Ciertamente, si no fuese porque destruyó toda la estructura de modernización alcanzada por el país durante el medio siglo previo a 1999, la mal llamada revolución bolivariana, suerte de sincretismo ideológico trasnochado con odios intestinos, estarían aplaudiéndola tirios y troyanos, no sólo los mercaderes de adentro y los de afuera, tributarios de un cesarismo dilapidador o a quienes mucho les molestan los controles de una democracia en serio.
Salvando las distancias, la cuestión actual evoca a Antonio Guzmán Blanco, que aconsejado por el emisario de Estados Unidos en Caracas, el ministro Jehú Baker, en cuanto a que su nación “se hallaría dispuesta a proponerle al gobierno de Gran Bretaña el arbitraje de una tercera potencia” para resolver el entuerto de entonces sobre el Esequibo, en el año sucesivo, en 1883, le entrega a Horacio Hamilton y Jorge A. Philips la explotación del lago de asfalto de Guanoco, en el actual Estado Sucre. Han transcurrido 143 años y nos encontramos en el mismo sitio, ahora en manos de la Corte Internacional de Justicia.
Si ponemos de lado a las golondrinas del contemporáneo tráfico global de los negocios deslocalizados – mientras cursa una guerra económica entre USA y el Oriente, bajo la modalidad de guerra mundial de tercera o cuarta generación – ninguna empresa norteamericana seria, tampoco extranjera, invertiría en su propio territorio de no contar con lo que tiene, una sólida democracia y una Justicia que sólo las relaja el narcisismo digital junto a los crecientes enconos partidarios. Pero eso se olvida o se invierte como prioridad estratégica a propósito de Venezuela luego de la extracción de Nicolás Maduro y de Cilia Flores; y he allí la desconfianza que crece entre los venezolanos, luego de haber celebrado el evento y el sometimiento de aquellos a la jurisdicción federal de Nueva York, el pasado 3 de enero.
Pero Maduro y Cilia, a diferencia de los Rodríguez, más allá de que los primeros – como lo dicta la experiencia – en tanto que fieles discípulos de La Habana conjugaban los términos revolución con el tráfico internacional de drogas, éstos se amamantan en las fuentes del odio, del cinismo y de la venganza. ¿Son más confiables? Preguntamos.
Jorge, psiquiatra, manipulador de las emociones, con la frialdad de un sepulturero – señalados él y su hermana en los Informes de las Misiones Independientes de la ONU sobre crímenes de lesa humanidad – le ha pedido recién a los venezolanos, después de violarlos y, justamente, para vengarse, que superen el trauma, que lo perdonen, y que regresen a Venezuela. ¿Pero qué dices?
No abundaremos sobre lo que hemos escrito en circunstancia similar a la que anima esta crónica, como la presencia de una evidente separación de perspectivas entre el norte y el sur americanos – dejemos aparte los complejos coloniales. Ocurre en las Américas y como parte fundamental de Occidente, y como civilización, un choque consigo misma y no con las demás civilizaciones del mundo como lo predicara Huntington. El puritanismo calvinista, la semilla de los cuáqueros, que apunta a una suerte de capitalismo ético donde la rentabilidad se considera el medio para lograr propósitos superiores y el bienestar social, antagoniza con la prioridad católica y cristiana; esa que abonó en las tierras venezolanas de manos de los españoles y sus órdenes mendicantes, promotoras del ser. Sin paga – salvo la que más tarde hubo de hacerse para reclutar ingleses mercenarios que ayudasen a Venezuela en su empresa de independencia – colombianos y venezolanos regaron de libertad a las naciones hasta donde llegaron sus espadas. Más tarde o más luego, sí, los hombres de espada se hicieron de los bienes de los españoles y canarios que abandonaran el territorio nuestro, forjándose así las primeras generaciones de ricos hacendados. Luego los metió en cintura el general Juan Vicente Gómez, durante las primeras tres décadas del siglo XX.
Pero como la cuestión que nos ocupa es la de la paciencia, aquí sí, cabe observar que la Biblia señala que la prueba de la fe produce paciencia (Santiago 1:3-6). Es la certeza de que Dios cumple sus promesas, incluso en las circunstancias más adversas. Y la fe, no se olvide, es confianza inquebrantable. De donde cabe otra pregunta al pedírsenos paciencia a los venezolanos, ¿se la está pidiendo Estados Unidos a los políticos que medran en el Pent House de la república y aspiran a cuotas o mendrugos de poder, o se la aconsejan a los venezolanos, al pueblo llano, a la nación dispersa y en diáspora, anhelante de su vuelta a la patria y cuyo mandato del 28 de julio ha visto despreciado, por aquél y por éstos?
Si se trata de auscultar el grado mayor o menor de confianza del país, en el futuro que otros hoy le diseñan, ¿podrá alcanzarse ese propósito de manos de quienes carecen de total sintonía con la misma nación y han sido sus feroces verdugos? ¿Acaso, para asegurarse una real estabilidad y paz – que no sea la del miedo o la represión selectiva – puede prescindirse de la opinión de quienes han recibido la confianza reciente y abrumadora de los venezolanos? Me refiero, claramente, al presidente electo, Edmundo González Urrutia, y a la líder indiscutible del país, María Corina Machado.
