ALBERTO SCHARFFENORTH
Especial
Un nuevo decreto de Obama promueve el uso de las plataformas públicas de comunicación para combatir a ISIS y al extremismo
ALBERTO SCHARFFENORTH
Especial
Una nueva dependencia gubernamental afiliada al Departamento de Estado ha sido creada por decreto presidencial con la finalidad de promover corrientes de opinión dedicadas a contrarrestar las ofensivas comunicacionales de grupos terroristas como ISIS y Al-Quaeda. La iniciativa, que podría levantar grandes polémicas por la dimensión de influencia internacional y el soporte al uso de herramientas de ingeniería social en medios digitales, contempla sumar organizaciones e individuos alrededor del mundo otorgándoles recursos para la generación de contenidos y la estructuración de esfuerzos en la disposición de patrones de difusión.
La realidad imita a la ficción
La última temporada de la popular serie de Netflix “House of Cards”, en la que Kevin Spacey y Robin Wright encarnan a una pareja presidencial maquiavélica y corrupta que se vale de todo medio a su alcance para mantenerse en el poder, incluye en su trama la utilización por parte de los candidatos en pugna, de sofisticados recursos de ingeniería social basada en la recolección y análisis automatizado de datos extraídos de las actividades virtuales de las personas. El objetivo es determinar la dirección de los mensajes que inclinarán a los votantes en su favor. Mientras el candidato opositor se vale de la información recopilada y procesada por un popular motor de búsquedas llamado Pollyhop, el incumbente Frank Underwood abusa de su investidura haciendo uso de todo el poder de escucha y manipulación de mensajes que supuestamente posee la NSA para mover la balanza de la opinión pública a su favor.
Semejante trama luce decididamente tan fantasiosa y exagerada como el resto de los planteamientos acerca de las cualidades éticas de sus protagonistas, pero los principios conceptuales sobre el uso cada vez más inteligente de la información derivada de los perfiles de conducta de las personas en las redes coinciden en mucho con el uso que ya las empresas están dando a esa información, cuya interpretación permite, de una parte, conocer las preferencias y hábitos de las personas, y por otra, direccionar mensajes y contenidos que les son altamente relevantes.
Un decreto controversial
En un paralelismo afortunadamente casual con la temática de la serie televisiva, en cuanto al escenario en el que se da la trama, el presidente Obama ha promulgado recientemente un decreto que crea una instancia especial de manejo y promoción de contenidos en las redes con el fin principal, según sus enunciados, de combatir la ofensiva que grupos terroristas como ISIS vienen llevando a cabo en las redes sociales y en todas las plataformas de medios digitales con grandes despliegues de recursos, altos valores de producción y de ejecución.
La instancia creada lleva el nombre de Centro para el Involucramiento Global (Global Engagement Center Coordination Office, GECCO) y se ha designado a Michael Lumpkin, conocido como Zar anti-ISIS del Departamento de Estado, para su conducción.
Según lo describe el decreto, la nueva rama gubernamental destinará fondos de forma discreta a motivar a una gama variada de voceros que tienen influencia en la esfera mediática relevante a la influencia de los grupos terroristas cuyo discurso pueda ser identificado como moderado u opuesto a los principios y acciones de los grupos antagónicos. Pero también dedicará recursos al rastreo, recopilación, organización y análisis de contenidos digitales tanto posteados y promovidos directamente por las organizaciones terroristas como aquellos mensajes y tópicos de tendencia en desarrollo en las conversaciones digitales.
GECCO ha sido definida como una dependencia de carácter temporal, sin embargo en el texto del decreto no se determina de forma clara cuál sería su término de expiración ni qué condiciones o eventos la darían por extinguida.
El carácter polémico que una iniciativa como ésta puede potencialmente adquirir está prácticamente asegurado y constituye probablemente el resultado de una decisión oficial que consideró el costo reputacional para una nación que ya ha sido muchas veces acusada de intervencionista. El gran dilema es que a diferencia por ejemplo de los tiempos de la guerra fría en los que dos potencias podían acusarse mutuamente de practicar políticas similares de influencia o adoctrinamiento, las ofensivas se dan entre un estado de derecho y con integridad territorial y una entidad difusa de carácter ilegal y subversivo.
De La Voz de América a la Big Data
La guerra sicológica o comunicacional no es un concepto nada nuevo entre los recursos bélicos para vencer a un enemigo, tanto en ataques como en defensas. La historia está repleta de episodios en los que las estratagemas de percepción, la propaganda y la desinformación han jugado papeles determinantes que han valido el triunfo o el fracaso a sus sujetos u objetos. Mucho antes de que existieran los medios de comunicación masiva tal como los conocimos en el siglo XX, en prelación a esta incipiente era de la comunicación total del siglo XXI, los estadistas y estrategas urdieron campañas destinadas ya fuera a quebrar la voluntad y el ánimo de los enemigos, sembrar la discordia entre sus huestes o galvanizar las lealtades y la moral de propios.
Iniciativas como la Rosa de Tokio que filtraba la desesperanza entre las tropas aliadas en el pacífico o su contraparte europea, o los constantes reportes de la radio de onda corta de la BBC que le insuflaba ánimos a los combatientes aliados amplificando la magnitud de las victorias, formaron parte tan importante del desarrollo y el desenlace de los conflictos como lo fue la cantidad y poderío de los armamentos. Un buen ejemplo lo constituye el efecto sicológico que generaron en la moral del pueblo japonés las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Mucho más devastador que los daños directos de las explosiones.
Pero si alguna iniciativa puede ser comparada con lo que busca lograr este nuevo decreto, es el efecto que persiguió la plataforma de la Voz de América alrededor del mundo para modelar una matriz de opinión favorable a las ideas de libertad política, democracia y capitalismo. Esta otrora formidable red de emisoras que durante décadas y hasta el día de hoy constituyó la versión analógica del recién creado GECCO, no logró tal vez reinventarse para hacer frente a esta nueva conflagración ideológica que se prefigura entre el mundo occidental y quienes se dicen heraldos de unas sociedades con otros valores.
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