Un evento de extraordinaria importancia ha ocurrido en semanas recientes. Un pueblo ha ejercido su soberanía en libertad, reeligiendo su presidente entre diferentes opciones en una elección multipartidista. Un pueblo compuesto por 28 millones de personas, dentro de un clima de paz, prosperidad y respeto al derecho ajeno, ha determinado su futuro desde el civismo y el uso de la razón. Lo han hecho a pesar de las enormes presiones vertidas en su contra por un gigante totalitario de 1.4 mil millones de personas, que usa su fuerza económica en el mundo para imponer sus políticas represivas y restrictivas.

Lo extraordinario, sin embargo, no es tanto el que un pueblo ejerza su soberanía y escoja lo que entiende mejor para sí mismo, ya que este debería ser el estado natural de las cosas, si no que existan aquellas naciones supuestamente libres en el siglo XXI, que por miedo o por conveniencia, ignoren este hecho. Uno de los grandes temas de definición en el mundo en estos momentos es el tema de la República de China en Taiwán.

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Un pueblo cuya contribución al mundo en el campo de la tecnología, de la ciencia, de la cultura y del comercio es innegable. Un pueblo que donde quiera que ha sido bienvenido ha brindado estímulo a la vida y potenciado el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, éste es también un pueblo que por su soberana decisión de no perder sus libertades, de no querer ser comunista, enfrenta hoy un acoso mundial por parte de la República Popular China. La dictadura china usa su poder para exigir no solamente reconocimiento para sí misma, para tapar su terrible historial de violación de los derechos humanos, si no también para procurar el rompimiento de relaciones con Taiwán.

Tan amplia es la abundancia material que genera el estado de derecho de la democracia, tan rico es el fruto del ejercicio de la libertad, que muchos se olvidan que ésta siempre tiene un costo y que siempre cuenta con enemigos. La defensa de la libertad en cualquier parte del planeta es indispensable para la preservación de la libertad en todo rincón del planeta.

El pueblo de Taiwán jamás ha sido gobernado por la República Popular China. Taiwán tiene ya una larga y exitosa vida en republicanidad y respeto a los derechos humanos, es de facto, una de las principales democracias asiáticas. ¿Por qué entonces no reconocerlo? ¿Por qué no apoyarlo y animarlo en su pacífica cultura civilista? ¿Por qué ceder ante los totalitarios chinos?

¿No nos damos cuenta que al hacer esto le comunicamos a la República Popular China que estas reglas de juego son aceptables? ¿Qué permitirle a la RPC determinar la política exterior de un país es cederle la soberanía de ese país? En tiempos recientes, una serie de países latinoamericanos han roto con Taiwán. En todo y cada uno de ellos Taiwán dejó una estela positiva de proyectos de desarrollo y crecimiento, de abundancia generada por tecnología compartida sin ningún otro fin que no fuese el bien común. Al desconocer el derecho a la libertad de Taiwán se desconoce el derecho propio. En un mundo globalizado el totalitarismo se puede regar más rápidamente y con mayores estragos que el corona virus si no se levantan defensas morales ante el mismo. Taiwán es una de esas definiciones medulares. Hay que reconocerlo y respaldarlo.

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