Y dejemos atrás, por lo pronto, una ejemplaridad que se olvida u omite, como la del comportamiento de Estados Unidos tras las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Creyó resolver, sin más y erró, al término de la Primera, con inversiones y préstamos masivos de su banca privada a los europeos, combinados con una política de protección comercial (aranceles) que dificultó el pago de las deudas; mientras las sanciones humillantes al pueblo alemán no hicieron sino reunificarlo tras el mal absoluto del nacionalsocialismo. Y al concluir la segunda, instalado el Plan Marshall, enhorabuena contaba Europa con liderazgos morales y orientadores, como Adenauer, De Gaulle, Schumman, De Gasperi. A tiempo alertaron sobre lo que ahora demandan sensatamente los venezolanos, una apertura económica con libertad, pero bajo las garantías previas de un Estado constitucional y democrático de Derecho.
Sin confianza no habrá democracia
Lo que nos enseña el largo período de deconstrucción cultural, social y política vivido por los occidentales a partir de 1989, desde la apertura de la puerta de Brandemburgo que junta a los alemanes de oriente con los de occidente – habremos de hacer lo mismo los venezolanos de adentro con los de afuera – es que lo perdido, y lo que precede a la reconstitución política y de la Justicia para la garantía de una libertad cierta y no fingida, es, nada más y nada menos que la confianza. Ante la política de redes y su forma extraña de ciudadanía al detal, negada a la otredad, han desaparecido los liderazgos de orientación, los han ahogado los “influencer”. Lo que es más grave, ante la división y la pulverización social – esa que atizan a fondo los hermanos Rodríguez oponiendo credos y razas en un país de tradición mestiza e identidad libertaria, acompañados por los marqueses de Casa León, la visión de país compartida, la legitimidad, han sido vapuleadas.
He aquí, otra vez, lo que no se entiende desde la acera de la política tradicional y partidaria, tanto norteamericana como venezolana, y es que en los ambientes sociales de incertidumbre y severa orfandad, únicamente se puede recomponer a partir del afecto, alejando a los artesanos del odio y sus enconos. “Todo lo que hemos hecho durante estos largos años ha sido prepararnos para un momento de reencuentro”, sostiene, en banda distinta y enhorabuena, Machado, desarraigando la narrativa pugnaz del embrujo bolivariano y la de sus áulicos.
En nuestro texto leído ante la Academia de Mérida, en 2022 e intitulado "La conciencia de nación. Reconstrucción de las raíces venezolanas", replico lo contado en otra oportunidad por el muy entrañable y admirado amigo Luis Ugalde, sacerdote jesuita, al momento de describir el hilo del afecto que apaga toda saña cainita, sobre su significado crucial y su necesaria localidad.
“Aquí aparece una gran deuda mía, el caserío vasco, que no es una simple construcción de piedra sin corazón y sin fuego de hogar. Ahí están mis raíces vividas desde niño en los años duros de la fratricida e incivil guerra y posguerra española… La economía del caserío vasco era una suma de muchos pocos para lograr la subsistencia con el trabajo de toda la familia… Ningún trabajo me fue ajeno… En ese caserío de corazón y de fuego aprendí a no rendirme ante las dificultades, sino vencerlas con trabajo y tenacidad… Por eso, en esta rendición de cuentas hoy, confieso que todo lo debo a mis raíces plantadas en el caserío de Moiua Torre de familia extendida, de 8 hermanos, padres y abuelos, y varios tíos…”, cuenta Ugalde.
Pierre Rosanvallon (Les institutions invisibles, Paris, 2024), agudo estudioso de las cuestiones democráticas desde su acera intelectual de izquierda democrática considera, apropiadamente, que los preocupados por el destino que ahora cerca a los viejos Estados y más empeñados en reconstruirlos, se han olvidado las instituciones que llama invisibles, tan reales como el viento y la respiración. Son esas instituciones las únicas procuradoras de la genuina libertad.
Si la deslocalización y la atemporalidad habrán de ser las dominantes en el plano de lo universal, tal como lo enseña la escolástica a fin de que esos universales puedan sostenerse, su contrapartida serán las localidades como experimentos particulares perfectibles. ¿Implicará esto el tránsito desde un Derecho internacional de los Estados hacia otro en el que habrán de coexistir una suerte de Derecho estatal global en equilibrio con otro Derecho de las localidades globalizadas? No lo sabemos. Vivimos el parto.
Lo constatable, por lo pronto, es que se han destruido y cabe restablecer, antes que todo y de cualquier intento constituyente o reconstituyente, como elementos o principios ordenadores de la paz en libertad: el de la confianza y el afecto, claves para la viabilidad de toda asociación humana y extrañas a los criterios económicos de la seguridad o la protección de riesgos a través de pólizas de seguro; el rescate de la auctoritas o de las referencias morales orientadoras de toda asociación cultural o política, económica o comercial, pues concitan identidad y no la refracción de la autoridad formal o legal, la del poder constituido o la de los oficiantes de la política electoral; finalmente, la de la legitimidad, que se ha extraviado por falta de una visión compartida y de futuro, la de la gente, no las de las élites representativas ni la de quienes, arguyendo la participación ciudadana abrogaron en Venezuela toda idea de dignidad humana.
Sugiere Rosanvallon con urgencia – lo hemos adelantado en otra oportunidad y nos repetimos ahora – y para conjurar la incertidumbre de los egoísmos, la deliberación democrática. Es la que permite formar visiones comunes mínimas y no se contenta con elegir una opinión, siempre coyuntural o emocional, para imponerla mediante mayorías y transformarla, equivocadamente, en voluntad general y soberana. Sin nación, a fin de cuentas, no habrá estabilidad económica, menos república. Sólo la democracia genuina y como forma de vida asegura la paz y el bienestar. Eso se demostró en Venezuela entre 1959 y 1999.