LA HABANA. -IVÁN GARCÍA
Especial

A la misma hora que su familia esperaba el nuevo año en La Habana, bebiendo ron añejo, cerveza fría y pellizcando chicharrones de cerdo, Pavel Cervantes, un negro pasado de peso que ha cumplido un tercio de sus 34 años detrás de una reja, chequeaba su boleto aéreo para abordar un vuelo rumbo a Ciudad de Guatemala.

Unos amigos cubanos, cuenta en Facebook, le pusieron en contacto con unos coyotes locales, los cuales por 200 dólares lo entraron clandestinamente a México por la región de Chiapas.

Ciudadanos cubanos reciben el número para poder entrar a la Embajada de EEUU en La Habana. (ARCHIVO)

Gracias a vecinos del barrio quienes mochila al hombro recorrieron más de ocho mil kilómetros desde Ecuador a la frontera sur de Estados Unidos, Pavel conoció una eficiente red de traficantes que lo llevó hasta Tijuana, una ciudad donde con pasmosa naturalidad conviven las ventas callejeras de drogas y un racimo de bares y prostíbulos de chicas jóvenes que se ofertan por horas.

Una tarde fría y lluviosa, cruzó hacia San Diego. “Ya en la ‘yuma’ contacté con unos socios de Miami que me dieron toda la información para abordar unos buses que me trasladarían a esa ciudad”, cuenta Pavel en las redes sociales.

Aunque su futuro es incierto, duerme en el trailer de un amigo del barrio. Hace dos semanas, en un chat con sus hermanos en un punto wifi habanero, los incitaba a seguir sus pasos y emigrar a Estados Unidos.

“Váyanse echando de esa mierda. Mientras más tarde, será peor”, les decía, mientras mostraba un recipiente con marihuana. La génesis de la última gran ola migratoria, la cuarta en 57 años de autocracia verde olivo, difiere de sus antecesoras.

En 1959, poco después de la llegada al poder de Fidel Castro, miles de cubanos comenzaron a irse de su patria, casi todos rumbo a Estados Unidos. Se iban legalmente, solos o con sus familias, y en su mayoría eran dueños de tierras, industrias, comercios y otros negocios nacionalizados por los barbudos. También emigraron opositores al comunismo. Se calcula que entre 1959 y 1962, 274.000 cubanos, entre ellos 14.000 menores, entraron legalmente a Estados Unidos.

Durante el éxodo del Mariel. (ARCHIVO)

La primera oleada migratoria y la estampida del Mariel

Pero la primera oleada migratoria como tal tuvo lugar en octubre y noviembre de 1965. Por orden de Castro, en el puerto pesquero de Camarioca y en la vecina playa Varadero se estableció un puente marítimo entre esa área de la provincia de Matanzas y la península de la Florida. El puente marítimo funcionó durante 42 días y se fueron unos 5.000 cubanos.

El segundo éxodo, hasta la fecha el más numeroso y conocido, se produjo entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980, por el puerto del Mariel, a 55 kilómetros de La Habana. Cerca de 125.000 cubanos se marcharon en embarcaciones enviadas por familiares y conocidos desde Estados Unidos.

Los marielitos, como les llamaron, fueron un ajiaco. Había de todo. Locos peligrosos, presidiarios violentos a los que Castro les abrió las celdas, vagos, homosexuales acorralados por la intolerancia gubernamental, escritores e intelectuales proscriptos y personas visionarias que comprendieron a tiempo que Cuba era un manicomio.

La tercera ola migratoria ocurrió en el mes de agosto de 1994. Eran los balseros del período especial, una denominación oficial para etiquetar la peor crisis económica y social que ha vivido Cuba después de la guerra de 1898. Hombres y mujeres que huían de la miseria, estómagos vacíos y doce horas diarias de apagones. Alrededor de 32.000 cubanos se largaron en botes y balsas precariamente construidos por ellos mismos en Cojímar y otras localidades costeras. Se desconoce el número de los que perecieron en el mar.

Aprovechando la reforma migratoria

La cuarta estampida se inició hace tres años. Cubanos desesperados aprovecharon los resquicios de una reforma migratoria puesta en vigor por el régimen el 14 de enero de 2013, para comenzar a fraguar, lenta y silenciosamente, estrategias de escape. Se les conoce como balseros terrestres pues su objetivo es llegar por tierra a la frontera con Estados Unidos desde Centroamérica y México.

Pertenecen a la generación 2.0: para sus planes, utilizan internet y teléfonos inteligentes. Conocen al dedillo las normas migratorias de los países latinoamericanos y caribeños. Han establecido un protocolo que a través de redes sociales, correos electrónicos o llamadas telefónicas sirve de guía al resto.

Josuan Gálvez, estudiante universitario que sueña con emigrar, acepta hablar sobre los planes de fuga. “A marcharte del país te incitan amigos y parientes, por las historias de éxito personal que te cuentan. Pero el combustible principal sigue siendo la jodedera económica de Cuba y el sistema de Gobierno que parece nunca va a cambiar. Cuando uno apuesta por la ruta centroamericana, te indican dónde ocultar el dinero y cuánto debes pagar a los coyotes y policías corruptos. Te dan los nombres de los hostales en cada pueblo y qué debes decir si te pescan las autoridades migratorias. De manera espontánea, todo se ha ido codificando”.

Ante la imposibilidad de viajar a Ecuador sin visa y la decisión del Gobierno de Costa Rica de no conceder nuevas visas de tránsito a los migrantes cubanos, a varias personas con intenciones de emigrar les pregunté si esas medidas iban a cambiar sus planes.

“Para nada. En el peor de los casos, cambia el destino y la estrategia. Puede que otras vías sean más caras. Pero excepto en Costa Rica, la corrupción institucional existente en la región te abre nuevas puertas, entre ellas las de diplomáticos corruptos destinados a embajadas de La Habana. Ahora es más difícil y más costoso, pero no imposible”, cuenta Carlos, que el próximo verano piensa llegar a Estados Unidos vía México.

Jóvenes inmigrantes cubanos varados en Costa Rica son transportados a un albergue. (JOSUÉ BRAVO)

El drama de la juventud

La creciente emigración es un drama que agudiza el déficit de profesionales, jóvenes y personas talentosas en la isla. Si a eso se añade el envejecimiento poblacional, tenemos una bomba de tiempo de consecuencias impredecibles.

Cada año, 20.000 personas, como mínimo, se marchan hacia Estados Unidos por concepto de reunificación familiar. Y en 2015, más de 43.000 cubanos entraron a Estados Unidos por las fronteras sur, norte y algunos a través de Alaska.

Lo peor es que no se ve salida al 'pasatiempo nacional' de emigrar. La Casa Blanca afirma que la Ley de Ajuste se mantendrá. Y la Cuba de Castro sigue aferrada al añejo discurso de optimismo y control social.

Sin que se vislumbre una guerra civil o un desastre natural de grandes dimensiones, para 2016 las cifras de la emigración probablemente sean superiores a las del año pasado.

Por avión, en balsa o a pie, los cubanos prefieren demostrar su descontento y su hastío a un gobierno antidemocrático y de partido único, yéndose y enfrentando cualquier riesgo en otro país, y no protestar pacíficamente en el suyo.

La nueva ola migratoria es como un Mariel, pero legal. De continuar, a la vuelta de dos años se convertirá en la mayor emigración cubana de todos los tiempos. Y visto lo visto, a los gobernantes no les interesa ponerle freno.

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