Era la noche del 15 de agosto de 1948. Claire se inclinó y besó a su esposo, antes de salir de la habitación del hospital. Babe le pidió que, al otro día, no fuera a visitarlo.

– ¿Qué sentido tiene que me pidas eso?

– No vengas mañana. No estaré.

Las palabras de Babe Ruth, el más grande pelotero de la historia, pesaban. Sin embargo, las lanzó con el mismo desenfado con que conectaba para su mano batazos descomunales. Como el de aquella tarde del 8 de noviembre de 1920, considerado, hasta ese momento, como el más grande en la historia del béisbol cubano –los entendidos situaron la pelota a 550 pies de home–.

Fueron días inolvidables para Babe. Ni la visita de Sara Bernhard o Enrico Caruso, meses antes, había suscitado tanta pasión en Cuba. Su llegada a la Habana fue el viernes 29 de octubre, proveniente de Cayo Hueso, al sur de la Florida. Iba acompañado por Claire y su secretario personal, John Igoe.

Los fanáticos se agolparon en la Bahía de La Habana. Muchos se acercaron al hombre mítico a la caza de un autógrafo. Nadie quería perder la oportunidad de acercarse a quien se robaba titulares en los diarios de la época. Al niño mimado de la prensa: definido como Bebé Dunn, The Sultan of Swat, el Bambino o El Monarca.

Aquellos 20 partidos de los Gigantes de Nueva York frente a Almendares y al Habana, detendrían a la capital cubana. El equipo neoyorquino estuvo dirigido por John McGraw, considerado por infinidad de expertos, como el más grande director en la historia de las Grandes Ligas. En las calles sólo se hablaba de la llegada de El Monarca para disputar los últimos diez encuentros. Así bautizaron los cubanos al hombre que revivió la pasión por el béisbol en Estados Unidos, quien durante su primera presentación con los Yankees impuso un récord de 54 jonrones –de los 714 en su carrera– y de por vida promedió para un astronómico 342.

Claire, nunca olvidó los días en el paraíso caribeño. El amor de Babe no pasó inadvertido en los diarios de la época. El Mundo lo reseñó así: “Muchos de los que estuvieron presentes en el muelle y vieron lo acaramelado que se mostró, junto a su esposa, pensaron que aprovecharía la ocasión para pasar la luna de miel”.

El Hotel Plaza aguardaba. Era un lugar estratégico para disfrutar las bondades de La Habana. A sólo metros estaba el Sloppy Joe’s, una tentación en medio de la Ley Seca que sumía a los Estados Unidos, mientras, el Jay Alai era un destino obligado para cualquier visitante ilustre, como lo fue en la primera noche de Babe.

Allí perdió 800 dólares jugando a las quinielas:

-Si ustedes supieran que me gusta más este juego que el béisbol -dijo.

La tarde del 30 de octubre, más de 10.000 personas se congregaron en el Almendares Park para presenciar el juego entre Los Gigantes y el Habana. Las entradas para ver al ídolo se cotizaban a tres pesos en la glorieta, un peso en las gradas de sol, un peso en el Grand Stand, cinco por los palcos de cuatro sillas y dos pesos en las sillas preferenciales.

Desde una observaba Abel Linares, promotor del béisbol en Cuba, quien se deleitaba con un lleno completo y rememoraba aquella tarde en el Polo Grounds de Nueva York, viendo jugar a los Yankees frente a los Atléticos de Filadelfia cuando una voz intempestiva le dió un giro a la historia:

–¿Es usted Abel Linares?

La pregunta fue formulada en un español casi perfecto:

-Sí, un placer.

-Soy John Igoe, secretario personal de Babe Ruth, y sé que usted está interesado en llevar a Babe a La Habana.

Linares terminó la conversación en el hotel. Allí expusieron algunas pautas que articularían el contrato. El empresario cubano le obsequió unos tabacos, a sabiendas de que Babe sentía por ellos una especial pasión, y le brindó jalea de guayaba –el inconfundible dulce de guayaba de los cubanos– a lo que John espetó:

-¿Usted no cree que un país productor de cosas tan ricas es digno de visitarse?

Igoe y Ruth exigieron 2.000 dólares por juego, incluidos todos los gastos para tres personas. El espíritu de regateo del empresario cubano llevó la cifra hasta 1.500. Algo que puso en riesgo el negocio cuando se rumoró que un japonés estaba dispuesto a duplicar la cifra. Al firmarse el primer contrato Babe Ruth recibió 10.000 dólares y, una semana después, el resto: sumándose tres boletos de avión que nunca utilizó.

La salida del número tres al terreno de juego estremeció el graderío. Todas las miradas se concentraban en el hombre que fue comprado al Boston por 100.000 dólares. En su debut, con dos en bases, descargó la fuerza de sus muñecas sobre una recta que salió disparada en busca del mascotín del inicialista Felipe Hungo quien, en gesto casi defensivo, lo interpuso a la bola, que arrastró el guante hasta la arcilla del estadio. Durante la segunda comparecencia al home play, aprovechó una curva del relevista José Acosta, Acostica, en la zona alta y la rechinó contra la cerca del right, a 385 pies de home, al tiempo que llegaba casi caminando a segunda.

