viernes 20  de  marzo 2026
OPINIÓN

Silvio, el esclavo

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

Silvio Rodríguez, reconocido cantautor cubano y uno de los máximos exponentes de la Nueva Trova -que no es más que una mala copia de la Vieja Trova-, ha sido protagonista de múltiples episodios polémicos y simbólicos a lo largo de su carrera. Entre ellos, destaca la célebre frase soltada hace poco en la que alardea de enfrentar a los norteamericanos con un fusil AKM si se atreviesen a invadir la isla -no lo hizo cuando la invadieron durante treinta años los soviéticos, pero esa es otra historia-, en un gesto que ha generado numerosos debates en las redes sociales (ya sabemos lo que son esos debates), acerca de su significado político y personal.

Nacido en San Antonio de los Baños, Cuba, en 1946, el anciano Silvio Rodríguez se consolidó desde su juventud como un referente de la música iberoamericana por su capacidad lírica y compromiso revolucionario; o sea, después de haber sido cuestionado y perseguido por el régimen en los años sesenta decidió plegarse y someterse a las botas del militarismo sovietizante -no fue el único que lo hizo. Desde sus inicios, su obra ha estado marcada por su adhesión a la revolución castrista, ese producto de marketing creado por Fidel Castro tan bien vendido y comprado por numerosos comemierdas en el mundo entero, reflejando en sus letras tanto las esperanzas como las contradicciones de su generación. Por cierto, ha plagiado a José Martí por un tubo y siete llaves, pero él dirá que lo ha inspirado, sin contar que imitó a Bob Dylan, en un país donde nos prohibieron.

La frase de Silvio Rodríguez en la que anuncia que tomará un fusil AKM tratando de recuperar esa imagen del artista revolucionario tan demodé, me ha hecho el fin de semana, me he reído a montones revolcada por el suelo. El AKM, arma emblemática de los ejércitos comunistas, simboliza la defensa de la revolución devenida narcoguerrilla y la implicación del artista en la imbecilidad guerrerista política de su país. Con esos AKM han ejecutado a miles de jóvenes cubanos, sudamericanos, y africanos – en la bandera comunista de Angola aparece un AKM. Para muchos, esta imagen representa la imagen más decadente de la entrega de Silvio al terrorismo ideológico. Y ha sido objeto de críticas, considerando que un artista debería mantener cierta distancia respecto al poder y la violencia. Lo que Silvio jamás hizo ni hará, come de eso, y se ha enriquecido con eso.

La imagen se ha interpretado de diversas maneras. Para algunos, es una muestra de autenticidad y coherencia ideológica; para otros, un gesto de propaganda o incluso otra concesión al régimen que exilió a su primera esposa, a la que él impidió que se llevara a su hija pequeña a Miami, pero que ahora vive en Miami con sus nietos. En cualquier caso, el "alarde de AKM" sintetiza el dilema constante de Silvio: ser portavoz de las comepingancias castristas mientras busca mantener una cuestionable autonomía artística con su flamante estudio de grabación en La Habana, sabiendo que si no se reafirma de esa manera tan abúlicamente terrorista el régimen le tumbará el negocio.

El apodo de "Silvio, el esclavo" surge de la percepción de que el cantautor ha estado, en cierta medida, atado a los designios del poder político cubano, y de que uno de sus hijos, rapero, se hizo llamar Silvito, el Libre, y él mismo en una canción se autodefine como El Necio, pues todavía dice creer en esa canosa revolución con furúnculos en salva sea la parte. Sus canciones, aunque cargadas otrora de poesía y a veces interpretadas erróneamente como de crítica sutil, rara vez se han posicionado abiertamente en contra del régimen. Esta dualidad le ha permitido sobrevivir en un entorno político restrictivo, aunque con todas las ventajas de un millonario, pero también le ha ganado la crítica de quienes consideran que su compromiso con la revolución ha limitado su libertad expresiva. Es un cantante protesta que sólo protesta contra otras dictaduras, menos contra la que sufre su país desde hace sesenta y siete años.

