Existe una persona en Washington que puede interponerse entre Donald Trump y los planes de éxito de sus primeros cuatro años de mandato. Ese alguien es el fiscal especial Robert Mueller, quien investiga la interferencia rusa en las elecciones de 2016 y las posibles conexiones con la Casa Blanca.

No hay duda de que Trump es capaz de sortear cualquier tormenta política que ocasione su estilo de gobernar, su enfrentamiento con los medios, sus planes para solucionar la inmigración ilegal con un muro a lo largo de la frontera con México o la forma de abordar desafíos internacionales de la talla de Corea del Norte.

Sin embargo, detrás de bambalinas siempre está Robert Mueller.

Lo cierto es que el exdirector del FBI tomó la decisión de ampliar su investigación más allá de lo que se anunció inicialmente, para descubrir si hay pruebas de presuntas irregularidades cometidas por individuos del equipo de Trump en colusión con Rusia.

Por lo pronto, y con los poderes con los que ha sido investido, Mueller parece haber persuadido al exasesor de seguridad nacional Michael Flynn para que coopere con la investigación.

Por eso, a estas alturas la pregunta válida sería: ¿Está Muller detrás del propio Trump?

Es una estrategia clásica del FBI, el persuadir a individuos clave de una organización para que revelen todo lo que saben sobre sus jefes, a cambio de ciertas indulgencias cuando sean enjuiciados.

Hasta ahora, Flynn y sus abogados habían estado trabajando estrechamente con la Casa Blanca, informando a los funcionarios de Trump sobre los pasos que estaban tomando los investigadores de Mueller.

No obstante, este intercambio de información ha cesado y la única conclusión posible es que Flynn ha aceptado cooperar con el equipo de Mueller.

Durante el escándalo de Watergate, a principios de la década de 1970, se nombró a un fiscal especial para investigar el robo de documentos en la sede del Comité Nacional Demócrata, en el complejo de oficinas del edificio Watergate en Washington.

La investigación posterior reveló no sólo la participación de la Casa Blanca en los hechos, sino también el encubrimiento por parte del propio presidente Richard Nixon.

Al final, gracias a las pesquisas, unidas a las informaciones de The Washington Post, llevaron a la renuncia del presidente Nixon.

Nadie está sugiriendo que Estados Unidos enfrenta otro escándalo similar al de Watergate. Pero la posible colaboración entre uno de los exconsejeros más confiables de Trump y el equipo de investigación del FBI debe resultar incómoda para el Presidente.

La carrera de Mueller revela a un hombre poco dado a aceptar compromisos por sacrificar la verdad.

Se desempeñó como director del FBI durante 12 años y comenzó su trabajo en 2001 con una de las mayores investigaciones iniciadas por el sistema judicial estadounidense: descubrir a la red al-Qaeda, responsable de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Fue un gran desafío para él como director y para la organización bajo su liderazgo.

Toda esta situación representa una nube sobre la administración Trump y con Flynn posiblemente ayudando al exdirector del FBI. El Presidente debe estar preguntándose: ¿quién más de su equipo ofrecerá cooperación?

Mueller no va a desaparecer, a menos que, por supuesto, el Presidente decida despedirlo.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

Deja tu comentario