Donal Trump visitó Detroit el pasado 15 de marzo para reunirse con los principales directivos del sector automovilístico del país y hablar de su “revolución industrial”.

El eje de la campaña para la presidencia del actual mandatario norteamericano giró alrededor de la creación de puestos de trabajo y Trump cree que la falta de políticas adecuadas del anterior Gobierno facilitó la marcha de muchas empresas hacia otros países buscando “el dorado”: mano de obra barata.

El resultado de la estampida de las fábricas automovilísticas es bien conocido. Detroit, que era el centro mundial del negocio automotor, donde tienen sus sedes compañías tan emblemáticas como General Motor (GM), Ford y Chrysler, llegó a tener una deuda de cerca de 20.000 millones de dólares y tuvo que declararse en bancarrota en 2013.

El desastre es mucho mayor si tenemos en cuenta que la industria del motor concentra el 10% del empleo en el sector manufacturero norteamericano, unos 2 millones de personas, entre producción y distribución.

Pero ¿cómo enfrentarnos un fenómeno cuya causa fundamental es la globalización y el desarrollo de las nuevas tecnologías? Lo cierto es que el desarrollo nos ha puesto a competir de forma global, no sólo con México o China, competimos, como nunca antes, con empresas situadas en cualquier punto de la aldea global.

Por sólo citar el ejemplo de China, los empresarios norteamericanos lo tienen muy difícil al competir con las condiciones productivas existentes en el gigante asiático. Las empresas de ese país pueden hacer trabajar a sus empleados 12 y 14 horas diarias por un mísero salario; los empleados chinos carecen de seguridad social y seguro de desempleo; las autoridades chinas apenas crean normativas de control de residuos tóxicos; cerca de 600.000 chinos mueren cada año de ataques cardiacos relacionados con el estrés producido por el exceso de trabajo. Estas son las consecuencias de mantener bajos los costes de producción y poder ser “competitivos” a toda costa.

La respuesta americana hay que buscarla en la modernidad de Palo Alto. La revolución industrial que Donald Trump sueña no debe ser un salto hacia la situación existente antes de la vigente revolución tecnológica en Silicon Valley.

No se trata de permitir que los autos americanos contaminen el medio ambiente y sean menos eficientes económicamente, simplemente porque no serían competitivos a escala mundial. No se trata de bajar los salarios, porque no llegarían nunca a los niveles de China o México. La revolución está en reflexionar con personas como Elon Musk, el fundador y presidente de Tesla, y ver cómo se puede utilizar su novedosa experiencia en la industria automotriz norteamericana.

Aparecen en esta nota:

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Cree que las sanciones de EEUU a funcionarios venezolanos ayudan a solucionar la crisis en Venezuela?

Las Más Leídas