sábado 18  de  abril 2026
OPlNlÓN

La fractura de Occidente

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

La fractura de Occidente

En el remoto mundo homérico, como lo revela Aristóteles, la primera teoría ética dice que «somos los que hacemos». Es decir, la libertad nuestra llegaría, como noción, hasta la posibilidad de lo humano. Hasta lo necesario para que el ser humano, que entonces reduce la vida a la muerte, el destino, a la fama, al esfuerzo como fronteras que sujetan a la pasión, alcance realizarse en la plenitud de lo humano.

Pero al cabo, en esa realidad en la que priva lo heroico, la épica, en una pulsión entre el eros y el tanatos, entre el conservar la vida o provocarse la muerte, diría Sigmund Freud, la acción individual hace fluir consecuencialmente la convivencia entre los seres aislados. Esto lo explica Emilio Lledó, de modo que la determinación de ese ethos colectivo pasa a ser la obra del hacer individual, justificándose.

Así, el valor de la libertad individual se sostiene, dentro de dicha perspectiva, en tanto que representa la lucha agonal de cada ser humano para incorporarse, para ser aceptado por el conjunto al que aspira pertenecer o le otorga identidad. Y esa es, podría decirse, la matriz remota de la civilización en Occidente, cuyos causahabientes, como lo afirmaba angustiado el fallecido Papa Ratiznger, se avergüenzan de sus raíces; al punto que, en nombre de una acusada libertad – incluso de cara al integrismo musulmán que avanza sobre ella – destruyen su memoria, reiniciándola, y la estatuaria que la sostiene la tiran abajo, como suertes de adanes.

Lo que sorprende, sí y en nuestro caso, a saber, el que motiva esta consideración, es advertir ahora, en el marco de la deconstrucción que avanza y toca al conjunto de las instituciones políticas y sociales occidentales – a la nación que somos y a las repúblicas que nos hemos dado, es la ausencia de una verdadera comunidad cultural como común denominador; capaz de sostener a las primeras, como lo hacen las civilizaciones china e hindú, tanto como la islámica mencionada.

Reparo, entonces, que, más allá del choque de civilizaciones que predica Samuel P. Huntington en 1996, al señalar que los conflictos ideológicos darían paso a otro muy distinto entre las culturas y las religiones, lo que sí se advierte y presencia es un choque frontal entre los occidentales; ello, al punto de profundizarse una quiebra en el denominador común que los legaran las grandes tradiciones, la judía y la cristiana, la griega y la latina.

Consideremos, en primer término, que tratándose del Mundo Nuevo colombino, a lo largo de su reconfiguración y pasados los descubrimientos, la interacción desde sus extremos norte hasta el sur – desde el ártico hasta el subantártico – en ese gran mediterráneo que forma el atlántico, da cuenta del trasiego de mongoles y asiáticos por Groenlandia; luego, la incidencia francesa y anglosajona en el norte de las Américas, mientras que el centro y el sur beben en las fuentes de la Hispania romanizada y goda, Brasil, de historia distinta, se aproxima al mundo africano, mirándose el uno al otro apenas separados por un punto aislado, la isla de Santa Elena, donde, por cierto, fallece Napoléon en 1821, un gran integrador cultural y polémico, que por medio de las armas moderniza, bajo los ideales franceses, la organización jurídica y administrativa en los territorios conquistados.

El asunto que motiva y anima en nosotros la cuestión anterior es que, a primera vista, juzgándosela como de trinchera y en las circunstancias de grave tensión que vive Occidente bajo la administración del presidente Donald Trump, ocurre un reacomodo global e inevitable de potencias o de fuerzas ordenadoras tras el agotamiento de orden que le aportó al mundo el Sistema de Naciones Unidas, construido en 1945 sobre la tragedia del Holocausto.