El casillero de la pizarra mostraba un cuatro a tres a favor de los Gigantes, quienes situaban la serie con igual balance: incluyendo dos empates. Babe bateó dos extrabases, impulsó dos y anotó una. Sin embargo, la afición abandonó el Almendares Park sumido en una gran decepción, pues El Monarca había nacido sólo para conectar jonrones.

Los días siguientes estarían plagados de sucesos. El 31 de octubre, frente al Almendares, Babe bateó de cuatro dos con un triple. En esa ocasión, jugaba la primera almohadilla el veterano pelotero cubano Armando Marsans, firmado en 1911 por los Rojos de Cincinnati. En la parte alta del quinto inning, el pitcher almendarista Emilio Palmero puso de pie al graderío. El Bambino llevaba de dos dos, y entraba por tercera vez en el cajón de bateo. Palmero le abrió con recta.

Entonces se escuchó la voz atronadora de Kiko Magriñat quien, desde su modo peculiar de arbitrear, miró a Babe y exclamó:

-Buenos días.

Los dos lanzamientos siguientes fueron un calco. Sendas rectas de Palmero que sorprendieron a Babe y cantadas por Kiko sin la menor vacilación:

-Buenas tardes, buenas noches.

El árbitro cubano mandó a dormir a Babe. Al conjuro de las palabras mágicas de aquella figura emblemática del béisbol cubano salió para el dogout, puso el bate en la batera y dijo:

-¿De dónde sacaron los cubanos al muchacho ese? Les aseguró que puede lanzar en cualquier parte.

Emilio Palmero inscribió su nombre en la historia como el primer cubano en ponchar a Babe Ruth. El 3 de noviembre lo hizo, en tarde memorable, Acostica, en tres ocasiones. El 4 de noviembre Babe bateó de tres dos con un doble. El 6 de noviembre fue uno de los más grandes, no sólo en la vida de Cristóbal Torriente, sino en la historia del Almendares. Ese día se verían, frente a frente, Torriente en el cajón de bateo y Babe en el box de los Gigantes. El cienfueguero conectó tres jonrones que enloquecieron a los presentes.

La referencia de Ruth sobre el fornido mulato, a quien catalogaban como El Bambino Cubano, fue:

-Era tan negro como una tonelada y media de carbón en un sótano oscuro.

En palabras que sonaron casi a declaraciones aseguró:

-Si pudiera llevarme al lanzador José de la Caridad Méndez y al jonronero Cristóbal Torriente para mi equipo, ganaríamos el gallardete comenzando el mes de septiembre y, después, nos iríamos a pescar.

Como pago, Cristóbal Torriente recibió por ese juego 103 pesos en efectivo, un reloj de oro y 400 cigarros, recolectados en el estadio durante el juego.

El día 8 de noviembre llegó el añorado primer jonrón de Babe Ruth. La espera no fue en balde. El Monarca haló la bola por el right field y la sacó por encima de los 500 pies de home. Un batazo que eclipsó a los fanáticos, especialistas y a los diarios de la época. El otro bambinazo lo conectó seis días después, cuando los Gigantes derrotaron al Almendares por siete carreras a tres.

Las intensas lluvias que se precipitaron sobre La Habana, impidieron que se jugara los días 15 y 16 de noviembre. John Igoe exigió el pago de todo el contrato, condición que le fue conferida. Según la prensa de la época, los ingresos por los juegos efectuados ascendieron a 40.000 dólares.

En el año 1920 Cuba estuvo muy cerca de ser sede los Juegos Olímpicos, algo que no se concretó. Finalmente fueron en Amberes, Bélgica. La historiografía atesoraría ese suceso como el mayor acontecimiento deportivo en la historia del país, pero para el pueblo cubano ver jugar a El Monarca, no admitía comparación.

Como anunció a su esposa, la actriz Claire Hogson, el 16 de agosto de 1948 sería derrotado por el cáncer de garganta que padecía. A las ocho y un minuto de la noche, el mundo supo la noticia. En medio de sus funerales, Wayne Hoyt dijo: “Todo pelotero de Grandes Ligas debería enseñarles a sus hijos a rezar, Dios bendiga a mi papá, Dios bendiga a mi mamá, Dios bendiga a Babe Ruth”.

El pueblo de Cuba también se sumió en el luto por el hombre al que vieron jugar en aquellos días inolvidables de 1920 y quien, antes de partir, el 28 de noviembre, dijo: “Este país es bellísimo, de gente magnífica, lo que da una razón de por qué se fueron a la Guerra de Independencia. Las mujeres cubanas son de las más elegantes del mundo”.

Aunque la mayoría, le adjudica a Willie Mays la condición del jugador más completo de la historia, la de más grande tiene un nombre: George Herman Ruth o Babe Ruth, el hombre que vivió la pasión de jugar en Cuba.

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