Gerardo Hernández Nordelo, el presidente de los comités de defensa de la revolución y quien cumpliera dieciséis años de prisión por espiar en los Estados Unidos, ha dado unas declaraciones que pudieran ser clasificadas como un parteaguas en el discurso político oficial del régimen de La Habana.
El integrante de la alta jerarquía de la dictadura no dudó en vaticinar una derrota total para las fuerzas armadas cubanas si en algún momento tienen que enfrentarse a las tropas de desembarco de los Estados Unidos.
En un arranque de objetividad, el exespía dijo que no hay forma de ganarle al ejército más poderoso del mundo y que tampoco podrían evitar que las fuerzas “yumas” terminen ocupando todo el país.
Hace falta que este video con las declaraciones del espía Gerardo le sea presentado a los tontos útiles del régimen que navegan por las redes presumiendo de la fuerza militar cubana y asegurando que derrotarán al yanqui que ose llegar a sus costas.
Están entrenando como carne de cañón cuando ni sus propios jefes cuentan con esa supuesta victoria.
Pero no nos equivoquemos, el discurso del oficialista no es totalmente derrotista: de inmediato, y como segunda línea, el espía Gerardo amenaza a los Estados Unidos con que lo peor vendrá el día después, porque según él, no habrá forma de que los ocupantes puedan controlar el territorio.
Gerardo se toma su tiempo para amenazar con una rebelión clandestina en todo el país, como si tuvieran el mecanismo engrasado para que, de inmediato, se activen unas especies de guerrillas urbanas que harán imposible la vida del ocupante, con ataques constantes, que no terminaran hasta que se vean obligados a abandonar la isla, con todo y su armamento de última generación.
Este discurso de segundo round no está dirigido al pueblo cubano, más bien intenta, sobre todas las cosas, calar en la administración estadounidense.
Debemos entender que no es una ocurrencia del espía llegar a este razonamiento, ni un libretazo de su parte dar semejante opinión en público. Esto tiene a la inteligencia cubana detrás y lo que pretenden es moverle ante la cara de la administración Trump el fantasma de Afganistán, Irak y antes el de Vietnam, como prueba de los descalabros que las ocupaciones de estos países generaron para las administraciones perecederas.
Pero apostar por la ocupación del territorio cubano por fuerzas norteamericanas no es una historia actualizada, ni el derrotero obligado para después de una operación militar contra el régimen de La Habana.
Para empezar, las operaciones militares en Granada, Panamá y Venezuela demuestran que la capacidad quirúrgica de un golpe de manos por parte de las fuerzas elites de los Estados Unidos permiten derrocar regímenes sin ocupaciones posteriores de territorios. Una variable que pudiera perfectamente aplicarse a la realidad cubana.
Por otra parte, la mayoría de los cubanos apuesta por el derrocamiento del régimen a como dé lugar, así lo demuestra la encuesta independiente que por los últimos días ha circulado en todas las redes sociales y en las que más del 90% de los participantes son cubanos dentro de la isla.
Es casi imposible que el régimen consiga subordinar a una operación clandestina a los cubanos de a pie, los comunistas están incluyendo en la lista de los combatientes a los mismos que aplaudirán su salida del poder.
De seguro ni ellos mismos se creen el cuento de que los miles de firmantes de las cartas recientes de compromiso con la lucha sean en realidad cubanos revolucionarios.
Por otra parte, en Irak y Afganistán fueron fuerzas foráneas y terroristas las que protagonizaron los enfrentamientos. Se aprovecharon de las fronteras porosas y el desorden de los países vecinos para colar las armas, las células terroristas y los soldados de diferentes facciones. Algo que Cuba, con su condición de isla, no tiene ni puede garantizar. Están bloqueados por naturaleza.
En el caso de Vietnam la frontera con China permitió el paso por el norte comunista de los suministros militares y viáticos garantizados por la entonces poderosa Union Soviética. Imposible esa ecuación en la actualidad. La Habana no cuenta con un régimen nodriza dispuesto a jugárselo todo por ganarle la batalla a Díaz-Canel.
Ni siquiera Rusia y China se arriesgarían a venir en ayuda del régimen.
El escenario se ha tornado difícil para el clan Castro, con su manifiesta incapacidad para resolver los problemas elementales del país como recoger la basura de las calles o garantizar un suministro básico de agua potable a la población, para no mencionar los cortes de electricidad y la falta de medicinas.
¿Cabe en la cabeza de alguien suponer que un cubano sometido a estas ignominias esté dispuesto a enfrentar a los estadounidenses para que regresen Díaz-Canel y Gerardo Hernández al poder?
Inclusive los fanáticos que siguen incondicionalmente los mandatos de Raúl Castro tienen familia, y lo pensarán dos veces antes de atentar contra el cambio que puede significar la desaparición de la dictadura.
Gerardo Hernández más bien debe pensar dónde esconderse o cómo escapar de la isla el “día después” o en los días previos, porque de seguro lo saldrán a buscar, para que responda de los desmanes en que ha participado, de la debacle que apoyó en cada uno de sus discursos absurdos de los últimos tiempos.
Aunque experiencia tras las rejas es lo que le sobra.
Una amiga en Cuba, con quien converso con cierta periodicidad, insiste en invitar a los comunistas a que le toquen la puerta de su vecina, “la madre de los jimaguas”, me dice; como si yo los conociera, “que le digan a ella que tiene que agarrar un fusil para defender a Díaz-Canel, que te voy a hacer un cuento”.