Observamos dos variables que, vistas de conjunto son muy decidoras sobre la percepción que acerca de Occidente hemos descripto anteriormente y las titulan estas apuntaciones. Por una parte, más allá del debate jurídico bizantino acerca del respeto o no del Derecho internacional formalmente en vigor – sólo formal y nominalmente, por incapaz de conjurar el flagelo del crimen organizado trasnacional acelerado por la globalización y la pérdida de fuerza de los Estados y sus gobiernos desde los finales de la guerra fría – la extracción policial y represiva del gobernante de facto Nicolás Maduro, ha dado lugar a un proceso que conduce la Casa Blanca en Venezuela y privilegia la estabilización económica de su nación en diáspora, a partir de su menguada actividad petrolera.

El asunto de la libertad y el de la experiencia democrática como forma de vida y perdida por los venezolanos, es considerada subalterna desde Washington y por las mismas élites de poder locales. A la libertad se la estima como subsidiaria, o bien como una libertad para tener y no para alcanzar el ser; que, al paso, es cuestión en la que avanzaba a tientas la nación venezolana, incluso siendo una nación de presente y de suyo inacabada.

A la par, dicha perspectiva asume otros ribetes, más delicados, una vez como se tensa la cuerda entre Estados Unidos, aspirante a regatearle la conducción de la gobernanza global a China, asociada a Rusia e Irán y aspirante a regir al mundo desde el Pacífico, y el pequeño Estado del Vaticano. Casi que se repite aquí lo argumentado, a la manera del interrogante – se dice, no hay prueba textual – por Stalin ante Churchill: ¿El Papa? ¿Cuántas divisiones tiene?

Trump ha acusado a León XIV de ser “débil” y “terrible”, mientras que este, con la serenidad de quien escribe para una lápida atemporal, sin caer en la provocación riposta: - Mi mensaje es el de promover la paz. El mensaje del evangelio es muy claro: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, declara el sucesor de Pedro.

El parteaguas occidental, así las cosas, no es de momento o coyuntural. Viene de atrás y desde la hora germinal, sin que nos haya preocupado. No es otro que el permanente conflicto – que nos ha llevado hasta el punto de quiebre que se descubre en la escena, repito – entre la civilización de ser y la civilización del tener.

Es verdad que los moldes constitucionales acusan proximidad en las distintas naciones de Occidente, pero, por obra de la incidencia cultural de lo anterior – recuérdese la Reforma luterana – el énfasis histórico de las decisiones políticas, cuando menos en las Américas, se bifurca como en un delta cuyos brazos no se tocan. De allí los choques repetidos y desencuentros que tienen lugar entre el Norte y el Sur desde la formación de nuestras repúblicas americanas.

El proceso de conquista de la libertad

Apenas ocurre la inserción del Mundo Nuevo dentro de la cultura eurocéntrica, como en un movimiento de ida y de venida en coincidencia con la hora de los descubrimientos y de la huella que aquella deja en la América colombina a través de la labor evangelizadora de las órdenes católica mendicantes, emerge en paralelo otra visión escatológica opuesta. Incide esta sobre una percepción dual de la libertad, en un choque histórico que no ha logrado resolverse aún. La literatura política barata la reduce a una cuestión de lucha entre el imperialismo yanqui y un sur latino que lucha por la libertad, aun cuando atado a los mitos de El Dorado y el cesarismo.

En la zona sur y oriental norteamericana, tras la reforma protestante que conduce Martin Lutero a partir de 1517, desde Wittemberg, en Alemania, se instala el puritanismo calvinista. Su modelo del hacer económico deja hendidura profunda en las conciencias de sus habitantes. Extrapolados desde Escocia y a través de sus gentes, forjan raíces raigalmente individualistas, aceradamente rebeldes ante toda forma de sujeción o de mandato externo al fuero individual de cada persona.

