domingo 17  de  mayo 2026
OPINIÓN

La invención del bienestar: ¿Cómo la salud se convirtió en instrumento de poder?

Quizá uno de los desafíos culturales más importantes de nuestro tiempo consista precisamente en recuperar una comprensión más humana de la salud

Diario las Américas | JUAN CARLOS AGUILERA P
Por JUAN CARLOS AGUILERA P

Cuando en 1946 se firmó la Constitución de la Organización Mundial de la Salud, el mundo acababa de salir de una de las experiencias más devastadoras de su historia. Europa estaba destruida, millones de personas sobrevivían entre ruinas y desplazamientos, y la política internacional comenzaba a reorganizarse bajo la convicción de que el Estado debía asumir un papel mucho más amplio en la protección de la vida humana. En aquel contexto de reconstrucción material y moral, la recién creada Organización Mundial de la Salud introdujo una definición que transformaría profundamente la manera de comprender la medicina y, con el tiempo, incluso la propia condición humana. La salud dejó de ser entendida simplemente como ausencia de enfermedad para convertirse en “un estado de completo bienestar físico, mental y social”.

La frase parecía expresar un noble ideal humanitario. Sin embargo, bajo aquella formulación aparentemente inocente se escondía un cambio antropológico, político y cultural de enormes consecuencias. La medicina hipocrática había concebido durante siglos la salud como un equilibrio razonable del organismo. La enfermedad era un desorden que debía ser tratado con prudencia, sin pretender jamás eliminar completamente la fragilidad inherente a la existencia humana. La definición impulsada por la OMS rompía con esa tradición y desplazaba el eje de la medicina desde el tratamiento de la enfermedad hacia la administración integral de la vida.

No se trató de un accidente conceptual ni de una simple innovación semántica. Detrás de aquella redefinición existían autores concretos, corrientes intelectuales determinadas y una visión política específica acerca del papel del Estado y de la medicina. Andrija Štampar, uno de los principales arquitectos intelectuales de la OMS, sostenía que “el médico del futuro será un trabajador social con conocimientos médicos”. La frase revelaba un giro decisivo. El médico ya no debía limitarse a curar enfermos, sino intervenir en la organización social misma. La salud comenzaba a ser concebida como un producto de ingeniería política.

Henry Sigerist, historiador de la medicina y abierto defensor de la medicina social, formuló el principio con todavía mayor claridad cuando afirmó que “la medicina es una ciencia social, y la política no es más que medicina a gran escala”. En aquella frase se condensaba una nueva concepción del poder. La política sanitaria dejaba de ser un ámbito técnico delimitado para convertirse en una herramienta de reorganización de la sociedad. Vivienda, educación, trabajo, alimentación, sexualidad y relaciones familiares pasaban a integrarse dentro de la esfera médica. El bienestar comenzaba a absorber la totalidad de la vida humana.

René Sand profundizó en la misma dirección al defender que la medicina debía participar activamente en la planificación económica y social. La salud ya no era solamente una realidad biológica; se transformaba en una categoría expansiva capaz de justificar intervenciones crecientes sobre los hábitos, costumbres y formas de vida de las personas. La redefinición de la OMS constituyó así un verdadero manifiesto político revestido de lenguaje científico.

La dificultad fundamental de aquella definición se encuentra precisamente en el concepto de “completo bienestar”. Ningún ser humano vive en un estado de plenitud permanente. La existencia humana está marcada por el límite, el sufrimiento, la enfermedad y la vulnerabilidad. Transformar el bienestar en criterio absoluto significa convertir la salud en una meta inalcanzable y, por lo mismo, en un campo ilimitado de intervención política. Si la salud depende del bienestar psicológico, social y emocional, entonces prácticamente cualquier aspecto de la vida puede ser interpretado como asunto sanitario.

Desde ese momento, la medicina comenzó lentamente a extenderse más allá de los hospitales y consultorios para penetrar el conjunto de la vida cotidiana. La tristeza pasó a medicalizarse, el envejecimiento se transformó en patología, la ansiedad cotidiana comenzó a requerir intervención farmacológica y la vida humana empezó a ser evaluada conforme a estándares técnicos de calidad y satisfacción. Daniel Callahan advirtió tempranamente que redefinir la salud como bienestar ilimitado conduciría inevitablemente a una espiral infinita de demandas imposibles de satisfacer. Una sociedad incapaz de aceptar el sufrimiento y la fragilidad terminaría buscando soluciones técnicas para eliminar cualquier forma de dolor, incluso al precio de sacrificar la propia dignidad humana.

Robert Spaemann observó que detrás de esta expansión sanitaria se ocultaba un reduccionismo antropológico profundo. El hombre comenzaba a ser entendido no como una persona dotada de dignidad intrínseca y orientada hacia la verdad, sino como un conjunto de necesidades susceptibles de administración técnica. Allí donde la tradición clásica y cristiana veía una criatura abierta a la trascendencia, la nueva lógica sanitaria veía un organismo que debía alcanzar determinados índices de bienestar definidos por expertos.

La consecuencia política de este proceso fue enorme. Al incorporar el bienestar social dentro de la definición de salud, la OMS abrió el camino para que numerosos proyectos ideológicos fueran presentados como exigencias médicas. La salud dejó de limitarse a la prevención y tratamiento de enfermedades para convertirse en fundamento legitimador de políticas culturales, educativas, sexuales y demográficas. La frontera entre medicina y política comenzó a diluirse progresivamente.

