La pugna entre la verdad y la política no es nueva, bien lo decía una de las personalidades más influyentes del siglo XX, la filósofa Hannah Arendt, quien consideraba la mentira como algo inherente al ámbito público y apuntaba a la sospecha de que la verdad y la política se encuentran generalmente a las antípodas.

Según Arendt, la mentira se convierte en un elemento destructor que violenta las conciencias y es muy habitual no solo en regímenes totalitarios, sino también en el llamado mundo libre de las democracias modernas. En ellas se produce una imposición ideológica que falsea la realidad para justificar ciertas tomas de decisiones y por consiguiente, una política desligada de la verdad, corrompe desde adentro y termina convirtiendo al Estado en una maquinaria que destruye el Derecho.

Las mentiras han formado parte de la política en todo el mundo, desde siempre, y los políticos mienten porque su principal objetivo es llegar al poder.

El presidente Donald Trump, por ejemplo, llegó a la Casa Blanca gracias a la promesa de fijar distancias sobre la forma de hacer política en Washington, prometiendo que iría contra el status quo bajo la premisa de “drenar el pantano”.

Sin embargo, Trump ha quedado ahora expuesto ante la opinión pública por haber dicho una mentira. Una situación que tiene consecuencias que van más allá de la decepción por el engaño.

Incluso la Casa Blanca ha sido tomada por sorpresa ante la revelación de que Trump no solo sabía que Michael Cohen, su abogado personal, le pagó 130.000 dólares a Stephanie Clifford, la estrella porno, conocida como Stormy Daniels, sino que además él le devolvió el dinero a su asesor legal, abriendo la sospecha de que sabía y aprobaba los detalles del acuerdo.

Cuando en el pasado le preguntaron si estaba al tanto del pago que le hicieron a Daniels, para asegurar que ella guardara silencio sobre un supuesto romance con Trump en 2006,tanto el Presidente como la Casa Blanca lo negaron en repetidas ocasiones.

Luego vino la bomba.

El republicano Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York y uno de los muchos asesores legales de Trump, reveló que el entonces candidato presidencial había devuelto los 130.000 dólares en cuotas, aunque aclaró que no tenía nada que ver con fondos de la campaña presidencial, lo cual sería ilegal.

A primera vista, la admisión extraordinaria de Giuliani parece un intento de aclarar todo el asunto y asegurar a todos, que Trump había cubierto honorablemente el pago realizado por Cohen, para evitar cualquier conflicto de intereses en medio de la campaña electoral.

Sí Giuliani dijo la verdad, significa que Trump mintió cuando declaró en público que no sabía nada del pago a Daniels.

La interrogante ahora es: ¿cuándo devolvió Trump el dinero? ¿Fue antes o después de que se revelara por primera vez el pago de Cohen a Stormy Daniels de su propio bolsillo?

A juzgar por la reacción que ha provocado, Giuliani no pudo tranquilizar a nadie. De hecho, el tema se ha vuelto aún más controversial y potencialmente más dañino para el Presidente, luego de que incluso asomó la posibilidad, de que el pago de Cohen a Daniels no fue el único desembolso de dinero durante la campaña presidencial para cubrir otros secretos amorosos.

En momentos en que la investigación sobre una posible colusión de la campaña de Trump con Rusia, liderada por el fiscal especial Robert Mueller, se acerca cada vez más a la Casa Blanca, las declaraciones de Giuliani proporcionaron más municiones en contra del Presidente.

El propio Giuliani dijo también que espera que Michael Cohen coopere con el equipo de Muller.

Ahora todos se preguntan ¿Qué otras mentiras ha dicho Trump?

¿Sabía de antemano que Mike Flynn, su ex asesor de seguridad nacional, se iba a reunir con el embajador ruso en Washington durante la campaña electoral?

El problema de Stormy Daniels había sido, hasta ahora, una historia totalmente aparte de la investigación de Mueller.

Ahora, gracias a Giuliani, las dos historias se fusionan bajo un solo titular: ¿Se puede confiar en que el Presidente diga la verdad?

La defensa de la verdad, como parte de la solución, era una de las propuestas de Arend porque estaba convencida de que debía llevarse a cabo con la participación de todos los actores de la sociedad, a modo de contrapeso frente al poder gubernamental, porque la realidad, sea cual fuere, acabaría derrotando a la mentira porque el engaño no es perdurable.

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