La corrección calvinista, si así se le puede llamar, si bien implica una suerte de vuelta atrás al espíritu ascético del mundo monacal, lo renueva y traslada al plano de la Ciudad del Hombre, al objeto de exaltar el valor de la laboriosidad y como su fruto la prosperidad. Se retoma la idea de la predestinación del hombre, sí, como elegido por Dios, para que, desde su quehacer reduplicado, con celo sin descanso en el trabajo, en la que el ocio se ve como pecado, realice la vocación a la que le ha llamado Dios, afincado sobre una «moral» “prácticamente práctica”.

La catolicidad, esta vez en Europa como en las tierras descubiertas desde las líneas mexicanas hasta la Patagonia, instala una concepción del mundo y de la política – de suyo sobre la idea de la libertad – cabalmente diferente. Bajo su huella candente sobre el ethos hispanoamericano, si bien no demerita el valor del trabajo, asumiéndolo como el cumplimiento de un mandato, a saber, el de ganarse el pan de cada día con el sudor de la frente, lo esencial reside, según la enseñanza paulina, en la idea de la libertad (eleutheria) que parte de la misma libertad de ruptura con relación a las viejas prescripciones rituales de la tradición yahvista. Y bien puede pensarse, de entrada, en lo inmoral de separarse de la ley misma, pero el mismo Pablo de Tarso aclara y corrige cualquier malentendido.

Para el cristiano, lo primordial, dice, es “ser siervos unos de otros por el amor”. Se trata de la espontaneidad del amor frente a la constricción y el mismo individualismo egoísta que reintroduce la esclavitud de los sentidos, tras la postergación de la razón natural o iluminada.

Algunos analistas hispanoamericanos de mucho respeto – pensamos en Carlos Rangel o en Carlos Alberto Montaner: acaso influenciado éste por el pensamiento científico racional del padre Félix Varela y Morales (1788-1853) – concluyen, sobre tales consideraciones, en el porqué unos, los del Norte, han progresado en cuanto lo material, mientras los otros, los del Sur, permanecemos condenados a la miseria tanto como subestimados por los primeros.

El dilema entre la libertad-hacer y la libertad-deber con sus consecuencias culturales e institucionales de mucho peso, sigue corriendo y se ha sostenido como río sin madre a lo largo de nuestros magros siglos de historia.

La perspectiva de la reforma cristiana, al enfatizar la autonomía de la razón humana frente al magisterio de la Iglesia romana, le dio impulso a la idea de una filosofía y moral que se vive y que evoluciona y que cambia a través del tiempo. Es tributaria de la historia; por lo que la ética, es decir, la reflexión conjunta unitaria y sistemática y anticipada sobre el ethos o el ser y la esencia básica o el carisma que define a un individuo o grupo cultural, y el mores, como las reglas o costumbres concretas que la misma sociedad discierne sobre el bien y el mal, es entendida como un subproducto de la voluntad en marcha.

Sería tarea de los filósofos y los estudiosos, por ende y como lo fue Max Weber, el elaborar o explicitar posteriormente la moral implícita en el comportamiento individual y social, tal como este lo hace con la ética protestante calvinista. No por azar y paradójicamente, Karl Marx es al respecto un adelantado.

“El fundamento de la crítica religiosa es: el hombre hace la religión, y no ya, la religión hace al hombre. Y verdaderamente la religión es la conciencia y el sentimiento que de sí posee el hombre, el cual aún no alcanzó el dominio de sí mismo o lo ha perdido ahora. Pero el hombre no es algo abstracto, un ser alejado del mundo. Quien dice: "el hombre", dice el mundo del hombre: Estado, Sociedad. Este Estado, esta Sociedad produce la religión, una conciencia subvertida del mundo, porque ella es un mundo subvertido. La religión es la interpretación general de este mundo, su resumen enciclopédico, su lógica en forma popular, su point d'honneur espiritualista, su exaltación, su sanción moral, su solemne complemento, su consuelo y justificación universal. Es la realización fantástica del ser humano, porque el ser humano no tiene una verdadera realidad. La guerra contra la religión es, entonces, directamente, la lucha contra aquel mundo, cuyo aroma moral es la religión” escribe para prologar a Hegel.

