sábado 4  de  abril 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Una gran nación

Ya está aquí otro 4 de julio y es un día maravilloso para que España, tan Atlántica y americana cuando quiere, y la Europa que defiende la libertad, brinden juntas por la existencia de los Estados Unidos

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Los americanos se sorprenden al llegar a Europa. Todo es extremadamente pequeño. Los refrescos, los coches, e incluso los países. En cierto modo un americano no puede concebir que exista un país como Mónaco, en el que si estornudas te metes sin querer en Francia. Tampoco entienden las ridículas dimensiones de nuestras piruletas, ni que en las puertas de los centros comerciales los gordos tengan que pasar de lado, ni que en los restaurantes modernos el plato central de comida tenga el tamaño del platillo de pan. Ni siquiera las top models europeas pueden competir en tamaño con esas chicas norteamericanas, cuya silueta es una pista de fórmula 1, y que se plantan en la pasarela con la contundencia de una fortaleza medieval.

Algo parecido ocurre cuando los europeos visitan Estados Unidos. Terminan con dolor de cuello de seguir con la mirada la altura de sus rascacielos, no comprenden cómo es que nadie ha construido una urbanización en el inmenso desierto que separa dos casas de campo, y solo comprenden el inmenso tamaño de los coches americanos cuando descubren las dimensiones de sus carreteras y plazas de aparcamiento. El europeo es un hombre que se pasa media vida dando vueltas con su auto, buscando un lugar donde encajarlo en el diminuto puzzle del casco histórico de cualquier ciudad.

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Lo único que tiene realmente grande muchos europeos es un antiamericanismo setentero, sedado por efectos alucinógenos y pantalones de campana, y al parecer, incurable. E incomprensible. Si Estados Unidos todavía tiene cosas que aprender de la vieja historia de Europa, llena de lecciones importantes, los europeos, aún con mayor motivo, deberían dejar atrás los prejuicios y disfrutar sin temor de la grandeza norteamericana. No hay nada malo en la inmensidad de un Starbucks Trenta.

Estados Unidos se comporta a menudo como una gran nación, incluso cuando sufre a menudo presidentes diminutos, y reacciona con grandeza cuando se trata de asumir las consecuencias de sus propias libertades, que es lo mínimo que puede exigírsele a un país que ha superado la adolescencia. La peor pubertad, sin duda, es esa de algunos viejos reinos europeos, con ciudadanos incapaces de reunirse en torno a una pequeña bandera, sea cual sea la causa, avergonzados de su historia.

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No hay hamburguesa como la americana. Y no hay ejército como el americano. No hay bandera como la de los Estados Unidos. Tampoco hay prensa punzante y redacciones canallas como en Nueva York, ni libros tan maravillosa y eficazmente editados, ni respeto a las señas de identidad de un pueblo. A grandes ejemplos, grandes sinvergüenzas, y así tampoco Estados Unidos se libra de generar a ritmo trepidante psicópatas, delincuentes despiadados, y todo tipo de escoria criminal, de la que sin embargo tenemos noticias a diario, no sólo porque exista, sino porque los detienen, y en contra de lo que se hace en la mayoría de las cárceles europeas, no se les felicita por sus fechorías. Los excesos policiales norteamericanos están ahora cada día en la prensa como si no hubiera miles de hombres entregando su vida honradamente por hacer de su país un lugar más seguro, donde todas esas ratas terroristas sientan el aliento de la autoridad en el cogote. No me agradan, por supuesto, los atropellos a los derechos humanos, pero me pregunto si alguien se ha parado a pensar el tipo de autoridad disuasoria que emplean, por ejemplo, en la popularísima China comunista. Quizá es sencillamente porque en el país del mundo que más venera la libertad individual resalta más cualquier atropello a los derechos humanos que en aquellos territorios donde el ejercicio justo de la autoridad es una rara excepción.

Cuento todo esto porque ya está aquí otro 4 de julio y es un día maravilloso para que España, tan Atlántica y americana cuando quiere, y la Europa que defiende la libertad, brinden juntas por la existencia de los Estados Unidos y, muy especialmente, por la grandeza de sus batidos de chocolate. La grandeza de una nación se mide, en síntesis, por el tamaño de sus hamburguesas, la temperatura de su cerveza, y la belleza de las vigilantes de sus playas.

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