lunes 27  de  julio 2026
OPINIÓN

Cuba como una Eva futura: una isla convertida en biblioteca

La Cuba soñada se proyecta como la biblioteca más grande de Hispanoamérica, un espacio donde la lectura libre y el acceso a autores censurados por la tiranía castrocomunista sean pilares fundamentales de la identidad nacional.

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

La Cuba a la que aspiro no será una isla amurallada por el miedo, sino un arichipiélago abierto por la lectura. La imagino como la biblioteca más grande de Hispanoamérica: una nación donde cada libro prohibido encuentre por fin su estante, su lector, su voz; una patria donde los autores censurados por la tiranía castrocomunista regresen no como fantasmas, sino como ciudadanos plenos de la memoria cubana.

Durante demasiado tiempo, la censura ha pretendido decidir qué puede recordar un pueblo, qué puede leer, qué puede discutir y hasta qué puede soñar. Contra esa mutilación espiritual levanto este sueño: una Cuba reconstruida desde sus libros, desde sus bibliotecas, desde sus autores expulsados del canon oficial y desde la verdad histórica que ninguna propaganda ha conseguido borrar.

Convertir a Cuba en una biblioteca contra el silencio, en la mayor biblioteca de Hispanoamérica no significa únicamente llenar edificios de volúmenes. Significa devolverle al país su derecho a pensar. Significa que en La Habana, Santiago, Camagüey, Holguín, Pinar del Río, Matanzas, Cienfuegos, Villa Clara, Las Tunas, Granma, Guantánamo, Artemisa, Mayabeque, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila se pueda leer sin permiso, sin vigilancia y sin miedo.

Esa biblioteca futura deberá reunir las obras que el mundo ha perseguido y las que Cuba ha intentado esconder de sus propios hijos. Allí estarán los libros de Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Heberto Padilla, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Carlos Franqui y tantos otros nombres que la censura quiso borrar o reducir a una nota incómoda. Allí estarán también los manuscritos, las cartas, los diarios, las primeras ediciones, las voces grabadas, las fotografías, los testimonios del exilio y los archivos de la resistencia cultural.

La tecnología no debe reemplazar al libro: debe devolverle cuerpo, respiración y destino. Por eso imagino una Cuba donde la inteligencia artificial, la realidad virtual, la realidad aumentada, los archivos sonoros, las bibliotecas digitales y las exposiciones inmersivas permitan no solo leer una obra, sino entrar en ella, sumergirse en ‘El Color del Verano’ de Arenas, o en ‘La Habana para un Infante Difunto’, esa Habana de los cincuenta de Cabrera Infante.

Un lector podría caminar por la noche verbal y dolorosa de Reinaldo Arenas, atravesar los juegos de lenguaje de Guillermo Cabrera Infante, escuchar la respiración de una Habana perdida, recorrer los paisajes del exilio y comprender que la literatura cubana no es una vitrina oficial, sino una conversación viva, desgarrada, múltiple y libre.

Las salas de esa gran biblioteca podrían convertirse en mundos: una sala para el presidio y la fuga con Ernesto Díaz Rodríguez; otra para la ciudad nocturna; otra para la infancia campesina; otra para la diáspora; otra para las voces de las mujeres cubanas; otra para los periódicos silenciados; otra para los escritores que murieron -el poeta Ángel Cuadra, entre tantos otros- sin ver su obra circular libremente en la isla. Cada experiencia tendría un propósito moral: que la lectura no sea evasión de la historia, sino regreso a la verdad.

Pero mi sueño no se detiene en un edificio, ni siquiera en una red nacional de bibliotecas. Mi sueño viaja en un tren. Lo veo avanzar sobre rieles, como en El tren de los egos, de Omar Sixto, ese manuscrito que he leído recientemente y que en mi imaginación se convierte en una locomotora de memoria, belleza y reparación. En un hogar donde por fin la familia se reconozca.

Ese tren recorrería la isla entera cargado de libros. En cada provincia se abrirían sus vagones como salas de lectura ambulantes. En uno viajarían las novelas prohibidas; en otro, los ensayos políticos; en otro, la poesía del exilio; en otro, los archivos audiovisuales; en otro, los niños descubrirían por primera vez que un libro puede ser una forma de desobediencia luminosa.

También viajarían los autores, Omar Sixto, Ángel de Fana con sus publicaciones, Denis Fortun, José Abreu Felippe, Juan Abreu, Luis de la Paz, María Cristina Garrido, Grethel Delgado, Iliana Lavastida, Emmanuel Montes Álvarez... Leerían fragmentos de sus obras en las estaciones, en los parques, en las universidades, en las plazas recuperadas para la ciudadanía. Donde antes hubo consignas, habría lectura. Donde antes hubo vigilancia, habría conversación. Donde antes hubo miedo, habría preguntas.

La Cuba futura no podrá fundarse sobre el olvido, será una patria reconstruida por y para la verdad. Tendrá que mirar de frente sus cárceles, sus exilios, sus silencios impuestos, sus expedientes, sus confiscaciones, sus libros ausentes, sus maestros expulsados, sus bibliotecas mutiladas. Pero mirar de frente no significa quedarse en el dolor, significa venganza con vergüenza: significa convertir la memoria en una arquitectura de libertad.

Una biblioteca nacional de los libros prohibidos sería, por tanto, un acto de justicia. No para sustituir una censura por otra, sino para abrirlo todo: los libros que nos duelen, los que nos contradicen, los que nos incomodan, los que nos salvan. Un país verdaderamente libre no teme a sus escritores; los escucha, los discute, los conserva y los entrega a las generaciones siguientes.

Estoy segura de que soñar me ha costado más de lo que costará cumplir este sueño y hacerlo realidad. Porque soñar contra la mentira exige una resistencia íntima, diaria, solitaria; exige sostener una patria invisible cuando la patria visible parece secuestrada. Pero los sueños que nacen de la verdad terminan encontrando manos, caminos, aliados y fechas.

Desde aquí hago este llamado: a escritores, editores, bibliotecarios, tecnólogos, historiadores, maestros, exiliados, lectores y jóvenes cubanos. Construyamos esa Cuba biblioteca. Rescatemos los libros prohibidos. Digitalicemos los archivos. Abramos salas inmersivas. Llevemos el tren de los libros por toda la isla. Devolvamos a Cuba la alegría de leer sin miedo.

Hace menos de un año estuve en la biblioteca J.F. Kennedy de Hialeah, al salir -siempre que termino una lectura rezo para mis adentros un Padrenuestro en agradecimiento-, miré al cielo y tuve esa revelación de que mi misión en una Cuba Libre sería hacer de esa isla la mayor Biblioteca de Hispanoamérica, donde todo el mundo pudiera leer los libros de todas partes, y los que se prohibieron con la tiranía. He vuelto, y volver a hablar allí con los lectores, ha confirmado mi revelación.

Mi batalla cultural contra la censura y la mentira empezó hace mucho, en favor de la verdad patriótica e histórica de Cuba, cuando leí La Eva Futura de Villiers de l’Isle-Adam (editada en 1886), novela simbolista y futurista. Este proyecto sería su culminación natural: una isla convertida en biblioteca, un pueblo reconciliado con sus autores, una nación que vuelva a reconocerse en las páginas que le fueron arrebatadas.

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