No hay duda de que el cambio tiene un poder implícito casi subliminal, desde su propia etimología: sustituir una cosa por otra, partiendo de que todo cambio es mejor, especialmente cuando las actuales circunstancias no proporcionan satisfacción ni bienestar.

Un cambio político se relaciona con la transformación del sistema y sus componentes y los valores de esos cambios dependen de sus actores.

Así, el expresidente Barack Obama logró la Casa Blanca con lemas como “esta es la generación que producirá los cambios que Estados Unidos necesita” y su campaña estaba concebida como una cruzada reformista.

De igual manera, su predecesor Donald Trump consiguió ser presidente con ideas de cambio al statu quo.

Los cambios generalmente son percibidos como ventanas de oportunidad.

El problema es cuando el cambio se apoya en la personalidad carismática del líder y colisiona con promesas que no se pueden cumplir, como sostiene Moisés Naím, del fondo Carnegie Endowment for International Peace.

Si bien el populismo surge como término oficial en el siglo XIX, durante la época de la Rusia zarista, inspirado en movimientos agrarios, y luego en Estados Unidos tras las protestas rurales en contra de bancos y compañías ferroviarias, el término continúa siendo ambiguo.

Populismo, según la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es una tendencia política que pretende atraerse a las clases populares.

De manera peyorativa, esta tendencia política busca referirse a un gobierno o partido, cuya estrategia política se apoya en propuestas atractivas para el pueblo, pero tienen un componente manipulador y demagógico

Por su parte la palabra autoritarismo proviene del latín auctoritas, que significa poder legítimo y fundado en el sometimiento a la autoridad que ejerce el poder.

Una democracia puede derivar en autoritarismo cuando se sirve de los medios que proporciona el Estado para ejercer el poder de manera unilateral y represiva sin el consenso social, estableciendo leyes que cambian el acceso al poder.

Este año, 13 países latinoamericanos celebran elecciones, siete de ellos elegirán presidente, “lo que significa que es un año importante para la promoción de la democracia en la región”, dijo el ministro consejero estadounidense ante la OEA, Kevin Sullivan, durante un evento auspiciado por Freedom House sobre si la Organización de Estados Americanos está en condiciones de mantener la promesa democrática en la región y particularmente en Venezuela, Nicaragua o Cuba.

La respuesta del propio Secretario General de la OEA durante la 48a. Asamblea General en Washington es que “la OEA debe ser fuerza moral en la lucha por la democracia, el único sistema político en el que podemos ser dignos y libres a la vez”-, en los albores de una decisión histórica de suspender a Venezuela del Organismo, anulando así la decisión del Gobierno de Nicolás Maduro de tomar la iniciativa.

“La suspensión no es un objetivo en sí mismo pero demostraría que la OEA respalda sus palabras con acciones” - fue el argumento del secretario de Estado Mike Pompeo, cuando planteó el tema ante el foro hemisférico.

Y aunque Venezuela ha realizado interminables elecciones en 18 años de revolución chavista, existe abundante documentación que reconoce que procesos electorales solos no hacen democracia, pero sí hay una correlación entre valores democráticos y la importancia del voto.

“El ejercicio del voto en Venezuela es desde 1999 un derecho, no una obligación y la gente participa por convicción, por eso ¿Cómo preservamos este valor de la democracia venezolana, que todavía se mantiene en la sociedad y al mismo tiempo es desconocido por el Gobierno (de Nicolás Maduro) cuando no hace elecciones sino eventos electorales privando a los venezolanos de las vías para cambiar su destino?-se pregunta Carlos Correa, director de la organización no gubernamental Espacio Público en Venezuela.

Para Correa, Latinoamérica tiene el desafío de construir mecanismos reales y concretos que permitan una revisión efectiva y periódica, porque ningún país está inmune al peligro de perder la democracia.

“La región necesita replantearse esa tolerancia que ha exhibido ante la reelección indefinida, las sanciones gubernamentales a los medios, la falta de independencia de los poderes públicos y las modificaciones constitucionales sin las correspondientes garantías la Carta Interamericana Democrática, es un instrumento moral que no ha podido aplicarse, porque su músculo no ha funcionado”.

Por ahora, el reto de la OEA continúa.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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