La esclavitud a la que se alude no es sólo física, sino también simbólica: la peor, la de la servidumbre del artista ante la causa que abrazó en su juventud, y de la que parece no poder desprenderse. Silvio, en sus propias entrevistas y letras, ha reconocido el peso de la responsabilidad y la dificultad de mantenerse fiel a sí mismo en un contexto de polarización y extremismos políticos, que le costaron la cárcel a muchos de sus amigos; como al poeta Raúl Rivero, que cuando fue apresado durante dos años, Silvio no se atrevió a defenderlo ni siquiera a mencionarlo. Se olvidó olímpicamente de él.

La figura de Silvio Rodríguez sigue siendo objeto de controversia, y ya no tanto de admiración; ha perdido a su público joven en Cuba, nadie tararea sus canciones, cosa que él detestaba durante sus conciertos. Siempre fue un tipo huraño, celoso de sus compañeros artísticos de ruta, de Mike Porcell , arrollador trovador de los años setenta lo chivateó,y en 1980 le organizó un mitin de repudio en el que “susurró” consignas insultantes en contra de Porcell (quien lo ha perdonado), de Pablo Milanés, celoso de Compay Segundo y de su éxito mundial, celoso de los jóvenes reparteros ahora. Para muchos cubanos y seguidores internacionales, su música fue sinónimo de esperanza, resistencia y rareza estrambótica, tal vez poética, aunque cada vez menos. Para otros, su imagen con el AKM y su aparente servidumbre política desmerecen lo que antaño significó su arte.

Conocí a Silvio Rodríguez en los años ochenta, tenía mujeres a montones detrás de él, y él también perseguía e introducía en su casa a las jóvenes incautas ávidas de vivir el romance con el poeta. Poseo una foto de grupo en la que él aparece en la casa de un promotor cultural -sin cultura-, en el Vedado, allí aquella tarde se reunieron varias de sus amantes: la sobrina del promotor, la actriz Beatriz Valdés, una fotógrafa casada, y una chilena arquitecta que trabajaba en el museo de La Habana llamada Juanita, hija de un guerrillero, comunista a matarse. Aunque de una generación menor, sentí admiración por Silvio, era de las pocas ventanas libres que se abrieron para mi juventud; sin embargo, dejé de apreciarlo en cuanto observé su infame posición ante las injusticias por parte del castrismo, sumándose a éstas.

Tras la publicación de mi novela ‘La nada cotidiana’, que se tradujo a más de 45 idiomas, Silvio, otra vez celoso del éxito de los demás, convocó a una manifestación en el Malecón, y se refirió a mí como la Nada Baldía. Hoy más que nunca, el viejo disociado de la realidad del cubano de a pie, Silvio Rodríguez, no sólo es más esclavo y necio que nunca, es pura nada baldía, por no añadir que se le perdió un unicornio azul, que finalmente confundió con un abyecto mojón verde olivo.

En definitiva, el "alarde de AKM" y el mote de "Silvio, el esclavo" son dos caras de una misma moneda: el eterno conflicto entre arte y poder, entre libertad creativa y compromiso político. Silvio Rodríguez, lejos de ser un personaje simple, encarna las contradicciones de una generación y de un país, convirtiéndose en símbolo del poder y de su deterioro, falso e inmoral testigo de la historia cubana contemporánea.

La vida y obra de Silvio Rodríguez reflejan los desafíos de ser artista en una sociedad profundamente marcada por la ideología y la censura. Agacharse y ocultarse a la sombra de la esclavitud política, son elementos que han definido su camino: el de mísero rabo extraviado en su nube equivocada de un rojo polvoriento. Al final, Silvio se ha definido como un miserable armado contra jóvenes cubanos y norteamericanos. Un militarucho castrista más. Si se cagó todo cuando Raúl Castro le metió la presión por caerle detrás a su hija Mariela, no le doy ni un segundo frente un marine cubanoamericano.

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