De consiguiente, la única manera de resolver sobre dicho entuerto, como lo observa el filósofo español José Luis L. Aranguren, es entender que bajo el luteranismo la cuestión, incluso siendo religiosa, se resuelve desde una perspectiva jurídica de inspiración romana.

Al negársele significación a lo moral y a la idea de la dignidad humana como previas al hacer libertario, dada la maldad inherente al hombre, resta, conforme a la justicia, la sola imputación. Dado ello, dentro de una perspectiva económica e inseparable de lo religioso occidental – “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” – ha de acreditarse e imputarse en el haber de cada individuo, el sacrificio hecho a favor de este por el Cristo-Dios; por lo que, habiendo sido imputado por sus pecados-delitos, según la lógica forense, estos dejan de ser tales culpas o pecados al ocurrir una suerte de indulto o perdón. Seguimos, al efecto, la Historia de la Ética compilada por Victoria Camps.

Se retoma de tal modo la idea de la predestinación del hombre, sí, como elegido por Dios para que, desde su quehacer reduplicado, con celo sin descanso en el trabajo, en la que el ocio se ve como pecado, realice la vocación a la que le ha llamado Dios, afincado sobre una «moral» “prácticamente práctica”.

Cuestión distinta, y mucho, sin embargo, es la actitud moral del católico. El mismo ve a la moral como inherente a su ser como persona y no meramente dependiente de la ley: - “La ley entera queda cumplida en una sola palabra: en el amaras a tu prójimo como a ti mismo”, reza Galatas. Lo ético, como dimensión de la religiosidad tiene su concreción, por ende, en la idea de unidad de la libertad con la conciencia del deber, con la civilización del ser; al punto que, de las tres realidades: la fe que mueve montañas o la esperanza que anima a la peregrinación del hombre sobre la tierra, la más valiosa – como esencia de la libertad – es la del amor: es paciente, es afable, no tiene envidia, no busca lo suyo, es libertad de donación, “no lleva cuentas del mal , no simpatiza con la justicia, simpatiza con la verdad”, en suma.

En todo ello, según San Pablo, juega un papel vertebral la conciencia (syneídesis) personal, que de suyo reclama, al momento de fijarse la ética de las normas, de mediación; ello, en modo de que el principio supremo del amor “seleccione por afinidad” sin mengua de lo insustituible, contando con el discernimiento individual y la valoración por este, a la luz del mencionado principio teológico, de lo que es “moralmente bueno o malo”.

En fondo, todo este desarrollo confluye en lo siguiente y como síntesis. El hombre que da por muerto a Dios y afinca su existencia sobre un antropocentrismo radical, en el que cada individuo se cree y ve suficiente para dar por muerto a Dios y discernir entre lo justo y lo injusto, sin mediación racional o institucional alguna, una vez como alcanza el poder o lo domina, ejerce su poder de manera mesiánica y despótica. La experiencia es más que ilustrativa. En nombre de su dignidad atropella la dignidad de los otros. Se mira en el espejo de lo uno y de su unicidad, sin respeto alguno por la otredad.

El hombre que, antes bien, se advierte y es consciente de sus falencias, al reconocer su dignidad inmanente e intrínseca avanza, tal como lo demuestra la misma experiencia, por sobre el camino de su perfeccionamiento. Se sabe uno más y único como realidad vital perfectible, pero entiende que su valor propio, trasferible, crece con los otros y junto a los otros.

Es lo que, al término, sitúa a Trump en la acera frontal de León XIV. Es, asimismo, lo que opone la visual de María Corina Machado frente a aquél, que mira a Venezuela desde el plano de su estabilización económica y petrolera, desde “su” hacer. Aquélla, entre tanto, apalancada sobre el “ser” venezolano y la autonomía de la dignidad inmanente a toda persona, reclama el reencuentro afectivo entre las familias separadas y el goce de la libertad de discernimiento como lo preferente, tanto a lo político como a lo económico.

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