Este mes de marzo mi hija Zoe cumplirá ocho años. Le haremos una pequeña fiesta con sus mejores amigas en nuestra casa en la isla. Sus mejores amigas son una niña española, una mexicana y una venezolana. Luego le haremos otra fiesta en las montañas nevadas de Colorado. Este año no iremos a Lima a festejar su cumpleaños.

Zoe vino al mundo en circunstancias más o menos complejas. Me había enamorado de su madre nada más conocerla un domingo por la noche, en los estudios del canal de televisión donde hacía un programa los domingos, a las diez de la noche, “El Francotirador”, lo que me obligaba a viajar a Lima todos los fines de semana. Me había mudado de Miami a Bogotá. Desde Bogotá hacía un programa de lunes a viernes, que se veía en toda América. Los sábados de madrugada volaba a Lima. Los domingos hacía el programa en Lima. Enseguida corría al aeropuerto y tomaba el vuelo de regreso a Bogotá. Así eran mis días hace nueve años, en febrero de 2010.

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Había conocido a Silvia, mi esposa, la madre de Zoe, dos años antes, a principios de 2008. Me había enamorado de una manera repentina, huracanada, inescapable. Ese año yo todavía vivía en Miami de lunes a viernes. Veía a Silvia los fines de semana en Lima. A veces venía a visitarme a Miami. No le gustaba ir a la universidad, se aburría, soñaba con ser una escritora. Éramos amantes apasionados los fines de semana, en un hotel de San Isidro, Lima. Luego yo corría al aeropuerto.

A mediados de 2010 cometí un gran error. Venció mi contrato con el canal periodístico colombiano. Me pagaban una fortuna por el programa de lunes a viernes. Me ofrecieron renovarlo por dos años. El programa era un éxito. Pero yo estaba cansado de viajar a Lima todos los fines de semana para hacer el programa los domingos, ver a mis hijas adolescentes y reunirme con Silvia, mi amante. Llevaba años, muchos años, viajando todas las semanas a Lima, desde Miami, desde Buenos Aires, desde Bogotá. Estaba harto de viajar.

Mi primera esposa se había mudado de regreso a Lima, con nuestras dos hijas, dejándome solo en Miami, allá por 1997, año en que nos divorciamos. Le rogué que se quedase en Miami con las niñas para que no se alejaran tanto de mí. No pude convencerla. Regresó a Lima, a la casa de su madre. Desde entonces, tuve que ir a Lima cada dos o tres semanas, todos los meses, sin falta, a ver a mis hijas. Y luego el programa de los domingos en Lima me obligó a ir no ya cada dos o tres semanas, sino todos los fines de semana. Es decir que llevaba muchos años viajando a Lima con una frecuencia excesiva, que minaba mi salud y embrollaba mi vida. Por eso decidí no renovar con el canal colombiano y mudarme del todo a Lima, a vivir en esa ciudad a tiempo completo. Pensé: quiero pasar un año entero sin tomar un avión, y la única manera de hacerlo es mudándome a Lima, pues allí están mis hijas, mi amante y mi programa los domingos: en consecuencia, me mudé a esa ciudad a mediados de 2010, en julio, en pleno mundial de fútbol. Mi plan era simple: pasar un año sin tomar un solo avión, estar cerca de mis hijas adolescentes, que asistían al colegio en Lima, y hacer el programa los domingos en vivo.

El dueño del canal colombiano me ofreció más dinero para quedarme en Bogotá de lunes a viernes. Decliné su propuesta. Me mudé a Lima. El dueño del canal peruano me propuso que, ya que estaría todo el tiempo en Lima, hiciera el programa no solo los domingos, sino también de lunes a viernes. Acepté. “El Francotirador” se vería ahora seis veces por semana en la televisión peruana.

Un mes después, en agosto, Silvia me dijo que estaba embarazada. Su madre y mi madre se contentaron muchísimo. Yo estaba en la gloria, en éxtasis. Se lo dije a mi ex esposa y a mis hijas. No se contentaron con la noticia.

