Luego inflamaba los músculos de sus brazos mientras tiraba de la soga amarrada al asa de la cubeta, consiguiendo sacarla hasta el borde sin que derramara el líquido en el viaje de casi diez metros desde el fondo de la poceta hasta la plazoleta del garaje donde estaba la tapa de la cisterna.
El motor eléctrico, que alguna vez garantizó el servicio a los cinco pisos del edificio, hoy solo servía para asegurar, con doble nudo, la punta de la soga, por si le fallaba la destreza a Otilio, para que el cubo no quedara navegando a la deriva en el fondo oscuro del depósito de agua.
El motor ya era un hierro oxidado irrecuperable, un recuerdo de lo fácil que fue alguna vez descargar un inodoro o lavarse la cara con el agua de la llave.
Los vecinos se habían resignado a depender de la bondad de Otilio, para luego subir de a poquito, en pequeños envases, el agua colectada hasta lo tanques con que ocupaban gran parte de su cocina.
“Un cubo por apartamento”, voceaba Otilio mientras tironeaba la soga o vertía despacio, siempre despacio, del cubo a los envases, “cuando todos tenga un cubo volvemos a comenzar”, los vecinos asentían desde la pequeña fila en la que esperaban su turno.
María Luisa era “la gusana”, aprovechaba la fila para hacer proselitismo contra el gobierno, “esto es lo más bajo que hemos podido caer”, decía buscando miradas de complicidad, “¡y al final somos tan cobardes que nos adaptamos!”. los vecinos hacían oídos sordos y María Luisa subía la voz para asegurar que estaban como en la época de los indios, “bajando al río a buscar el agua, nada más nos falta perseguir a la jutia en los matorrales para garantizar el almuerzo”.
María Luisa se equivocaba hace treinta y cinco años cuando pensaba que habían tocado fondo, que no había nada peor que bajar y subir por el elevador con los pequeños recipientes de agua para garantizar al menos los pañales limpios de su nietecita.
Hoy la nieta de María Luisa y su esposo son los que corren como posesos, calle abajo y cubo en mano para encontrar el camión cisterna que, algunas veces, aparece con su carga de agua para todo el vecindario.
Nunca estacionan en el mismo lugar, hay que tener la habilidad para perseguir a los más jóvenes, a esos que gritan, “! la pipa!” cuando alcanzan a distinguir el viejo camión soviético exhibiendo sus óxidos en alguna de las esquinas del parque o frente a la casa del que tiene dólares y le puede pagar al chofer por preferencias.
Ya no hay un Otilio que ponga orden y trabaje para todos, la cosa es de sálvese quien pueda, nadie respeta la fila, hay que ir dispuesto a empujar, ofender y hasta lanzar algún golpe con la cubeta, que ahora es plástica y no de cinc. A duras penas consiguen arrimarse a la llave o al salidero del tanque, que igual sirve para llenar los envases.
Después el retorno, forzando el equilibrio para que no se derrame ni una gota, en medio de los lamentos del esposo porque lo conseguido no alcanza ni para tres días.
Al pobre hombre le toca regresar al balcón, por horas, como vigía de atalaya medieval, oteando hasta donde alcanza la vista, por si aparece nuevamente otra pipa.
Casi nunca alcanza a ver el camión, solo a los vecinos corriendo desenfrenadamente cubo en mano. Y ahí mismo se lanza a la competencia, apurando a los otros miembros de la familia para que se incorporen sobre la marcha al empujón colectivo por el premio final: el lujo del agua transparente.
La nieta tiene dos hijas adolescentes, hoy las llevó al garaje del edificio y les mostró la tapa de hierro fundido de la cisterna, “alguna vez aquí entraba el agua, solo para nosotros, a disposición exclusiva de los vecinos del edificio”, recuerda emocionada, “la bisabuela me traía de la mano, con un jarrito simbólico, para que la ayudara a cargar el agua”, la mujer recuerda en un suspiro, “así se inventaba un juego infantil, un tierno recuerdo de mi abuela”, les cuenta, “aquello si era vida, solo teníamos que bajar y subir por el elevador, que entonces también funcionaba y nos sobraba el agua”.
La nieta mira con tristeza a sus hijas, las biznietas de María Luisa, “qué bajo hemos caído”, piensa y sentencia, “hemos tocado fondo, no puede haber nada peor y para colmo nos hemos adaptado”.
Sin saberlo está repitiendo las conclusiones de su abuela hace treinta y cinco años.
Si estuviera viva, María Luisa le corregiría, la mandaría a callar, evitaría que se volviera a equivocar: puede haber un escenario peor, el fondo es infinito para el cubano, los camiones cisterna están en vía de extinción y los apagones pueden convertirse en condiciones permanentes.
Aquí en Miami mi esposa juega a pitonisa cuando le adelanto de que va la historia de esta semana: “¿Qué pasará con las niñas dentro de otros treinta y cinco años?, ¿habrán aprendido a vivir sin agua?”.
Espero que no, que más temprano que tarde se puedan bañar en un enorme caudal de libertad.
Las imagino, con el asombro en sus caras, viendo cómo se les empapan los pies con el agua que desborde desde la cisterna de sus vidas, la nueva vida que se merecen, por el mero hecho de ser personas, de haber nacido en pleno siglo XXI.