viernes 1  de  mayo 2026
OPINIÓN

Sexta carta a Marco Rubio

No le pido milagros, Secretario. Solo celeridad, claridad y, si es posible, un poco de sentido del humor

Estimado y respetado Secretario de Estado:

Le escribo con la urgencia de quien ve crecer una epidemia rara: la proliferación de presidenciables por metro cuadrado. En Cuba, donde durante décadas la política fue un deporte de un solo competidor y sin cronómetro, hemos pasado, de golpe y porrazo, a una suerte de maratón imaginaria en la que todos corren… sin pista, sin árbitro y, sobre todo, sin meta visible. Ni contarle lo del exilio, la fiebre sobrepasa y revienta termómetros.

Le ruego, pues, que se apresure. No por usted, ni siquiera por la geopolítica hemisférica —esa señora siempre tan bien peinada—, sino por una cuestión de salud pública: si esto sigue así, habrá más aspirantes a la presidencia que gotas de agua en el mar que rodea la isla. Y ya sabemos que el Caribe no es precisamente parco en agua.

La última señal de alarma me llegó en forma de artículo: el presidente salvadoreño, Nayib Bukele, insinuando —con esa mezcla de audacia y marketing político que lo caracteriza— la posibilidad de encabezar durante tres años un gobierno de transición en Cuba. Tres años, Secretario. Ni uno más, ni uno menos. Lo justo para inaugurar, cortar cintas, prometer WiFi en cada palma real y, si queda tiempo, organizar un par de referendos con filtros de Instagram, devolver la esperanza del gas licuado, y del fin de las tinieblas.

La reacción oficial no se hizo esperar. Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, un Bruno Rodríguez en modo marioneta volcánica —pero de lava fría— protestó con el fervor de quien defiende una finca heredada, aunque la casa lleve décadas sin techo. Su indignación fue tan meticulosamente administrada que casi parecía coreografiada: ceño fruncido, verbo inflamado, soberanía en oferta especial. Todo muy en línea con la tradición: negar la fiesta, pero no apagar la música. Bajar el volumen de los que sigan oponiéndose, como ya nos prometieron desde lo vinculante vinculado.

Mientras tanto, en la calle —esa institución sin edificio ni presupuesto— la imaginación política se desborda. Hay quien se ve presidente por vocación, otros por desesperación, y no faltan los que lo son por puro aburrimiento. Porque, admitámoslo, cuando la realidad no ofrece salidas, la fantasía abre avenidas. Y en esa avenida caben todos: el reformista con PowerPoint, el nostálgico con discursos de 1959 plastificados, el tecnócrata con plan quinquenal reciclado, el influencer con promesas en 280 caracteres, las arrebatadas por ser, no sé, algo tan sencillo como presidente.

No es que haya talento para regalar -el talento y el patriotismo es lo de menos para ellos; es que sobra ansiedad. La incertidumbre —esa majomía pegajosa que no se despega ni con ron— ha convertido la política en un espejo de feria: cada cual se mira y se ve más alto, más firme, más hermoso, más presidenciable. El problema, claro, es que los espejos de feria no construyen instituciones; apenas deforman expectativas.

Por eso le invoco, con la solemnidad que permite la sátira: no demore un minuto más. No vaya a ser que, en esta espera indefinida, la frustración colectiva termine pasando factura por donde más duele. Ya hay demasiada gente viviendo en una sala de espera sin puertas, mirando un reloj que no avanza y escuchando anuncios que nunca llaman su nombre.

Y cuando —porque siempre hay un “cuando”— la presión encuentre una válvula, ya sabemos a quiénes señalarán los dedos: a usted, a su oficina, a la constelación entera de decisiones y omisiones que, desde lejos, parecen simples y desde cerca son un laberinto. También caerá, por supuesto, la sombra sobre Trump, ese comodín explicativo que sirve tanto para un roto como para un descosido.

No le pido milagros, Secretario. Solo celeridad, claridad y, si es posible, un poco de sentido del humor. Porque si algo nos ha enseñado esta isla es que la risa, bien administrada, puede ser más subversiva que cualquier consigna. O no. Oh, Damocles y su espada.

Apresúrese, entonces. No por la historia —que siempre llega tarde—, sino por el presente, que ya está demasiado lleno de candidatos… y demasiado vacío de certezas. ¡Hágalo, por Orwell!

Atentamente,

Una cronista en estado de ironía permanente. Sin presidente no hay país, digo, sin libertad. Ay, se me olvidaba esa minucia.

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