Esta cátedra de anglosajón 101 tiene lugar al menos tres veces al día en mi casa. n
Portazos, llanto, y al final gritos de la presente para que todo retorne a la normalidad, al menos por una hora. n
Dude. n
La palabra favorita de mis dos hijos. Marco tiene 12 (entrando en la edad del pavo donde un beso de su madre es un acto que debe permanecer en total secreto), y Rocco tiene 9, (me come a besos al punto que no puedo trabajar y me encanta).
Cuando tomé la decisión de quedarme en Estados Unidos tras graduarme de la universidad puse todo sobre la mesa. Me mentalicé, sabía que mi vida iba a cambiar y que tendría que esquivar obstáculos inmensos. Una de las cosas que me quedaron claras es que, cuando tuviera hijos, su primera lengua sería el inglés.
nVale, no problem. n
Lo que jamás pensé es que mi hijo el pequeño fuera alérgico al español. Ni con Benadryl o Calamina. El problema no es que no hable, es que se niega a hablarlo. n
El niño no es que sea tonto, si lo fuera no me atrevería a escribir sobre el tema. Es una pistola, como dirían mis amigos mexicanos. Excepto en español. La primera señal llegó en tercer grado cuando sacó la mayor calificación posible en todas las materias, y una D en español. Me quedé fría, no sabía si felicitarlo o tomarme un Valium y mandarlo interno a un colegio en España.
nNo hay manera. Lo entiende todo y cuando se tiene que comunicar con la familia lo hace, a regañadientes y un u201cacentou gringou u201d que me pone de los nervios. n
Pero es lo que es. No puedo hacer nada más que seguir viendo los videos de Facebook de cuando era un bebé de dos años y pedía u201cCheche u201d (leche) no u201cmilk u201d y hablaba como un cotorro en español. n
Llegó el colegio, sus amigos cool, su entorno social y se acabó lo que se daba. n