MIAMI.- Era el 19 de mayo de 1959. Hacía sólo tres meses que Fidel Castro había entrado en La Habana para apoderarse del país con sus armas sonrientes, sincréticas, revolucionarias. Gastón Baquero, uno de los más significativos intelectuales cubanos de todos los tiempos, sabía que tras la estruendosa mezcla del aplauso masivo de la isla a los rebeldes con la imposición de sus demagógicas ideas a punta de pistola, el retorno a la República sería un largo y tortuoso camino, muy difícil de revertir. Y la historia le ha dado toda la razón.

Ese día publicó su columna de despedida en el Diario de la Marina, del cual, hasta ese momento, había sido jefe de Redacción, y como bien diría Jesús Díaz, director en la sombra:

“En medio de la pasión, del asombro de las clases, del choque ideológico inesperado, tiene por ahora poco que hacer un periodista verticalmente conservador, un derechista en tiempos de derrota para las derechas. Cabe la adaptación sinuosa, o cabe el combate. Aquella es lo innoble y éste es lo absurdo”.

No veía posibilidad de lucha porque la nación, casi por completa, se había rendido al abrazo engañoso, venenoso, mortal de “la revolución”. Aunque se exiliaría aún confiaba, quizás levemente, en seguir escribiendo desde fuera de la isla y que sus compatriotas pudieran leerlo. Y sobre todo conservaba la esperanza de poder regresar: “Volveremos de un modo o de otro a defender aquellas ideas en las cuales creemos sobre la sociedad, la economía, las relaciones humanas, la libertad frente al comunismo esclavizador, ideas de las que nos sentimos orgullosos, por maltratadas, incomprendidas y vilipendiadas que hoy se hallen”.

Sobre sus ideas, contrarias al mundo de resbalosas izquierdas que en aquél momento celebraba su victoria y construía los cimientos para la cárcel y exterminio del resto de las ideas, le advertía a sus lectores en su adiós: “El mundo las necesita, aunque no quiera verlo. El miedo a defender las ideas que van contra la corriente o que son estigmatizadas como nocivas, es la mayor de las cobardías. Vale más morir junto a una idea vencida, en la cual se cree todavía, que uncirse al primer carro victorioso que pasa, renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión propia y sincera que se tiene de los hombres y del mundo”.

A la pregunta de “¿Y por qué no tenemos fe en las revoluciones?”, Baquero respondió en su última columna: “No es porque ellas [las revoluciones] produzcan trastornos, lesionen intereses, vuelquen las costumbres. No tenemos fe en ellas porque siempre se fijan tareas que requerirían la asistencia de grandes genios, la milagrosa autoridad de ángeles y santos para cambiar de la noche a la mañana la naturaleza humana. Las revoluciones quieren hacer por decreto que en un instante se precipite el progreso, y nazca el hombre nuevo y surja por encanto la ciudad soñada”.

Hace poco escuché leer a Lincoln Díaz-Balart unas palabras que Baquero, quien fuera su maestro, dedicara en 1978 a “los jóvenes prejuiciados contra la política” en el exilio. El poeta consideraba necesario que los desterrados se convirtieran “en un gran ejército de políticos de la liberación de Cuba, de hombres y mujeres, de jóvenes y viejos, entregados sin cansancio a la causa intemporal y permanente de la nueva independencia de la patria”.

“Baquero nació con todas las de perder”, escribió el narrador cubano Jesús Díaz, también muerto en el exilio, y sus palabras son esenciales para comprender al poeta y su contexto: “Era negro, homosexual, pobre y poeta en una Cuba, como cualquier país racista, machista y clasista, donde la poesía era oficio de locos. Sólo una inteligencia y un carácter absolutamente excepcionales como los suyos le permitieron imponerse a aquel medio y alcanzar éxito y reconocimiento en su condición de periodista”.

Hasta su exilio llevó las riendas del Diario de la Marina, el rotativo más influyente de la nación, que desde 1844 circuló diariamente la isla por más de cien años, no en balde reconocido como el decano de la prensa cubana.

Con veintiocho años había publicado su primer libro, Poemas (1942), que lo ubicó para siempre en la historia de la lírica insular e hizo imprescindible su presencia entre los origenistas, un importante grupo de escritores, intelectuales y artistas, con intenciones vanguardistas e ideas nacionalistas, cuyo nombre se debe a la revista Orígenes, fundada en 1944 por José Lezama Lima y que hasta 1956 legara cuarenta números con excepcionales piezas de los más notables creadores cubanos del momento como Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Lorenzo García Vega, y figuras internacionales como Octavio Paz, Paul Éluard, Albert Camus, Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral y otros.

Sin sus versos es imposible hablar de la historia de la poesía cubana. En 1941, en uno de sus textos más citados, Palabras escritas en la arena por un inocente, escribiría: "Yo no sé escribir y soy un inocente. / Nunca he sabido para qué sirve la escritura y soy un inocente. / No sé escribir, mi alma no sabe otra cosa que estar viva. / Va y viene entre los hombres respirando y existiendo. / Voy y vengo entre los hombres y represento seriamente el papel que ellos quieren: Ignorante, orador, astrónomo, jardinero". En ese mismo poema, redactado con 27 años, abrazaría la definición que hace Macbeth de la existencia, pensamientos éstos a los que suele acudirse a una edad avanzada: “La vida no es sino una sombra errante, / Un pobre actor que se pavonea y malgasta su hora sobre la escena, / Y al que luego no se le escucha más, / la vida es un cuento narrado por un idiota, / un cuento lleno de sonido y de furia, / Significando nada”.

En la década de los cincuenta ocupó cargos oficiales y no escribió poesía con el ímpetu de años anteriores, pero sus piezas periodísticas sobre la cultura y la política nacional destacan entre las más notables de la época. En Madrid otro régimen, el de Francisco Franco, le dio asilo. Escribió ensayos y artículos para la revista Mundo Hispánico, trabajó en Radio Exterior de España, en la Escuela de Periodismo y el Instituto de Cultura Hispánica. Inmediatamente, tal y como sucedió con otros intelectuales que no comulgaron con la imposición del comunismo, el régimen convirtió a Baquero en un traidor a la patria. Su biblioteca, una de las mejores colecciones privadas en la región por entonces, fue robada. Y su obra y nombre fueron suprimidos de la historia.

Fue el exilio quien lo hizo regresar a la poesía y de una manera quizás mucho más ardua. De esa época, difícil para un hombre que lo había dado todo por la cultura cubana, son los cuadernos Poemas escritos en España (1960) y Memorial de un testigo (1966), uno de sus libros más aclamados.

Hace veinte años, el 15 de mayo de 1997, murió en Madrid como sólo puede hacerlo un pez enamorado de su isla. En su Testamento del pez, había escrito muchos años antes: “Yo te amo, ciudad, / aunque sólo escucho de ti el lejano rumor, / aunque soy en tu olvido una isla invisible, / porque resuenas y tiemblas y me olvidas, / yo te amo, ciudad… / porque la muerte nunca te abandona, / porque te sigue el perro de la muerte / y te dejas lamer desde los pies al rostro”.

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