El apellido no es una garantía de éxito. Tengo claro que el talento no se hereda y ser hijo de un personaje brillante, ya sea de la política, el deporte, la cultura o cualquier otra disciplina, puede ser a veces una ventaja y otras, una pesada losa que levantar. Así lo sentí el pasado domingo durante la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa que se celebró en Santiago, Chile, tras escuchar el discurso de Álvaro Vargas Llosa, hijo del lúcido premio Nobel de Literatura, escritor y columnista como su progenitor pero siempre expuesto a que analicemos sus palabras por la responsabilidad de dejar bien alto el pabellón familiar.
Después de hacer un recorrido continental sobre los graves peligros que atormentan al ejercicio del periodismo, a Vargas Llosa hijo se le antojó hablar de víctimas y sugerir nombres a los que considera “héroes de la libertad de expresión”. Y en vez de acordarse de los que se mantienen en la pelea, de los que sufren todos los días las presiones del poder y los que abanderan la resistencia ante los enemigos de la pluralidad, prefirió mirar hacia dos empresarios que claudicaron ante las presiones del chavismo y vendieron sus medios a empresarios afines a Nicolás Maduro.
Para sorpresa de muchos de los asistentes, Andrés Mata, expropietario del diario El Universal, y Guillermo Zuloaga, exaccionista de Globovisión, eran elevados a categoría de héroes por haber aguantado presiones hasta que decidieron huir de la mala vida que da promover la lucha contra los poderosos y refugiarse en la comodidad de vivir en Miami o Nueva York.
Si ellos son héroes, con más razón lo será Miguel Henrique Otero, editor de El Nacional, que es uno de los pocos medios libres que quedan en Venezuela cantándole las verdades al régimen chavista y aguantando la violencia gubernamental. Y permítanme que me acuerde de mi jefe, Nelson Mezerhane, publisher de Diario Las Américas, cuyo porcentaje accionarial de Globovisión le fue arrebatado por Chávez y que vive en los Estados Unidos asilado por la persecución política del Gobierno del país que le vio nacer y multiplicarse como empresario de éxito.
Héroe podría ser mi exjefe, Pedro J Ramírez, fundador y hasta hace meses director de El Mundo de España, que fue apartado de sus funciones tras oscuras presiones del ejecutivo de Mariano Rajoy hacia los propietarios de la cabecera. Pongo estos ejemplos porque los tengo cercanos pero la lista de damnificados por el tsunami controlador y autoritario de los gobiernos es extensa y así se hizo constar en la Asamblea de la SIP en Chile. Maduro y Correa, con sus legislaciones represoras en Venezuela y Ecuador, están a la cabeza pero hay más. Como también abundan los editores e informadores vigilados por el ojo de la mafia y la delincuencia.
Siento diferir en la acepción de héroes de Vargas Llosa junior pero para que un periodista o editor alcance esa categoría qué menos que -como el general Custer- muera con las botas puestas.