Hace 64 años, en la Argentina de 1962, la empresa de electrodomésticos Mansfield encargó a Don Joaquín Salvador Lavado Tejón una campaña sobre lavadoras, y él, por primera vez, esbozó la sátira inocente y genuina de una niña contestataria ante el mundo adulto. Su nombre: Mafalda. Su firma: Quino.
La misión consistía en elaborar una campaña de publicidad encubierta, al estilo de Peanuts o Blondie. Pero esta vez el protagonista debía ser de clase media, su nombre empezar por “M”, y ocultar bajo sus viñetas la promoción de aspiradores, neveras y lavadoras. El apodo no sólo gozó de la letra corporativa, sino que además jugó con sus consonancias: de Mansfield a Mafalda. Entre microondas y secadoras, halló a una joven de pensamientos rebeldes, que postraba en las faces todo tipo de sonrisas, desde carcajadas a duchennes.
Pero nunca fue publicada. Y Mafalda, en contra de las lavadoras y los cachibaches, se zambulló en los problemas mundanales, hizo filosofía de lo cotidiano y analizó el origen de las crisis y las guerras.
Su primera aparición públicca se dio en el suplemento humorístico «Gregorio» de la revista Leoplán, aunque es el 29 de septiembre de 1964 cuando la risa se consolida, suponiendo que su padre no es el mejor papá del mundo, y rompiendo la punta de un lápiz bajo el lema “¡¡estas cosas ocurren solamente en este país!!”
Y es, un día como hoy, en la Argentina de 1965, que Mafalda se incrusta en los márgenes del diario El Mundo, preguntándose por qué los graduados, al igual que las vacas, se van al extranjero.
Su historia de historietas trazó las inquietudes sociales y puramente humanas. Desde el grito impreso por la paz, sorprenderse de que aún quede vida en este planeta, su “al fin de cuentas, la humanidad no es nada más que un sándwich de carne entre el cielo y la tierra” hasta las cuestiones más feministas, “lo malo es que la mujer en vez de jugar un papel, ha jugado un trapo en la historia de la humanidad”
Mafalda llegó a España en 1970. Los resquicios de la censura pusieron el cartel “para adultos” a las viñetas de una niña de 6 años, haciéndose de ella, infante presidente y a veces viejita con tembleques, un símbolo de la transición española, que llamaba a la conciencia social bajo la apariencia de una argentinita.
Una argentinita traducida a más de 40 idiomas, adorada por Umberto Eco y por más de media humanidad, una niña, que lejos de electrodomésticos nos dio una razón para reír entre razones, progesar entre bocetos y dotarnos de inocencia.