En tiempos donde la imagen ha adquirido una tiranía casi absoluta, donde el yo se multiplica en pantallas como un eco interminable y estéril, surge en Italia —casi como un acto de resistencia espiritual— el Movimiento Empatista. No es casualidad: toda época de excesos engendra su antídoto. Frente al narcisismo social, ese virus silencioso que convierte al individuo en su propio devoto, el empatismo propone una renuncia luminosa: salir de uno mismo para habitar al otro.
Su principal impulsor, Menotti Lerro, amigo del alma, lo ha explicado con claridad en su más reciente artículo publicado en Fortune Italia, el mismo país donde hoy arraiga esta corriente plural, casi insurgente. Allí, lejos del ruido impostado de las capitales ególatras, se gesta una comunidad de pensamiento que enlaza lo lírico, lo filosófico y lo social en una sola pulsión: la necesidad urgente de volver a sentir sin alardes ni alharacas.
El Movimiento Empatista reúne ya a más de 350 intelectuales de todo el mundo, una constelación de voces que no buscan brillar por separado, sino iluminar juntas. Y es en este tejido colectivo donde reside su fuerza. Me precio, no sin cierta emoción íntima, de pertenecer desde sus inicios a esta oleada poética que no pretende conquistar el mundo, sino reconciliarlo.
Porque la poesía, al igual que debiera serlo la vida —y aquí conviene detenerse— no es un ornamento ni un artificio decorativo. La poesía es un acto radical de entrega. Es dar sin esperar, desprenderse sin cálculo, ofrecer sin condicionar. En una era donde todo se mide en términos de rendimiento, visibilidad o recompensa, el gesto poético se vuelve casi subversivo. Y es precisamente esa gratuidad lo que convierte a la poesía en el lenguaje natural del empatismo.
José Martí lo formuló con la precisión de quien comprende las verdades esenciales: “El hombre vive de darse”. No se trata, entonces, de una consigna nueva, sino de una recuperación, de una relectura necesaria en medio del extravío contemporáneo. El empatista no se exhibe, él se comparte interiormente; no se impone, se ofrece; no grita, oye y escucha (no es lo mismo, oír tiene que ver con todo, escuchar sólo la música; y hay que ser capaz de hacerla cuando se habla).
El narcisismo social, en cambio, ha instaurado una lógica inversa: el individuo como mercancía, el rostro como marca, el sentimiento como espectáculo. Se vive hacia afuera, pero sin profundidad. Se comunica mucho, pero se dice poco. Se acumulan reacciones, pero escasea la verdadera conexión. Y es en ese vacío, en esa saturación de lo superficial, donde el Movimiento Empatista hinca sus raíces.
No estoy hablándoles de una ideología rígida ni de un programa político cerrado. El empatismo significa, más bien, una actitud, una sensibilidad reaprendida. Implica una ética de la atención: mirar al otro no como un reflejo de nuestras propias necesidades, como un universo autónomo, digno de ser comprendido en su singularidad. Esta mirada requiere lentitud, paciencia, silencio. Virtudes que hoy parecen casi refundadoras.
La dimensión lírica del movimiento no es casual. La poesía, al desbordar los límites del lenguaje ordinario, permite intuir lo que no puede nombrarse directamente: el dolor ajeno, la alegría compartida, la fragilidad esencial que nos une. En ese sentido, el poema no es un producto, sino un puente. Y cada empatista, consciente o no, trabaja en la construcción de ese puente invisible.
Sin embargo, el movimiento no se queda en el terreno de lo estético. Su vocación es también social. En un universo involucionante fracturado por desigualdades, conflictos y discursos polarizados, la empatía se convierte en una herramienta política en su sentido más noble: la capacidad de reconocer al otro como semejante -son sus distintivos individuales. No hay transformación posible sin este reconocimiento previo.
Es significativo que el empatismo haya surgido precisamente en un contexto global donde la hiperconexión tecnológica convive con una profunda desconexión emocional. Estamos más comunicados que nunca, y sin embargo, más solos. Más visibles, pero menos comprendidos. El Movimiento Empatista aparece así como una respuesta —serena pero firme— a esta paradoja.
Quizá lo más revolucionario de esta corriente no sea su discurso, sino su práctica silenciosa. El empatista no proclama su virtud; la ejerce. No necesita convencer, porque su acción ya es testimonio. Es en los pequeños gestos —escuchar sin interrumpir, comprender sin juzgar, dar sin exhibir— donde se manifiesta su verdadera dimensión.
En última instancia, el Movimiento Empatista no busca abolir el yo, sino trascenderlo trabajándolo con entrega. No se trata de negarse a uno mismo, sino de reconocerse en los demás, de mirarse a los ojos y entender cada mundo. De conocer que la identidad no se construye en aislamiento, sino en relación. Que ser es, también, ser-con-otros.
Y quizá ahí resida su fuerza más profunda: en recordarnos algo que, pese a todo, nunca hemos dejado de saber. Que el ser humano no se completa a través del espejo, sino del encuentro. Que la verdadera plenitud no está en la acumulación, sino en la entrega. Y que, como bien escribió Martí, vivir es, ante todo, darse.