Escocia, Cataluña y la venganza de las nacionalidades
En términos históricos ha sido algo natural que los pueblos se unieran para, consolidando territorio y población, ser más poderosos. Pero también que las naciones se rompiesen. De hecho, pocas cosas ha habido más mudables que las fronteras políticas. Ahora bien, en muy pocos casos la secesión está regulada y normalmente no se produce de manera pacífica, como en la sangrienta ruptura de la antigua Yugoeslavia, o libre de traumas, como en la pacífica separación de la República Checa y Eslovaquia. Siempre es problemática para quien le toca vivirla. n
nLa posibilidad de un SI a la independencia escocesa generaba dos grandes temores: primero, el impacto a corto y medio plazo sobre la frágil recuperación económica europea; el segundo, que provocara un auténtico tsunami de independentismos en todo el Viejo Continente, comenzando por Cataluña donde otro referéndum estaba gestándose para el próximo 9 de noviembre. Si el Reino Unido se rompía, nadie quedaba a salvo de romperse también.
Ha ganado el NO, pero mucho me temo que se trata de una victoria pírrica. En primer lugar, porque ha quedado patente que cerca de la mitad de escoceses (un 45%) sí apoyaba independizarse ahora. Hace apenas dos años, los partidarios del SI apenas llegaban al 30%. No podemos saber si con las nuevas competencias y poderes que Londres piensa otorgar a Escocia, ese 45% actual tenderá a bajar o, si por el contrario, aumentará el apetito por la secesión. Pero si hay algo que nos enseñan los procesos nacionalistas, es que tienden a radicalizar a los ciudadanos. Y normalmente a favor de la separación. Que la cuestión escocesa vuelva a plantearse en el futuro no es para nada descartable. n
nEn segundo lugar, el hecho de que se haya reconocido a los escoceses su derecho a decidir, no sólo sobe ellos, sino sobe el conjunto de la nación (5 millones frente a 70) y también, por qué no, sobe el destino de Europa, da alas a otras minorías que ven, así, reforzadas sus demandas de poder decidir también . El caso más palpable es el de Cataluña donde al día siguiente del NO escocés, el parlamento regional aprobó por amplia mayoría la norma que regulará el referéndum sobre su independencia.
En el caso de Escocia, la consulta era legal y constitucional, en el caso catalán es ilegal y anticonstitucional, pero eso no parece importar. El independentismo, al final, se mueve por pasiones y, por ello, es irracional. Cada caso, además, responde a condiciones distintas, específicas. De ahí que un SI escocés hubiera alimentado el secesionismo en Europa, pero el NO apenas acalle a las minorías independentistas que seguirán reivindicándose como nación.
Las políticas del miedo alimentadas desde Londres, Madrid y la Unión Europea, equiparando la separación al Apocalipsis, tampoco ayudan a encauzar unos sentimientos que, nos guste o no, están ahí y no van a desaparecer. Al contrario, endurece y radicaliza más si cabe las posturas independentistas. Escocia no ha cerrado nada. Es sólo una cuestión de tiempo.