Alexander Bestard
Una cosa es exigir resultados y otra muy distinta es debilitar a quienes han estado del lado correcto de la historia
Alexander Bestard
El exilio cubano está cansado. ¿Quién puede negarlo?
Han pasado 67 años de dictadura. Sesenta y siete años viendo cómo generaciones enteras nacen, envejecen y fallecen sin conocer la libertad. Escuchando promesas, falsas aperturas y supuestas reformas que siempre terminan en lo mismo: más represión, más presos políticos y más miseria. Es natural sentir impaciencia. Lo que no sería natural es permitir que esa impaciencia nos haga cometer el peor error de todos: dividirnos cuando el régimen enfrenta uno de los momentos más difíciles de su historia.
Hoy algunos descargan su frustración contra quienes han defendido la causa de Cuba durante décadas. Se olvidan de algo esencial: la política no se gana con emociones; se gana conservando las mayorías que permiten actuar. Si perdemos nuestros aliados en el Congreso o el Senado, los únicos que celebrarán serán los herederos de Castro, sus sicarios y testaferros. Una mayoría demócrata solo apoyará al opresor, bloqueando iniciativas , limitando acciones y convirtiendo cualquier esfuerzo de la administración del presidente Donald Trump en una batalla cuesta arriba.
¿Eso es lo que queremos?
Porque una cosa es exigir resultados y otra muy distinta es debilitar a quienes han estado del lado correcto de la historia.
Vivimos un momento excepcional. Por primera vez en muchos años tenemos una administración decidida a enfrentar al régimen asesino Castro comunista y un secretario de Estado que no necesita que nadie le explique qué significa el comunismo cubano. Marco Rubio no aprendió la historia de Cuba en un libro; creció escuchándola en su propia casa. Conoce el dolor del destierro y entiende que la libertad de Cuba no es negociable.
¿Vamos ahora a responder con desconfianza y divisiones?
Conviene recordar otra realidad que a veces olvidamos. Los que tienen en sus manos las herramientas del poder son los Americanos, son ellos quienes están utilizando el peso político de Estados Unidos para enfrentar una dictadura que lleva décadas burlándose del mundo democrático. Nosotros los cubanos no podemos exigir como si fuéramos quienes llevamos el timón. Podemos opinar, podemos participar y podemos alzar la voz. Pero también debemos comprender que quienes hoy están dando esa batalla merecen respaldo cuando demuestran, con hechos, su compromiso con la libertad de Cuba. La dictadura siempre ha apostado por el desaliento. Siempre ha querido a dividir el exilio, que se canse, y que pierda la fe. Esa ha sido una de sus armas más eficaces durante décadas. No le regalemos esa victoria.
Margaret Thatcher lo resumió con una claridad extraordinaria:
“Los marxistas madrugan para defender su causa. Nosotros debemos levantarnos aún más temprano para defender nuestra libertad.”
Ese llamado sigue vigente. La libertad no pertenece a los impacientes ni a los resignados. Pertenece a quienes perseveran.
No es momento de abandonar posiciones. No es momento de castigar a nuestros aliados. No es momento de olvidar quién es el verdadero enemigo. Porque las dictaduras parecen invencibles hasta el día en que dejan de serlo. Y cuando ese día llegue, porque llegará, nadie podrá decir que el exilio perdió la batalla por falta de razón. Solo podríamos perderla si nos faltara unidad. Que eso nunca ocurra.
Cuba será libre. Y hoy, más que nunca podemos decirlo con convicción: ese amanecer está más cerca de lo que muchos creen.
