No le tomó mucho tiempo a Donald Trump descubrir los poderes que tiene a su disposición como presidente de los Estados Unidos, pues en un período de siete días, lanzó una advertencia de acciones unilaterales a Corea del Norte y ordenó un ataque contra Siria.

Las administraciones estadounidenses suelen definirse sobre la base de las posiciones que asume la Casa Blanca, en momentos de crisis internacionales.

El expresidente Barack Obama, por ejemplo, siempre será recordado por su cautela para activar el extraordinario poderío militar estadounidense.

Trump, por su parte, al menos al principio, dijo que su atención estaría en Estados Unidos primero y que no era partidario de involucrar a los militares en nuevas misiones internacionales, esperando en cambio que otros países asumieran la responsabilidad ante los desafíos de seguridad.

Sin embargo, no fueron sólo las advertencias de sus generales, las responsables de que Trump cambiara de opinión. En Siria, las dramáticas escenas de niños víctimas del ataque químico en la ciudad de Idlib, controlada por los rebeldes, lo persuadieron para castigar al presidente Bashar al-Assad.

Trump debe haber calculado que autorizar al Pentágono para lanzar 59 cohetes Tomahawks a una base aérea siria tendría otras consecuencias: una señal para el mundo de que es un presidente listo para hacer uso de las ventajas que Estados Unidos posee como superpotencia militar.

Este es un momento significativo en la administración Trump que, hasta ahora, había estado marcada por la confusión, la incertidumbre, las divisiones internas entre los asesores de la Casa Blanca y los contratiempos políticos por el bloqueo a muchas de las promesas electorales.

En cambio, ahora se respira un nuevo estado de ánimo en Washington.

Todavía hay incertidumbre sobre el liderazgo de Trump, y no sólo entre los demócratas, pero el ataque a Siria dejó claro, que un hombre de negocios de larga data, tiene igualmente la capacidad y el instinto necesarios para tomar decisiones rápidas en momentos cruciales.

Tal vez la mayor sorpresa fue para Moscú, pues aunque el presidente Vladimir Putin parecía satisfecho por el triunfo electoral de Trump, ahora hay un cambio dramático en escenario bilateral.

Todas las esperanzas de una cálida relación entre Washington y Moscú cambiaron cuando los primeros misiles golpearon la base aérea siria, desde donde despegó el avión sirio armado con bombas químicas. En todo caso, el viaje del secretario de Estado Rex Tillerson a Rusia promete sentar las bases de un nuevo entente.

Ahora, el líder ruso tendrá que considerar si trabaja con Trump o se vuelve contra él, pero de cualquier manera ya no se sentirá tan confiado o desafiante para lanzar una nueva agresión militar en Ucrania, autorizar misiones encubiertas en los países bálticos de Estonia, Lituania y Letonia o defender sus acciones en Siria.

Trump es un líder impredecible, y eso hará que Putin en Rusia, Kim Jong-un en Corea del Norte o Xi Jinping en China piensen mejor las decisiones antes de provocar situaciones que atenten en contra de los intereses estadounidenses.

En ese sentido, el ataque a la base aérea siria ha sido un buen momento para Trump. Su presidencia ha marcado un nuevo hito en las relaciones internacionales y Europa, que era escéptica sobre tenerlo como aliado en la Casa Blanca, apoyó su acción militar en Siria. La decisión de Trump unió a los aliados de Estados Unidos por primera vez desde que asumió la presidencia de la nación.

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