jueves 2  de  abril 2026
UN HOMBRE EN LA LUNA

Que pase el desgraciado

La primera vez que pude votar como ciudadano peruano para elegir presidente fue en 1985. Yo tenía 20 años. El favorito era un candidato de centro izquierda, Alan García, apenas un joven de 35 años. Me opuse tenazmente a él

Diario las Américas | JAIME BAYLY
Por JAIME BAYLY

Esta semana ha sido devastadora para mí.

El domingo por la noche estaba tan triste que a duras penas podía hablar.

Siempre que he votado en elecciones presidenciales peruanas me ha tocado perder. Siempre. Y el domingo no fue una excepción.

La primera vez que pude votar como ciudadano peruano para elegir presidente fue en 1985. Yo tenía 20 años. El favorito era un candidato de centro izquierda, Alan García, apenas un joven de 35 años. Me opuse tenazmente a él. Le hice preguntas agresivas en la televisión de mi país. Cuestioné su salud mental, su equilibrio sicológico. Me gané su animadversión. Voté por el caudillo derechista Lucho Bedoya, que todavía sigue vivo, cerca de cumplir 100 años. Era amigo de mis padres. Montaba a caballo cerca de nuestra casa de campo. Lo veía en misa, con su esposa. Me parecía un gran tipo. No dudé en apoyarlo. Perdió, perdí, perdimos. Ganó Alan García. Su gobierno fue un desastre. Rencorosamente, me sacó de la televisión peruana. Tuve que irme a Santo Domingo a proseguir mi carrera.

La segunda vez que voté para elegir presidente fue en 1990. Apoyé públicamente, con entusiasmo, sin ambigüedades, a Mario Vargas Llosa, un gran escritor, un intelectual comprometido con la causa de la libertad. Vargas Llosa era el favorito. Lideraba una coalición de derechas. Era un opositor firme, elocuente, persuasivo, del presidente García. Jugué todo mi capital periodístico en apoyarlo. Los peruanos humildes le dieron la espalda. Lo veían como un hombre frío, distante, casi europeo, ajeno al Perú. Era demasiado buen candidato para ganar. No hacía concesiones con la verdad. Decía la verdad aun a expensas de su popularidad. Fue un candidato intelectual, insobornable, renuente a mentir o exagerar para ganar. Por eso perdió, perdí, perdimos. Ganó un desconocido, el ingeniero Fujimori, que había sido rector de una universidad. Hizo campaña con el dinero de su esposa. Quería ser senador, se contentaba con eso, pero los peruanos, siempre tan arriesgados o imprudentes a la hora de votar, confiaron en él para sacarnos del desastre en que nos había hundido García. Una semana después de su inesperada derrota, Vargas Llosa se fue del Perú. Dos años después, Fujimori dio un golpe de Estado, cerró el Congreso y se convirtió en dictador. Un dictador con masivo apoyo popular, todo sea dicho. No con mi apoyo: al día siguiente del golpe, renuncié a la televisión y me fui del Perú.

En las elecciones de 1995 yo vivía en Miami y me negué a votar porque me parecía que los comicios estaban amañados a favor del dictador. Lo mismo me ocurrió en 2000, aunque escribí artículos en la prensa (el diario El Comercio de Lima) deplorando la candidatura tramposa de Fujimori y apoyando al opositor Alejandro Toledo, a quien le hicieron fraude.

El 2001 apoyé a la candidata de derechas, soltera, religiosa, conservadora, Lourdes Flores. Perdió, perdí, perdimos. Me peleé con Toledo porque apoyé a su hija negada Zaraí. En la campaña Toledo mintió, dijo que no era su hija, pero, ya en el poder, se vio obligado a reconocerla.

El 2006 volví a apoyar, desde la televisión, la candidatura de derechas de Lourdes Flores. En la primera vuelta, quien obtuvo la más alta votación fue el candidato chavista, ex militar, nacionalista, financiado por la dictadura de Caracas, Ollanta Humala. Lourdes Flores estuvo a punto de pasar a la segunda vuelta, pero Alan García la superó por apenas 60 mil votos. De nuevo Lourdes perdió y yo perdí con ella. Ya en la segunda vuelta, todos los que no queríamos que el Perú fuese una colonia más del imperio chavista nos vimos obligados a votar por nuestra antigua bestia negra, Alan García, quien, en su segundo gobierno, demostró que no seguía siendo el populista chiflado de antes. Se había convertido, quién lo diría, en un liberal de derechas.

