los Estados Unidos
No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad. P. Félix Varela
Cada año, cuando Estados Unidos celebra el aniversario de su independencia, millones de personas levantan su mirada hacia la bandera de las barras y las estrellas que simboliza la libertad conquistada y custodiada a lo largo de generaciones. Para muchos es una celebración cívica, para otros, una tradición familiar. Pero para mí es una ocasión de profundo agradecimiento a esta gran nación que celebra sus 250 años.
Es ineludible que cada vez que Estados Unidos celebra su independencia, no puedo evitar mirar mi propia historia. No lo hago para comparar naciones, ni para idealizar ninguna. Lo hago porque la vida me condujo a descubrir, lejos de la tierra donde nací, el valor profundo de la palabra que durante años conocí más por su ausencia que por su plenitud: La Libertad.
Quien ha nacido libre difícilmente percibe la grandeza de ese don. La libertad es como el aire que respiramos, mientras lo respiramos apenas pensamos en él, pero cuando falta, descubrimos que sostiene toda la existencia. Solamente quien ha conocido el miedo cotidiano, la censura o el silencio impuesto entiende hasta qué punto la libertad pertenece a la dignidad humana.
Llegué a esta nación hace cinco años sin dejar de ser cubano. Nadie abandona su patria como quien cambia de ropa. La patria viaja con nosotros: en la memoria, en el lenguaje, en los afectos, en la oración y en esa nostalgia que ninguna frontera consigue borrar. El exilio duele porque arranca raíces, pero no puede arrancar la pertenencia profunda del corazón. Sin embargo, con el tiempo he aprendido algo decisivo: el exilio también se convierte en escuela. La distancia no disminuyó mi amor por Cuba; lo purificó.
Hoy, cuando pienso en mi Patria, no pienso primero en estructuras políticas. Pienso en las madres que esperan, en los ancianos que resisten, en los jóvenes que sueñan con partir o con permanecer, y en tantos otros cubanos que, en medio de la represión y el hostigamiento sanguinario, siguen defendiendo la dignidad y los derechos humanos. Por eso sigo siendo voz por los que no la tienen en mi patria. Y en ese camino descubrí que no estaba solo, que hay muchos que alzan su voz en favor de la definitiva liberación del pueblo cubano del comunismo.
Antes que nosotros, otros cubanos ilustres hicieron del destierro una forma de servicio. El padre Félix Varela comprendió que el exilio no podía separar a un hombre de su patria cuando esta seguía viva en su conciencia. Desde lejos siguió educando, escribiendo y formando ciudadanos con virtud. Nos ayudó a entender que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad. Otro de los grandes fue nuestro Apóstol nacional; José Martí, que convirtió el exilio en misión. No vivió fuera de la isla para olvidarla, sino para prepararla. Nos enseñó profundamente que la Patria no es pedestal de orgullo, sino un altar de servicio a la libertad plena. Puedo decir profundamente que Varela me enseña en que pensar, Martí a servir y Cristo me enseña a amar desde el Evangelio.
Tal vez esa sea la mayor lección del exilio para muchos de nosotros. No salimos de Cuba solamente para rehacer nuestras vidas en dignidad, sino para servirle de otra manera. Cada uno según el talento recibido y la capacidad para ayudar y defender siempre la dignidad humana, allí donde se encuentre amenazada.
Al celebrar este Día de la Independencia, mi gratitud a la tierra que me acogió no disminuye el amor por la tierra donde nací. Al contrario: la libertad me ha enseñado a amar mejor a Cuba. El verdadero patriotismo consiste siempre en defender los derechos humanos y la dignidad de cada persona, allí donde esté amenazada.
Sigo soñando con el día en que todos los cubanos podamos celebrar una independencia plena y digna. Ese día ya está llegando con la Gracia de Dios. Por eso cada cuatro de 4 de julio descubro que no solamente celebro la independencia de una nación, sino que: No tuve que dejar de ser cubano para aprender a vivir en libertad; tuve que experimentar la libertad para descubrir una manera más profunda de ser cubano.