Michel Foucault describió este fenómeno mediante el concepto de biopolítica. El poder moderno, afirmaba, ya no se ejerce solamente a través de la ley y la coerción, sino mediante la administración de la vida. Los Estados contemporáneos no se limitan a gobernar territorios; gestionan cuerpos, conductas, hábitos y expectativas vitales. La medicina se transforma así en una forma privilegiada de control social. El lenguaje del bienestar permite intervenir sobre la totalidad de la existencia humana bajo la apariencia de protección y cuidado.

Décadas después, esta lógica alcanzaría expresiones todavía más radicales. Autores como Julian Savulescu o John Harris sostienen que el bienestar no solo justifica intervenir sobre la vida humana, sino incluso modificarla genéticamente para producir seres humanos “mejorados”. Si el criterio supremo es maximizar el bienestar, entonces la naturaleza humana misma aparece como un límite arbitrario susceptible de corrección técnica. El hombre concreto, vulnerable y mortal, comienza a ser reemplazado por el ideal del hombre optimizado.

La eutanasia y el aborto presentados como “derechos de salud” pertenecen también a esta misma lógica cultural. Cuando el bienestar se convierte en valor absoluto, la vida deja de poseer un carácter indisponible. Lo decisivo ya no es la dignidad inherente de la persona, sino la calidad percibida de su experiencia vital. La existencia humana comienza entonces a evaluarse según parámetros de utilidad, autonomía o satisfacción subjetiva. El paso desde la protección de la vida hacia la administración de vidas consideradas dignas o indignas se vuelve extraordinariamente breve.

La tradición filosófica clásica había recorrido un camino muy distinto. Aristóteles enseñaba que la vida buena no consistía en la acumulación de placer ni en la ausencia de sufrimiento, sino en la práctica de la virtud. La felicidad humana dependía de la prudencia, la justicia y la formación del carácter. La salud era ciertamente un bien importante, pero subordinado a un horizonte moral más amplio. Del mismo modo, la tradición hipocrática jamás imaginó la medicina como instrumento de perfeccionamiento total de la sociedad.

Josef Pieper recordaba que la salud posee sentido precisamente porque permite al hombre abrirse a la contemplación de la verdad y al ejercicio libre de la vida espiritual. Gabriel Marcel advertía que reducir al hombre a categorías funcionales de bienestar implicaba desconocer el misterio irreductible de la persona humana. Vittorio Possenti denunció que la expansión ilimitada del paradigma sanitario terminaba construyendo una antropología inmanentista donde la trascendencia desaparece y el hombre queda encerrado dentro de la mera satisfacción de necesidades materiales y psicológicas.

Alasdair MacIntyre observó, por su parte, que las sociedades contemporáneas han perdido progresivamente el lenguaje moral capaz de distinguir entre bienes auténticos y simples preferencias subjetivas. Allí donde desaparece una concepción sustantiva del bien humano, solo quedan tecnicismos administrativos y criterios funcionales. La política deja entonces de preguntarse qué tipo de vida merece ser vivida y se concentra únicamente en gestionar eficiencias, riesgos y niveles de satisfacción.

Por eso la definición de salud promovida por la OMS no constituye simplemente una ampliación conceptual. Representa uno de los grandes cambios culturales del siglo XX. Bajo el lenguaje aparentemente neutral del bienestar se instaló una nueva forma de comprender la relación entre el individuo, el Estado y la medicina. La salud dejó de ser un ámbito delimitado para transformarse en una categoría totalizante capaz de justificar intervenciones crecientes sobre la vida humana.

El problema no consiste en aspirar a condiciones dignas de existencia ni en reconocer la importancia de factores sociales sobre la salud. La cuestión decisiva radica en quién define el contenido del bienestar y con qué límites puede intervenir sobre la vida de las personas. Cuando organismos políticos internacionales adquieren la capacidad de determinar qué significa vivir bien, la salud corre el riesgo de transformarse en instrumento ideológico y en mecanismo de homogeneización cultural.

La experiencia contemporánea muestra hasta qué punto el concepto de bienestar puede expandirse indefinidamente. Hoy se habla de salud emocional, salud reproductiva, salud comunitaria, salud sexual, salud ambiental y una multiplicidad creciente de categorías que abarcan dimensiones cada vez más amplias de la existencia humana. Todo puede ser absorbido por el discurso sanitario. Y precisamente por eso la salud se transforma en uno de los lenguajes políticos más poderosos de nuestro tiempo.

Sin embargo, frente a esta expansión tecnocrática permanece todavía la antigua sabiduría filosófica. La vida humana no puede reducirse a parámetros administrativos ni a indicadores de satisfacción subjetiva. El hombre no es solamente un organismo que busca bienestar; es también una criatura, un todo de sentido, orientada hacia la verdad, la justicia y la amistad. La fragilidad y el sufrimiento forman parte de la condición humana y no pueden ser completamente eliminados mediante ingeniería política o intervención técnica.

Quizá uno de los desafíos culturales más importantes de nuestro tiempo consista precisamente en recuperar una comprensión más humana de la salud. Una comprensión que reconozca el valor de la medicina sin convertirla en religión política; que proteja la dignidad de la persona sin absorber toda la existencia bajo categorías sanitarias; que recuerde, en definitiva, que la salud es un bien precioso, pero no el bien supremo. Porque cuando el bienestar se transforma en absoluto, el riesgo no es solamente médico o político. El riesgo es olvidar qué significa verdaderamente ser humano.

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