Hace exactamente veinticinco años, 5 de abril de 1992, día infausto que cayó domingo, estaba con mi novia en un apartamento de Barranco, Lima, viendo Los Simpson por televisión, cuando la serie cómica se interrumpió y apareció el presidente Fujimori con rostro adusto, anunciando en cadena nacional que disolvía el Congreso, donde carecía de mayoría y era investigado por hechos de corrupción, acusado por su propia esposa.

Al día siguiente, lunes 6 de abril, renuncié a mi programa de televisión (el dueño del canal apoyaba el golpe, como los dueños de todos los otros canales), tomé un vuelo a Miami y me prometí no volver al Perú mientras estuviese gobernado por un dictador. Mi novia se quedó en Lima, vendió mis cosas y vino a Miami semanas después. Mi condena al golpe no fue meramente verbal: renuncié a un programa exitoso, me marché al exilio y pasé años sin volver al Perú. En rigor, cumplí mi promesa, o la cumplí a medias, porque, desde abril de 1992, ya no quise, o no pude, mudarme de vuelta a Lima, y cuando lo intenté, sin convicción y solo por estar cerca de mis hijas, duré pocos meses, y regresé pronto al exilio.

Los tres años posteriores al golpe, que mi novia y yo vivimos en Washington DC, fueron épicos: nos casamos, tuvimos una hija que nació en el hospital de la universidad de Georgetown, hice de niñera y ama de casa mientras ella estudiaba su maestría, y gasté todos mis ahorros, todos, en escribir una novela contra viento y marea, que, cuando se publicó, gracias a la generosidad de Vargas Llosa, quien la leyó y apadrinó, tuvo un éxito inesperado, éxito que, la verdad, ahora echo de menos cuando publico un libro.

Luego, hacia 1995, sin dinero en el banco, y consciente de que las regalías de mi libro no alcanzarían para solventar las cuentas familiares, nos mudamos a Miami y, gracias al espíritu emprendedor del gran visionario Arturo Delgado, lanzamos un programa de televisión, que, a pesar de que era emitido por una cadena pequeña, canal Sur, tuvo un éxito no menor, gracias al cual pude entrevistar a grandes personajes de la cultura y el entretenimiento: desde un tímido Enrique Iglesias que lanzaba su primer disco hasta un más tímido Ricky Martin que camuflaba delicadamente sus preferencias amatorias; desde una rompecorazones Sofía Vergara hasta una principiante Shakira de pelo negro; desde Cristina hasta don Francisco (quienes quisieron ficharme para Univisión, pero yo, si seré tonto, decliné y me quedé en canal Sur, donde era el rey del mambo). El programa tuvo tanta notoriedad que The New York Times publicó un perfil elogioso. Yo pensaba: Fujimori, quién lo diría, me hizo un favor, pues gracias al golpe me alejé del Perú y ahora triunfo en playas extranjeras, nadie sabe para quién trabaja.

Pero los años mejores vendrían luego: en 1997, año en que me divorcié y me hice ciudadano de los Estados Unidos y mi esposa y nuestras dos hijas (la segunda, nacida en Miami) volvieron a Lima, firmé un contrato por tres años con CBS en español, cadena Telenoticias, que se veía en toda Latinoamérica salvo México, y seguí entrevistando a grandes artistas y políticos poderosos: pasaron por el programa Shakira, Bosé, Botero, Carolina Herrera, Isabel Allende, Silvio Rodríguez (vía satélite desde México), Charly García varias veces, Andrés Calamaro, Mauricio Macri (era presidente de Boca), Hugo Chávez (vía satélite, condenando a la dictadura cubana), Diego Torres, Carlos Menem, Angie Cepeda y tantos otros. Eran tiempos formidables porque el programa disponía de presupuesto para traer artistas desde sus países, pagarles un buen hotel, pasearlos en limusina, y entonces ¿quién podía resistirse? Me pagaban bien, me veían en toda América a no ser por México, y una vez al mes CBS News de Nueva York me pagaba un viaje principesco a Lima para visitar a mis hijas: ¡qué tiempos gloriosos aquellos!

Hacia el año 2000, me contrató Telemundo, mi programa se veía solo los martes por la noche, fue un fracaso absoluto y me echaron en menos de un año: ¡cómo me dolió fracasar, luego de tantos éxitos! ¡No debí irme de CBS Telenoticias! Además, con el tiempo, Telemundo terminó adquiriendo aquella cadena, pero yo llevaba marcado en la frente el estigma de la derrota.

