La última apuesta electoral del socialismo español es matar a Franco, que murió en 1975 en la cama. Hay que reconocer que esta vez la idea es infalible. Es casi seguro que tendrán más éxito que cuando pretendieron mantener a España al margen de la crisis y batimos récords mundiales de destrucción de empleo. A fin de cuentas, los muertos se mueren con asombrosa facilidad. El plan maestro de Sánchez es exhumar los restos de Franco antes de las elecciones. La idea es que la crisis económica, al ver a un dictador muerto danzando por España, desfallezca de miedo y se mude a por los países de ese diez por ciento del mundo que según el FMI no se verá afectado por la próxima recesión.

A grandes trazos, quieren coger a Franco del Valle de los Caídos y llevarlo a un cementerio más discreto. Quien haya visto esa lápida sabe que cualquier entorno será menos discreto que el lugar donde estaba olvidado ahora pero eso le da igual a Sánchez, tanto como el hecho de que cuando fue enterrado allí en 1975 nadie mostró reticencia alguna.

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Dice el Gobierno que exhumarlo es ahora una cuestión urgente. No lo fue en los últimos 44 años pero ahora es una prioridad y una condición indispensable para que haya democracia en España. Porque lo dice Pedro Sánchez, que es un presidente que llegó al poder sin presentarse a elecciones, mediante una moción de censura, que es la alternativa vegana al golpe de estado, y que más tarde se mantuvo en La Moncloa con el apoyo de todos los enemigos de España, que coinciden en el asunto de que exhumar a Franco es lo único que necesitamos los españoles para ser felices, y ecológicos, y guapos y competitivos.

El problema de sacar a Franco de su tumba es que está dentro de una basílica. El otro problema es que lo tienes que poner en algún sitio. Y luego está la familia. A nadie le gusta que le toquen al abuelo. Y por lo general las democracias te permiten elegir el lugar donde quieres sepultar a tus muertos para que reciban descanso eterno. En el caso que nos ocupa, esa eternidad está sometida a los designios de Sánchez, que es quien administra su duración, en los ratos libres que le quedan mientras crea el cielo y la tierra y los recorre en Falcon en mangas de camisa y se hace selfies con filtro sepia-Kennedy.

Da igual que nuestros abuelos, que vivieron la guerra civil y el régimen de Franco, tuvieran la sana costumbre de no hablar de la contienda, ni de bandos ni de horrores, y estaban orgullosos de haber enterrado los rencores en la transición a la democracia; que fue un movimiento impulsado y ejecutado por franquistas y comunistas principalmente. Los socialistas españoles estaban muy ocupados comprándose parkas, los 80 estaban a la vuelta de la esquina.

Da igual que los jóvenes hoy no sepan dónde está enterrado Franco. Algunos creen que fue un futbolista. Y La Pasionaria, una youtuber. Su tumba no había recibido tantas visitas y homenajes como estos meses en los que el Gobierno empezó a ventilar que había que sacarlo de ahí, poniendo en marcha la maquinaria de Estado propia de atender a una gran catástrofe humanitaria, a un estado de sitio, o de ganar unas elecciones.

Y con todo, no es solo una cortina de humo. Es cierto que mientras una parte radical de la izquierda se obceca en vano en ganar una guerra que perdieron hace casi un siglo, le presta poca atención a la economía, a las infraestructuras, o la política territorial. Pero hay más. Recordatorio: la primera consecuencia de la victoria franquista en la guerra del 36 fue que España se liberó de caer en brazos del comunismo soviético. De no haber sido así, hoy no habría ni socialistas en el parlamento -en el caso de que estuviera permitido parlar algo- y España sería un aliado tan fiable para Occidente como la Cuba de Castro. Eso también está en solfa cuando se intenta reescribir la historia a base de reencajar muertos como fichas del Tetris.

No vamos a sentirnos orgullosos de una guerra fratricida. Pero si removemos momias, habría que removerlas del todo y a todas, y eso podría convertir a España en una potencia mundial en Halloween, con la prosperidad de un cementerio, con la libertad de un alma en pena, con la salud democrática de un zombie, y con un fantasma al frente del Gobierno. En eso estaríamos igual. Como el PIB español antes y después de vandalizar la tumba de Franco por un puñado de votos.

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