martes 3  de  marzo 2026
opinión

El gran golpe

Doy tres pasos atrás. Me encomiendo a San Quintín, patrón de los cerrajeros, y me abalanzo contra el cristal como si estuviéramos en la primavera de 1945...
Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Todo mal. Todo lo hacéis mal. No me importa parecer un periodista de El País en plena regañina semanal a sus ovejas. Es que no hacéis nada bien. Ya ni las puertas de las cafeterías. Maldita colección de idiotas. Ni las puertas, ya, Señor, ni las puertas sabemos fabricar en este siglo. Lo digo palpándome aún el golpe en la nariz, panda de asesinos, mastuerzos, chirrichotes, zamacucos, gaznápiros, majagranzas. No he podido empezar peor el jueves. Todo fatal.

Ha sido al alba, con viento flojo de noroeste, aún la calle teñida de sombra, y el ambiente gélido. Embozado, solo una escueta rendija para los ojos. La espigada nariz se abre camino a la intemperie, calle a través, con la cabeza en el melancólico recuerdo de las cálidas sábanas. Doblo la esquina y, al fin, el bar, que hace ya horas sueño con mi café. Examino velozmente la puerta para evitar tirar, si hay que empujar, o no empujar, si hay que tirar. La mayoría de las puertas ceden en ambas direcciones pero, si te equivocas, el roce con el suelo hace un ruido similar a cuando desollas un gato vivo, de modo que entras en el café, no en el feliz anonimato del madrugador, sino en el blanco de todas las miradas de odio, especialmente, las de los amantes de los felinos.

Algo ocurre. La puerta acristalada no avanza. Una apuesta joven fuma y mira de reojo desde la entrada. Empujo con la vida. Va embutida en uno de esos gruesos abrigos llenos de pelos, como si fuera el almirante Gabriel de Castilla a punto de descubrir la Antártida. Llamémosle Sofía. Parece guardar un gran secreto. Divertida al ver mi gesto de confusión frente a la puerta, desde la viveza de sus ojos azules rodeados de lana, me indica que la puerta es automática, que debo retroceder y acercarme “frontalmente con decisión, para que la célula fotoeléctrica me detecte y se abra”. Amplia sonrisa llena de labios rojos, que es el modo en que algunas chicas te sugieren en silencio que tienes aspecto de haberte olvidado el cerebro en casa. Asiento y agradezco, con la desolada mueca del mal agüero.

Doy tres pasos atrás. Me encomiendo a San Quintín, patrón de los cerrajeros, y me abalanzo contra el cristal como si estuviéramos en la primavera de 1945 y la victoria sobre el nazismo dependiera tan solo de mi ímpetu. El gran golpe. Es tal el ruido y la onda expansiva que doblan al instante las campanas de las iglesias cercanas. Tal la explosión de risa de Sofía, que inhalaba una profunda calada a su pitillo, que ha expulsado de golpe el humo por ambas orejas, como cuando hay un incendio en el cerebro de un gremlin.

Encorvado, sin aliento, y con una mano en la boca evitando perder los dientes sueltos, comienzo a danzar con la otra mano frente a la célula fotoeléctrica, cual flamenca del WhatsApp. Sin éxito. Dolor agudo en nariz, boca y frente. Sofía, con lagrimones, aún le bailan los hombros de aguantar la risa. Al paso de su esbelta figura, se abre la puerta con insolencia. Con otra sonrisa me perdona la guillotina y se pierde por el café, al que entro gateando y entumecido, con el miedo de que se cierre la puerta a traición y me opere de fimosis.

Dentro aún me espera la cola del café. Todo mal. Hago mía la reflexión de Dave Barry: “Es inhumano obligar a las personas que tienen una verdadera necesidad médica de tomar un café a esperar en la fila detrás de las personas que aparentemente lo ven como algún tipo de actividad recreativa”. Tú también conoces a esa gentuza. “Apuesto a que este tipo de cosas no les suceden a los adictos a la heroína”, añade Barry, que cuando van a por su dosis “no toleran esperar en la fila mientras un diletante frente a ellos les ordena una torta de avellanas con chispas de canela”.

Tras la cola de diletantes, café, al fin. Escozor en los labios, hinchados por el golpe. Medito sobre la idoneidad de emplear esas malditas células fotoasesinas. Descubro con decepción que en defensa del arquitecto del café acuden los académicos de la Real Academia, que el día que definieron puerta debían estar ebrios. Dice su diccionario que es un “armazón de madera” u otro material, y hasta ahí todo bien, pero añade que “sirve para impedir la entrada y salida”. ¡Cielo santo! Ahora lo entiendo todo. ¡Para impedir! Imagino que lo siguiente será cambiar la puerta por una lanzadera de misiles nucleares; de ese modo aún se mantendrían fieles a la definición de la RAE, legendaria institución que Dios tenga en su gloria y Pérez Reverte en sus responsos. En su gloria, ellos, el arquitecto, y la cruel Sofía, cima de mi humillación adormecida. Que a ver ahora cómo convenzo a la enfermera que todos estos moratones son culpa de haber defendido a una viejita de un peligroso ladrón armado con tres catanas. Que el gran golpe me lo llevo a la tumba, junto al fabricante de la puerta.

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