Solo hubo un año, en estos últimos veinticinco que he vivido en los Estados Unidos, en que me mudé parcialmente a Lima, y fue el 2001. El primer semestre hice El Francotirador, en canal 2, con bastante éxito, y el segundo semestre, La noche es virgen, en canal 5. Pude haberme quedado en Lima, mis hijas vivían allá, la televisión peruana me mimaba y pagaba bien, pero no me sentía libre, extrañaba Miami y por eso volví al año siguiente a la isla donde me he sentido siempre en casa, Key Biscayne, una burbuja sosegada donde nunca hay huelgas, disturbios, bataholas ni jaleos políticos, y donde todos estamos un poco de vacaciones, un poco retirados, qué placer. Como mis hijas se quedaron en Lima, asistiendo al colegio, yo viajaba a visitarlas con frecuencia, y ellas venían a Miami a pasar sus vacaciones de enero y julio conmigo, y hacíamos viajes muy divertidos, todo el día riéndonos, que ahora extraño tanto. Aquellos años, de 2002 a 2006, estuve retirado de la televisión, y me dediqué a escribir como un demente, publicando varias novelas y coproduciendo, con el gran Stan Jakubowicz, una película, La mujer de mi hermano, que, si bien no gustó a la crítica, recaudó una taquilla extraordinaria, sobre todo en México y los Estados Unidos. Era tan feliz escribiendo y no haciendo televisión, que muy raramente salía de la isla y me movía en bicicleta. Tenía cuarenta años, poco más, poco menos, y era un hombre libre, desmesuradamente libre, sin jefes ni oficinas ni horarios, comiendo siempre en algún café o restaurante del barrio. ¿Puede haber regresado a Lima y reanudado mi carrera en la televisión? Sí, claro. ¿Hubiera ganado más dinero? Seguro, sin duda. Pero, ¿hubiese sido tan feliz? No, de ninguna manera. En mi caso, la felicidad depende del ejercicio inmoderado de la libertad, y en Lima, desde que me marché hace veinticinco años, no he podido sentirme libre de verdad.

Los siguientes cinco años, de 2006 a 2010, seguí viviendo en Miami la mayor parte del tiempo, pero ahora viajaba a Lima todos los fines de semana, todos, sin excepción, pues hacía un programa en vivo los domingos, El Francotirador, por canal 2, lo que me permitía, además de ganar bien, ver a mis hijas los sábados y domingos, almorzar con ellas, seguir riéndome con ellas, y luego me enamoré de Silvia en un estudio del canal 2 y mi vida cambió para siempre y a fines de 2010 dejé el programa de Lima y me asenté en Miami, harto de viajar tanto. Desde entonces he viajado poco a Lima (han llegado a pasar tres años sin visitarla), y ahora voy dos veces al año, principalmente para ver a mi madre, porque mis hijas mayores, nada más terminar el colegio, se mudaron a Nueva York, donde siguen viviendo, lo que nos permite vernos con más frecuencia, y sin necesidad de descolgarme hasta Lima.

Es decir que he cumplido la promesa que me hice un 6 de abril de 1992, hace veinticinco años: no volveré a vivir en el Perú porque en ese país donde nací no me siento libre y no sé si podría ser un escritor. Por eso me fui y por eso sigo en el exilio y no me veo regresando en el corto o mediano plazo, y el largo plazo como bien se sabe no existe. ¿De qué quería liberarme, emanciparme? ¿Qué yugos o servidumbres me oprimían allá? ¿Por qué no podía sentirme libre en Lima y prefería ir solo una semana al mes, o los fines de semana? De tantas cosas escapé: las presiones y obligaciones familiares, el peso opresivo de la religión, los recuerdos atormentados con mi padre, los tentáculos de la política que todo lo invaden y contaminan, las novias y los novios que prefiero no encontrarme, el clima gris, las mismas caras en las mismas esquinas, la imposibilidad de ser un don nadie montando en bicicleta, la mirada ajena que hurta o menoscaba el ámbito privado, los celos y rivalidades de los escritores de mi generación, no digamos ya de los periodistas de televisión.

De todas las ciudades en que he vivido, Miami es aquella donde más feliz he sido, y por eso me seguiré quedando en esta ciudad, en esta isla, en este barrio apacible, de vacaciones, hasta el final de los tiempos, y cuando me toque partir, le he pedido a mi esposa que arroje mis cenizas no en el proceloso océano Pacífico, sino en las olas mansas del club de playa cerca de casa.

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