viernes 5  de  junio 2026
RELATO

Mapas de Irán

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Un exquisito artículo publicado hace varios años por Alcibiades Hidalgo narra con indiscutible profesionalismo su participación en la misión frustrada que Fidel Castro le mandó a Saddan Hussein en 1990 para evitar un enfrentamiento militar contra los Estados Unidos.

Era una delegación oficial portadora de vaticinios de derrotas, el último esfuerzo para abrirle los ojos a Saddam. Encomienda en la que Alcibiades, como el diplomático negociador de turno, se vio envuelto.

El dictador iraquí “se cagó en la noticia” y ni siquiera dejo que el miembro más joven de la comitiva, un militar experto en ofensivas y armamentos enemigo terminara de desplegar sus mapas tácticos.

Antes de retirarse del salón y dejarlos con la palabra en la boca, el soberbio les pidió que le agradecieran a Fidel y de paso le dijeran que el americano que osara entrar en su país sería pisoteado como una alimaña.

Alcibiades contaba que mientras Hussein decía esto escenificaba una especie de danza macabra sobre la mullida alfombra, simulando el aplastamiento de un supuesto insecto condenado a sufrir, una y otra vez, los golpes de sus elegantes botines negros de mediacaña y zippers laterales, que tanto se parecían a los que por aquella época también calzaba el comandante en jefe.

A su regreso a La Habana Fidel sorprendió a los miembros de la delegación: el comandante parecía interesado más que nada en la representación, una y otra vez, de las patadas de Hussein.

Ellos traían un informe detallado sobre lo sucedido en el breve encuentro, reporte que había sido redactado por Alcibiades. También habían ensayado posibles explicaciones a la actitud del dictador iraquí que insistía en poder arrasar con la operación escudo del desierto. Pero, por suerte para ellos, no fueron interrogados.

“Gallego [así se referían en Cuba a Jose Ramon Fernández, vicepresidente del régimen], ¿cómo era que el tipo hacia con los pies?”, recurría desde su butaca el comandante, obligando al ya viejo vicepresidente a incorporarse con trabajo y volver a patear el piso del despacho habanero.

Si le creemos a la propaganda oficial del castrismo y a los cantos de guerra del noticiero nacional de televisión, la historia puede que se esté repitiendo ahora, en medio de las amenazas y presiones de la administración Trump contra el régimen habanero.

Esta vez sin Fidel ni Saddam como parte de la ecuación, el protagonista sería un anciano Raúl Castro, reeditando el ataque de furia de Hussein, pateando el suelo de mármol de su habitación, ya sin los botines, (como le gustaba llamar a los zapatos cómodos con que sustituyeron las apestosas botas rusas llegadas de la Unión Soviética). Ahora calzando unas sandalias ortopédicas, de esas que le cuelan aquí en Los Estados Unidos, a cuanto jubilado se mueve a bordo de un andador.

¿Se habrá vuelto un dictador tozudo?

En este caso lo de Raúl no será la soberbia de Tikrit, más bien la senilidad de Birán. Imagínenle en plena perreta, negándose a escuchar los reportes del que ahora ejerza el papel de aquel coronel de apellido Salas que, en 1990, él mismo habría enviado como experto, para convencer a Saddam de no echar la bronca con Bush.

Pero tal vez el escenario de puertas adentro sea de miedo y preocupación, porque Raúl y su entorno deben tener muy claro que con los cuatro hierros viejos y sin repuestos con que cuentan no tienen mucho que hacer.

Además, la cosa está tan mala que es casi imposible convencer a los de a pie para que se metan en una trinchera a defenderlos a ellos: a los que reparten apagones y derrumbes en todas las dimensiones.

Entonces a diferencia del dictador iraquí, Raúl puede que sí esté ansioso porque le muestren los mapas, la lista de armamento y la correlación entre ambos bandos.

El contraste está en que el escenario que le interesa al jubilado general no es el enfrentamiento con Cuba, sino la guerra entre Irán y los Estados Unidos.

Ese es su muro de contención, solo sabiendo que la situación de la negociación entre Trump y los Ayatolás sigue enredada el anciano consigue dormir por unas horitas, escondido, allá abajo, en la comodidad de su bunquer con aire acondicionado y a prueba de misiles.

Porque a diferencia de Saddam no tendrá que esconderse en un hueco pestilente e improvisado: le ha sobrado tiempo para preparar sus madrigueras: una red conexa de cuevas que le permiten huir como conejo acechado. Allí duerme, plácidamente y agradeciendo a la dirección de construcciones militares que, previsoramente, le dejaron un escondrijo listo en cada provincia.

Aunque luego se levante en un sobresalto, preguntando si ya vinieron por él, si los yanquis llegaron a un acuerdo con Teherán, si podrán bajar la guardia en el medio oriente y venir a colarse en su patio, a llevárselo sin botas y arrastrando los pies.

Quizás demasiado tarde para un ajuste de cuenta, pero aun temprano para las malas noches en que lo tienen sumido, pensando y torturándose

¿qué va a ser de su adorado Cangrejo?,

¿qué pasará con sus hijos?

¿a dónde terminarán todas las piedras donde esconde sus muertos?

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