El año 2011 estuve tentado de ser candidato presidencial. Dos partidos estaban dispuestos a lanzarme: Cambio Radical y Acción Popular. Las encuestas me otorgaban una intención de voto nada desdeñable. Me seducía la idea de correr con una agenda liberal, libertaria. Varias razones me impidieron ser candidato: estaba mal de salud a pesar de que solo tenía 45 años, no tenía dinero para solventar la campaña, y la voz del escritor que late en mí me decía: no te metas en política, que de allí no saldrás nunca, insiste en ser un escritor. Mi novia, a pesar de ser tan joven, veía con lucidez que, si me postulaba, perdería y, de paso, sería muy desdichado. Una vez que decidí no competir, terminé apoyando a Keiko Fujimori. Era mi amiga, sigue siéndolo. La había entrevistado varias veces en televisión. Había comprobado la fortaleza de carácter para aguantar preguntas agresivas sin enojarse o guardarme rencor. Siempre que la invitaba, venía al programa. No era el caso, por supuesto, del ex militar Humala. Nunca se atrevió a darme una entrevista. Seguía siendo chavista: ahora lo financiaban no solo desde Caracas, sino también los brasileros. Dudé: ¿apoyaba a mi amiga Keiko, o al exitoso banquero y financista, el millonario tranquilo Pedro Pablo Kuczynski? La derecha ilustrada no dudó en respaldar a Kuczynski, lo mismo que los jóvenes. Conocía a Pedro Pablo, lo había entrevistado, me caía bien, pero mi madre me había contado que él la trataba mal, un tanto desdeñosamente, en las sesiones de directorio de la minera familiar, y eso me bastó para no apoyarlo. Apoyé a Keiko. Pasó a la segunda vuelta. Pareció que ganaría. Era la favorita faltando dos semanas. Pero los Vargas Llosa apoyaron resueltamente a Humala y le dieron el triunfo por unos 400 mil votos. Keiko perdió y yo perdí con ella. Mis enemigos dijeron que Keiko me había pagado una fortuna por apoyarla. Desde luego era mentira.

Este año 2016 Keiko partió como amplia favorita. Parecía imbatible. En la primera vuelta sacó el 40 por ciento, más de 6 millones de votos. Quien a todas luces iba a quedar segundo y disputarle la presidencia, el joven, carismático y brillante Julio Guzmán, fue eliminado injustamente de la carrera por las autoridades electorales. Ello favoreció la resurrección política de Kuczynski, quien ya se había hundido en las encuestas. Eliminado Guzmán, repuntaron Kuczynski y la candidata de izquierda, Verónika Mendoza, que no dudó en decir que Leopoldo López era un golpista. Para suerte del Perú, Kuczynski quedó segundo y Mendoza tercera. La diferencia entre ambos fue estrecha, apenas 2 puntos porcentuales, unos 350 mil votos. Insólitamente, dos candidatos de derecha disputaron entonces el balotaje: Fujimori, de 41 años, de derecha popular, bajo la sospecha de ser autoritaria como su padre, y Kuczynski, de 77, de derecha ilustrada. Yo había votado en primera vuelta por Keiko y quise ser leal a mi amiga y voté por ella el domingo pasado. Pensé que esta vez le tocaba ganar. Una semana antes seguía claramente primera en las encuestas. Pero la victoria se le esfumó en los últimos días por errores gruesos que cometieron sus lugartenientes. Después de votar, y soportar el asedio de mis partidarios y detractores, y tomarme fotos al paso con todos ellos, volví a casa y vi que los conteos rápidos daban la victoria a Kuczynski. Contados el 100 por ciento de los votos, Pedro Pablo le lleva 41 mil votos a Keiko. Es una diferencia de 0.24 por ciento. Es, como se diría en el mundo hípico, una victoria por nariz, una llegada de fotografía. Keiko perdió y, de nuevo, yo perdí con ella.

Por lo visto, tengo tan mala fortuna en política que, en cinco años, no sería de extrañar que los principales candidatos peruanos terminasen suplicándome que, por el amor de Dios, no los apoye, o por lo menos no en público, para no echar sobre ellos la suerte adversa, torcida, esquiva, del desgraciado. 

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