Dos meses después, en octubre, el dueño del canal peruano, a pesar de que teníamos unos ratings buenísimos, me despidió. Se portó como un patán y un mastuerzo. No me permitió despedirme del público. Me sacó del aire de un día para otro. Lo hizo por la peor de las razones: porque un puñado de políticos poderosos (el presidente de turno, los dos candidatos presidenciales favoritos en las encuestas, una candidata desangelada, tantas veces derrotada) le exigieron que me guillotinase. El presidente, el jefe de la mafia, no toleraba mis críticas. Los candidatos presidenciales punteros en las encuestas (un ex presidente ladrón, un alcalde ladronzuelo) sabían que les daría dura batalla en las presidenciales a celebrarse el siguiente año. La candidata derrotada, que nació para perder, se hizo la doncella desflorada y me culpó de su fracaso, uno más. Años después, pactaría con el jefe de la mafia y sería su patética vicepresidenta, una debacle más en su carrera. Así las cosas, el dueño del canal me despidió no porque yo fuese un fracaso, sino porque tenía demasiado éxito, tanto éxito y poder que sus amigotes, los políticos mafiosos, ladrones, me temían y le exigían que me decapitase. Y el dueño del canal, otro zafio conspirador de toda la vida, que siempre usó el canal para sus agendas mercantilistas subalternas, apoyando dictadores golpistas y candidatos que negaban a sus hijas, me despidió.

En ese momento, mi novia embarazada, yo despedido, me arrepentí de no haber renovado con el canal colombiano. El dueño de ese canal me propuso que reanudase el programa enseguida. Pero eso implicaba mudarme a Bogotá, convencer a Silvia de mudarse a Bogotá, que nuestra hija naciera en Bogotá.

De pronto, y confirmando que soy un hombre con suerte, un canal de Miami, donde yo había presentado un programa todas las noches, con bastante éxito, me propuso volver. La oferta económica era espectacular, aun mejor que la colombiana, muy superior a lo que me pagaban en Lima. Le pregunté a Silvia si quería que nuestra bebé naciera en Lima o en Miami. Me dijo que prefería quedarse en Lima. Le dije que yo no podía quedarme en Lima, derrotado, sin trabajo: era una cuestión de honor seguir mi carrera de tantos años en televisión y no permitir que el grotesco empresario peruano y sus amigotes ladrones de la política me la manchasen de esa manera abyecta, ruin. Silvia me entendió y apoyó sin reservas.

Un mes después, en noviembre de 2010, comencé el programa en Miami, todas las noches, a las diez, en vivo. Ahora, 2019, seguimos saliendo todas las noches, a las nueve, en vivo. Ayer me dieron las planillas de ratings de febrero, el mes que acaba de concluir. Los dueños y gerentes del canal estaban eufóricos. Como nunca en la historia del canal, mi programa “Bayly” consiguió una proeza: ganarle a Telemundo y Univisión en todas las categorías de espectadores masculinos, en todas, tanto jóvenes, como no tan jóvenes, como edad madura, como tercera edad (Bayly 6.8; Telemundo 4.3; Univisión 2.9), y en los ratings generales, hombres y mujeres de todas las edades, quedar segundos, después de Telemundo, ganándole a Univisión (Telemundo 7.5, Mega 4.8, Univisión 4.6). Los números confirman que regresar a la televisión de Miami en noviembre de 2010, y no irme a Bogotá, fue un gran acierto. Aquí me quedo mientras me sonría la buena fortuna.

