Es incuestionable que el presidente Donald Trump se ha erigido como el nuevo líder del partido republicano y que trata de proyectar una imagen de firmeza y seguridad política.

Y pesar de la pasada apretada agenda electoral, el Presidente también se dio el tiempo para hablar con sus homólogos de Turquía y China.

Es cierto que siempre ha privilegiado las relaciones personales con líderes que considera importantes, como Xi Jinping, de China, Vladimir Putin, de Rusia, Kim Jong-un, de Corea del Norte, el primer ministro israelí Bibi Netanyahu o la realeza saudí.

La semana pasada le tocó el turno a los presidentes de China y el de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quienes recibieron el tratamiento Trump.

Los llamó a ambos por teléfono para tratar de mejorar las relaciones y al parecer tuvo éxito.

El líder chino debió estar confundido por la estrategia del republicano, cuando en medio de una guerra comercial con Estados Unidos el Comandante en Jefe estadounidense decidió que quiere igualmente ser su amigo.

Obviamente, Trump está convencido de que una política de endurecimiento para enfrentar el desequilibrio comercial, mientras busca un acercamiento personal con el líder chino, es una fórmula mágica que le dará dividendos.

Después de su conversación con Xi, Trump tuiteó que la charla fue fluida y dio a entender que la guerra comercial podría estar llegando a su fin.

Los dos líderes se reunirán en la cumbre del G20 en Argentina, que se realizará del 30 de noviembre al 1 de diciembre, por lo que el tiempo dirá si el optimismo de Trump está bien fundado.

Con los aranceles estadounidenses aplicados a productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares, era difícil ver por qué Pekín estaría de humor para ofrecer concesiones comerciales, pero la movida de Trump tuvo un impacto positivo que se hizo sentir de inmediato en el mercado de valores.

Del mismo modo su llamada al presidente Erdogan suavizó las tensiones con Turquía.

El asesinato de Jamal Khashoggi, el periodista y disidente saudí, poco después de ingresar al consulado de Arabia Saudita en Estambul el 2 de octubre, irónicamente ha servido para acercar a Washington y Ankara luego de meses de tirantez.

Es cierto que Trump ha sido ambivalente sobre la responsabilidad de los líderes saudíes en el asesinato de Khashoggi, pero ha exigido una investigación completa, lo cual complace al presidente Erdogan, quien se mantiene firme sobre identificar a los responsables del crimen.

Sin embargo, todavía quedan temas pendientes, como la decisión de Turquía de comprar un avanzado sistema ruso de defensa aérea en lugar de uno estadounidense.

En todo caso, como miembro clave de la alianza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la relación entre Turquía y Estados Unidos es demasiado importante como para permitir que las diferencias dañen el diálogo entre ambos países.

Trump estaba en lo cierto al hacer el esfuerzo para tranquilizar a Erdogan sobre el apoyo permanente de Estados Unidos.

Con Irán en cambio, va la política de mano de hierro.

La administración estadounidense impuso nuevas sanciones a los sectores de energía, transporte y finanzas del régimen iraní, que afectan a más de 700 entidades. Muchas de estas compañías inicialmente fueron objeto de sanciones bajo el presidente Barack Obama, pero las restricciones se levantaron posteriormente cuando Estados Unidos llegó a un acuerdo con Irán en 2015 por sus ambiciones nucleares. Trescientas de las entidades son nuevos objetivos.

Esta política de endurecimiento afecta a los miembros de la Unión Europea que han dicho que seguirán respetando el acuerdo nuclear, al igual que China y Rusia, lo cual pone en vilo las relaciones trasatlánticas.

En nuestro hemisferio, Estados Unidos impuso nuevas sanciones a Venezuela y Cuba, a la vez que prometió nuevas penas para Nicaragua, para propiciar una vuelta a la democracia a través de elecciones.

Un estudio del Institute for International Economics en1999 sostenía que cuando los objetivos son muy ambiciosos no es factible la aplicación de sanciones modestas. Sin embargo, en el caso de objetivos más limitados, el efecto psicológico que suponen las nuevas sanciones y el hecho de que los Gobiernos receptores de las sanciones suelen subestimar sus efectos puede hacer que éstas incrementen la oposición interna.

¡Ojalá Trump tenga razón!

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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