martes 21  de  mayo 2024
OPINIÓN

La segunda fuga

Informe realista de la sociedad cubana, bajo el curso de 65 años de dictadura

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

LA HABANA.- Nada más molesto que ahogarse en el laberinto de su memoria buscando un rostro. Así estaba yo, junto a mi amigo, haciéndome los sesos agua, tratando de recordar de donde conocíamos al mulato bonachón y risueño que conducía el “polaquito” que nos llevaba, como pasajeros, al tribunal provincial de Ciudad de La Habana.

Nos quedaba claro que el "botero", (mote como se denomina a los conductores de alquiler en la capital cubana), había coincidido en nuestro camino en algún momento, pero cuando le preguntamos el tipo se nos escapó: “De aquí, de allá, quizás los llevé a algún lado…”

Un “polaquito” es la versión comunista del popular Fiat 500, pero mucho más incómodo y con menos espacio en su interior. A duras penas viajábamos dos personas además del chofer. Yo solo, en el asiento de atrás y en el de enfrente mi amigo, que con insistencia seguía observando el rostro del conductor, ignorando las muecas con que me empeñaba en alejarlo de su escrutinio y repaso mental.

Entonces, de repente, escupió el nombre, de una sola vez y sin preámbulos, acercando su cabeza a la del chofer, con el tono de un locutor deportivo dijo “¡Pedro Tortoló Comas!”.

Más de veinte años después, cuando intentaba reconstruir la historia para el periodista Juan Tamayo, de El Nuevo Herald, creía recordar que al chofer le cambió el rostro, no serio, pero sí resignado y que lejos de afirmar o negar contesto con un “¿cómo andamos?” fuera de lugar.

No volvimos a intercambiar palabras hasta la esquina de las calles Prado y Teniente Rey, aunque mi amigo, con cara de complacencia, constantemente buscaba mi mirada a través del enorme espejo retrovisor, un agregado que desentonaba con las dimensiones diminutas de todo lo demás en ese "sacapuntas".

En esa mañana de principios de la década de los 1990, el coronel Tortoló no llevaba su uniforme, ni siquiera los botines con los que se bajó del avión de Cubana de Aviación aquel octubre de 1983 para asegurarle a Fidel Castro, con saludo militar y todo, que la misión encomendada había sido cumplida.

Quizás en ese momento no lo tenía claro, pero con su desobediencia y retirada precaria había salvado la vida de centenares de civiles cubanos, a quienes el mismo Fidel en persona les exigió que se inmolaran enfrentándose a las tropas estadounidenses que habían desembarcado “con todos los hierros” en la isla de Granada y habían elegido para llegar precisamente el aeropuerto que los cubanos construían.

Los “15 minutos de fama” del coronel consistieron en tres actos de la televisión nacional.

Primero cuando Fidel Castro lo identifico como de la estirpe de los Maceo, como si se tratara de un legendario general de las guerras de independencia, ya que había firmado una carta en que se comprometía a no rendirse.

La segunda vez cuando llego a la isla a bordo de uno de los aviones cargados de prisioneros devueltos por “el imperio yanqui”, vuelos que desmentían el recurrente titular de la prensa cubana de que todos habían muerto peleando, los últimos seis, supuestamente, abrazados a la bandera cubana.

Por último, la televisión trasmitió una conferencia de prensa esa noche en la que el militar demostraba que no estaba al tanto de la historia oficial y que de muchas cosas ni siquiera tenía la más mínima idea.

Luego de ese momento, la prensa oficial lo desapareció, pero había rumores, bastante organizados y consecuentes como para ser infundados: que si degradado, que si enviado a la guerra de Angola como soldado, que si se acobardó, que Raúl Castro lo puso como un traidor en una conferencia.

Después fueron los chistes, la burla nacional, que, entre otras cosas, asociaba su apellido a una marca de calzado deportivo para correr veloz.

Recuerdo que justo a finales de ese año un enajenado trepó la enorme grúa que durante mucho tiempo estuvo frente al Capitolio nacional y para deleite de una multitud realizó malabares durante horas en lo más alto de la estructura hasta que los bomberos consiguieron bajarlo.

Entre la muchedumbre a alguien se le ocurrió gritar “baja de allí Tortoló” provocando una carcajada general. La risa volvió cuando una mujer preguntó si realmente era el militar el que con los brazos abiertos caminaba de un lado a otro en la cima de la grúa.

Hace muy poco uno de los hijos del exmilitar dio una entrevista a un conocido presentador de radio de Miami y narró el infierno que vivieron como familia cada vez que su apellido era mencionado, incluso confirmó el desempeño de su padre como chofer de alquiler.

Cuando finalmente llegamos al tribunal y le pagué la carrera, traté de decirle algo, de ser solidario y quitarle tensión al descubrimiento, pero no se me ocurrió nada.

Tortoló volvió a escapar aquella mañana: pisando el acelerador con sus tenis chinos de cubano común y a la velocidad que se le podía arrancar al carrito, se fue.

Así lo recuerdo, achicándose, Prado abajo, solo, sin pasaje de vuelta, pero alejándose de la imprudente y certera memoria de mi compañero de juicio.

Este año se cumple el cuarenta y un aniversario del descalabro cubano en Granada, del espectáculo que se le fue de las manos a Fidel Castro y lo dejó en evidencias, diciendo mentiras y repitiendo lo que, quizás por miedo a contradecirlo, sus subordinados le inventaban. Desde entonces el oficialismo ha tendido un manto sobre este capítulo.

Creo que es tiempo de que Tortoló se baje de la eterna fuga a bordo de su Fiat polaco, ese miniauto que le vendieron en las fuerzas armadas cubanas antes de convertirlo en el “apestado oficial”. Que venga por fin, ya blanco en canas y nos cuente su versión.

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