Atenazado. Me mira el mar de espuma barroca. Vaho en los cristales sin letras ni mensajes. El frío es cosa de poetas y llaneros literarios, que han de sacar menos veces las manos del bolsillo para rellenar el pliego. Que vierten sentimientos cálidos en tiempos gélidos. Que no adjetivan porque no dibujan. Bocetan. Los de la prosa terminamos con los dedos como carámbanos, tal vez por eso soñamos con otros siglos, cuando vivir del verso era una locura plausible como cruzar una tarde de este otoño con las manos calientes. Ahora la vida es de otra manera. Aunque las tardes de esta estación siguen siendo igual de lóbregas, y sus lunas, de escarcha temprana, portan el descaro níveo de una pubertad satelital.
Cala este octubre hondo en mis huesos. Pesan los días amontonados en la carreta del año. Y una paloma llega tarde a cenar. Veo su siniestra oscuridad, sus alas rotas en quiebros aterradores, como caída en pena desde una película de Hitchcock. No sé si han bajado ya el telón de la noche. Negro y granate. Apuran el fuego las castañeras en la Real. Esquinas de miel y cucurucho de periódico de agosto. Escena inmortal. Aroma de pantalón corto, uniforme escolar, y raya impecable en el pelo. El surco pálido de la buena educación de antaño entre cabellos tersos ordenados con aire marcial. Frío bajo las rodillas, rosados los carrillos, y la mirada de la inocencia ante un mundo incomprensible. En eso no hemos cambiado. O no ha cambiado el mundo.
Hay luciérnagas amarillas y geométricas en las fachadas de los edificios más feos. Hay vida entre esas ráfagas áureas esparcidas entre el hormigón de hielo de la ciudad. Enhebro palabras sometido a la esterilidad de la bohemia que contagia el termómetro, a esta hora del calendario en que presumen en el rosal las últimas flores de tela de octubre. No las veo. Las imagino. Allá donde estén. Oscuras como la tarde que las envuelve. Tan distintas a esos rojos luminosos que aromatizan la entrada al jardín de la primavera al verano.
Escribo con impuesta pausa. Pesadas las letras y la cabeza callando, por no herir el silencio entrecortado del segundero. Ventana a la ciudad del mar. Es tan densa la lluvia y tan turbia la mirada de las nubes, que busco en horizonte la sombra de Alfonsina Storni zigzagueando por el espigón de la playa de La Perla, Mar de Plata. Hace hoy 81 años se perdió allí entre las olas, después de trazar versos que ya serían póstumos: “tenme prestas las sábanas terrosas / y el edredón de musgos escardados / Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame”.
Atruenan los telediarios. Contrasta su histrionismo con la penumbra de este escritorio de monotonía. Los vecinos se exaltan con las noticias de ayer, de hoy y de mañana. El noticiero de las mentiras. Escándalo de terciopelo. Sus aullidos son los de un guerrero de salón. Carajillo, clamor y odio eterno. Fiscalidad de bar. Exabruptos al fondo del pozo de la infecundidad. Los escucho y no puedo sentirme más ajeno, al menos hoy, ahora que el debate del día en España se ha despertado otra vez en 1975, sino en el 36. Subo el volumen de Diego Vasallo, los versos susurrado de todos los otoños: “y ahora he vuelto a buscarte / entre las luces de los taxis / a esta ciudad de vidas rotas / y de ascensores hasta el cielo”.
El frío se enerva tras el lapso de la cena. Sopa caliente y cama fría. Noche de terrores negros, gatos inquietantes en los contenedores del supermercado, al otro lado del cristal, pintas oscuras en los bares irlandeses, y blanco literario junto a la mesilla de noche, donde una bombilla desnuda me recuerda que mi chimenea es, otra madrugada más, ese montón desordenado de libros, despeinado por la improvisación de marcapáginas que conservan una historia en cada pliego y ocultan un beso o un adiós en cada mancha.
Allá donde los libros, allá vive el calor. La cuota cultural del telediario del vecino -¿es necesario ese volumen?- me señala que es el día de las bibliotecas. Y pienso que hay algo providencial en la manera en que esa humedad de tarde otoñal me ha llevado hasta la candidez de los libros, tal día como hoy; como esta columna, que parte de un espasmo atenazado y culmina con la promesa de ver crecer mundos entre páginas y brumas, y poder soñarlos, lejos, muy lejos del noticiero, muy lejos de donde la vida apretó el puñal sobre Alfonsina, en esta orfandad helada de la semana en que agoniza octubre.