Un año más el mundo entero se une para celebrar, cada cual a su manera, estas fechas festivas en las que el amor, la familia, los amigos del alma, la fe y la esperanza son los protagonistas. Para quienes celebramos Navidad especialmente, es una pausa muy sanadora en nuestras agitadas vidas para recordar cuáles son nuestras verdaderas prioridades y valores, para tomarnos ese tiempo, siempre necesario, para dedicárselo a nuestra familia y a quienes más queremos, y demostrarles nuestro afecto compartiendo con ellos algo tan sencillo como una comida o una cena casera, e intercambiando regalos o detalles que, más que nada, sirven para demostrarles nuestro cariño. Además, la Navidad, simbolizada en ese Niño Jesús cuyo nacimiento es lo que verdaderamente se festeja en el catolicismo, invita a meditar, no importa credo ni religión, sobre la necesidad urgente que tenemos de recuperar aquel niño interior que todos llevamos dentro y que los avatares y lecciones mal aprendidas del día a día nos van haciendo olvidar; aquel niño de fe absoluta y alegría arrasadora para el que no existen imposibles; que desconoce venganzas, rencores y desconfianzas; que vive feliz sabiendo en su corazón, sin asomo de duda, que al igual que “los lirios del campo”, nada les va a faltar. Y es precisamente esto lo que quisiera hoy desearles a todos, sea cual sea su creencia, en estas fiestas: toda la fe, la confianza, la alegría, el amor incondicional y el espíritu maravilloso de los niños, simbolizado en ese Niño Jesús que celebra la Navidad cristiana. Muy felices fiestas, queridos amigos, y que el 2018 sea uno de los mejores años de sus vidas.

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