Cuando Raúl Castro habló en 2013 de una transición de poder a una “nueva generación”, varios jóvenes cubanos, tanto en la isla como en el exterior, esperaban contra todo pronóstico que las cosas mejoraran. Pero ahora, dos años después del traspaso del mando a Miguel Díaz-Canel, el pueblo cubano se enfrenta a uno de los momentos más difíciles de los últimos 62 años.

Esta no es una condición temporal, sino la trayectoria de décadas de un gobierno autoritario y de una desastrosa gestión económica orquestada por Fidel y Raúl Castro. Y que ahora tiene como títere al mando a Díaz-Canel. El marxismo no funciona.

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En lugar de convertir a Cuba en un país que trabaja para su pueblo, Díaz-Canel buscó consolidar el poder para el Partido Comunista. Redoblando las ya conocidas tácticas que usaban los hermanos Castro, Díaz-Canel reprime aún más las libertades básicas, encarcela a disidentes, avala asesinatos por parte del Estado y ha permitido que la ya existente pobreza y la desnutrición se agraven en la sociedad.

Para los cubanos más jóvenes, la mano dura del estado autoritario tiene una consecuencia adicional: la destrucción de la esperanza. Los recientes movimientos de Díaz-Canel para reforzar el control estatal sobre la economía, provocaron una caída en los estándares de vida, cerrándole aún más las puertas a los cubanos más jóvenes que aspiran a un futuro mejor. Ahora, la conmoción provocada por la pandemia ha causado un colapso aún más profundo en la isla, ya que los proveedores luchan por proporcionar los recursos básicos.

La economía cubana también ha dependido, por mucho tiempo, de otros dictadores en nuestra región. Las políticas nefastas del dictador Nicolás Maduro han dejado la economía de Venezuela en quiebra, y el pueblo cubano también está sintiendo el daño causado por ese régimen. El resultado ha sido un aumento en la escasez de alimentos, filas más largas y precios incluso más altos de lo normal. Hoy, los cubanos que van a los mercados enfrentan dificultades para encontrar alimentos básicos y productos de higiene en las estanterías. Aquellos que puedan encontrar estos productos básicos tienen que pagar precios carísimos. Es un desastre que se acelera rápidamente, especialmente para los cubanos que carecen de conexiones personales con funcionarios gubernamentales o los que dependen de remesas del exterior.

El mundo ignora en gran medida la creciente crisis humanitaria en la isla, en parte porque la comunicación hacia el exterior sigue siendo difícil y, en algunos casos, solo empeora. El régimen fija los precios de los datos móviles a niveles prácticamente inasequibles, dejando a una gran parte de la población sin internet. Para quienes pueden costear el acceso a internet, que sigue siendo fuertemente censurado, las noticias independientes son prohibidas, causando que las dimensiones reales de esta escasez sean desconocidas para muchos.

La profundización de la crisis económica está provocando que el régimen ataque a naciones extranjeras como Estados Unidos y hasta a las mismas personas que se supone debería estar protegiendo. El mal manejo del régimen sobre la economía deja en claro que su máxima prioridad es mantener el monopolio gubernamental sobre el suministro de los alimentos y otros bienes, sin importarle el costo, incluso si eso significa dejar que el pueblo se muera de hambre en el proceso.

La imagen pública también es importante para estos tiranos. El régimen intenta venderle falsamente al mundo su respeto por los Derechos Humanos. Han comenzado a televisar juicios de cubanos acusados de robo, además de imponer altas multas a periodistas independientes y personalidades de las redes sociales que critican a la dictadura. También han introducido una nueva agencia de vigilancia digital para detectar lo que llaman "actividad económica ilícita”. Y recientemente, Díaz-Canel, al igual que la familia Castro, ha redoblado sus esfuerzos utilizando brigadas de respuesta rápida, policías y civiles encubiertos para intimidar y arrestar a cualquier persona que represente una amenaza a su gobierno autoritario.

Esta no es una Cuba nueva. Sigue siendo aquella Cuba de los hermanos Castro, lo que significa que el pueblo continuará sufriendo. Y, a medida que la economía se aprieta más en torno al Partido Comunista, sus miembros solo tienen la esperanza de un cambio en la administración de Estados Unidos. Díaz-Canel y Raúl Castro confían en una victoria de Joe Biden con la esperanza que una nueva administración ignore las violaciones a los Derechos Humanos y las detenciones arbitrarias llevadas a cabo por el régimen.

También esperan que se flexibilicen las sanciones contra las élites gobernantes de Cuba. Eso sería un cambio radical con respecto a la administración Trump, cuya determinación de poner fin a años de impunidad del régimen e imponer sanciones contra Raúl Castro y su familia corrupta han ejercido una presión necesaria para que se produzcan cambios democráticos en el país y se priorice de una vez al sufrido pueblo cubano.

La administración de Biden permitiría al Partido Comunista volver a llenar sus arcas y ayudaría a asegurar su supervivencia, aunque haría poco por el pueblo cubano que está luchando bajo el control autoritario del régimen. Pero como hemos visto durante décadas, los hermanos Castro y ahora el títere Díaz-Canel se preocupan poco por el pueblo de Cuba y solo por ellos mismos.

Esta columna enviada a nuestra redacción por la oficina de prensa del senador Marco Rubio, fue originalmente publicada en CiberCuba aquí.

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