Lo que me lleva de regreso a Zoe y los ocho años que cumplirá este mes de marzo. Fue una gran decisión que naciera en Miami y no en Lima. Tiene, como sus hermanas mayores, que nacieron en Washington y en Miami, los dos pasaportes. Le gusta ir a Lima una vez al año, a ver a sus primos, pero ciertamente prefiere vivir en Miami, en esta isla que es ya su casa. Habla inglés con una fluidez, una musicalidad y una riqueza de palabras que me dejan admirado. Por supuesto, habla español perfectamente. Con sus amigas habla siempre en inglés. Con nosotros, salta de una lengua a otra con total naturalidad. Es, por cierto, muy habladora, a quién habrá salido. Es capaz de hablar una hora, dos horas, sin parar. Tiende al humor. Es una comediante natural. Es una youtuber sin canal de Youtube por el momento. Ve a muchas youtubers, todas en inglés, y aprende de ellas. Cuando viajamos, habla y habla con una pasión, una inventiva humorística y un poder retórico que me impresionan tanto. Si yo estoy manejando, y Silvia va guiándome, es Zoe quien toma la palabra y no hay manera de acallarla, comienza con uno de sus chiflados monólogos humorísticos y es un deleite, una gracia sin igual. Ha nacido para hablar, para hacer bromas, para reírse de todo. Es una humorista en toda la línea.

El momento más feliz del día es cuando regreso de correr. De inmediato, ella entra al baño conmigo y, mientras me afeito y me ducho, ella me habla y me habla, siempre en inglés, aunque a veces roza apenas el español. Me habla del colegio, de sus amigos, de los chicos a los que les gusta, de los chicos que a ella le gustan, de los temas que le inquietan, de los asuntos que capturan su curiosidad intelectual. Es fascinante escucharla. Yo solo asiento, la acompaño, la sigo en su apasionado soliloquio risueño. Ella necesita saber que la escucho, que la amo, que me río con sus bromas. No necesita conocer mi opinión, lo que necesita es saber que tengo la paciencia y el amor para escucharla, sin mandarla a callar egoístamente, sin decirle por favor, hijita, sal del baño y déjame tranquilo. Luego, mientras me visto, ella baila o hace contorsiones de gimnasia en el closet, un cuarto grandísimo, y yo la sigo celebrando con una mirada risueña. Todo en ella me asombra, me alucina, me maravilla. Es flaca, amorosa, lista, curiosa, buena, buenísima, de gran corazón. A veces me pregunta cosas de política. No ve mi programa, a esa hora duerme, pero aun si estuviera despierta, tampoco lo vería, ella tiene intereses mejores, superiores. De hecho, cuando vuelve del colegio, siempre tiene una actividad, cuando no dos: karate, piano, baile, actuación y un largo etcétera.

Mis enemigos en Lima dijeron que mi amor por Silvia no duraría. Dijeron que yo era un mal padre, que no quería a mis hijas mayores, que las había humillado al enamorarme de Silvia. Dijeron que moriría pronto de una sobredosis. Dijeron que mi carrera de televisión estaba terminada, que era un payaso, un bufón, un sicario, un mercenario. Dijeron que Zoe tenía mala suerte de ser mi hija.

Por lo visto, estaban equivocados. Estos años con Silvia, ya diez como amantes, he sido feliz, incalculablemente feliz, obscenamente feliz. A mis hijas mayores las adoro, les pagué sus universidades incluso cuando no querían verme, y ellas lo saben. A mi ex esposa prefiero no verla, me trae malos recuerdos, es mejor que ella se reúna con mi hermano, el ingeniero, que supo consolarla de sus desdichas desde que ella volvió a Lima. Estos ocho años ejerciendo mi paternidad sosegada, despojada de grandes conflictos existenciales, con la bella Zoe, han sido, a no dudarlo, los mejores de mi vida. No alcanzarían las palabras para agradecerle a Silvia por haberme hecho padre, por haber dado vida a Zoe. Mi destino hubiera sido incompleto si no hubiese conocido a Zoe Bayly Núñez del Arco. Zoe, yo nací para conocer la dicha de ser tu padre. Que los dioses te protejan y acompañen. Yo estaré siempre a tu lado, riéndome contigo.

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