Todo se cayó en instantes ante una aplanadora teutona que evidentemente no sabe de huelgas ni de injusticia social
Catastrófico. Nefasto. Absurdo. En un país donde el fútbol es religión lo que pasó ayer en Brasil tiene características de tragedia. Si Uruguay le clavó una puñalada en el Maracaná hace 70 años, Alemania le terminó de hundir la daga en el Mineirao. n
En un país que vive en el sobresalto del descontento, el Mundial de fútbol y la selección eran vistos como el bálsamo para aliviar tantas protestas, tanta furia contenida, pero todo se cayó en instantes ante una aplanadora teutona que evidentemente no sabe de huelgas ni de injusticia social. n
Brasil, que jugaba u201csu u201d Mundial y que buscaba su sexto título, nunca lució como el Brasil de siempre. Fue el Brasil de nunca. Jamás se había visto a la Verdeamarela tan poquita, tan falta de talento, tan escasa. Y así fue a lo largo de todo el torneo. n
De la mano de su único excepcional, Neymar, Brasil logró avanzar en la fase de grupos y apenas pudo eliminar, ya en la instancia donde vale más la suerte que otra cosa -los penales-, a un aguerrido conjunto chileno. Ante Colombia, en los cuartos de final, hizo su mejor presentación, pero justamente perdió a Neymar, lastimado en la espalda. n
Ahí perdió Brasil su columna vertebral. Quedó más desnuda que nunca. Todas las falencias, las desatenciones defensivas, la pobreza en la delantera, fueron desveladas por Alemania, más compacto y sin la dependencia de una sola de sus figuras.
Alemania irá al Maracaná. Allá esperará el domingo a Holanda o Argentina. A ambas las conoce bien. A los europeos los derrotó en la final de 1974. Frente a los suramericanos cayeron en la de 1986, para luego vencerlos cuatro años después.
nA Brasil le tocará la más nefasta de las tareas mundialistas. Jugar el partido que nadie quiere jugar, el del tercer lugar. Humillante final para un país del que hoy brotan lágrimas verdes y amarillas.