SANTO DOMINGO. En una pared de la Asociación de Caficultores La Esperanza, en República Dominicana, cuelgan los retratos de quienes han sido sus presidentes. Son todos hombres, salvo por el último y más reciente, en el que aparece una mujer: Santa Julia Carmona.
La imagen ilustra quién decide sobre el acceso a los recursos y los beneficios del trabajo que trae el café. “Te tienes que poner adelante de cientos de productores, cada uno con su historia y su contexto y dificultades, y tú tienes que aguantar ese reto, no es cualquiera”, dice.
En las zonas cafetaleras de República Dominicana, el café no es solo cultivo. Es el trabajo de comunidades enteras, y la oportunidad de estudiar y vivir con dignidad. Pero cada vez más, es también la palanca con la que mujeres dominicanas se abren paso.
Un poco de historia
El grano que llegó de Etiopía, África, según la leyenda más conocida y que data del 700 después de Cristo y llegó a América en la época de la colonia, gracias a los europeos. Su llegada a Santo Domingo se remonta a 1735.
Las primeras plantaciones comenzaron en las zonas montañosas, donde el clima y el suelo resultaron ser perfectos para el cultivo de granos de excelente calidad.
Un sustento real
Isabel Robles Amador tiene 77 años de edad y diez hijos, la mayoría profesionales. Fue el café lo que lo hizo posible. “Hoy de eso nosotros nos estamos manteniendo, y de eso ayudamos a nuestros hijos”, manifestó. Para Isabel, la caficultura ha sido la fuente de un sustento real y propio.
Sin embargo, recuerda que durante años la mujer trabajaba en toda la cadena productiva —cosechaba, procesaba, coordinaba la mano de obra, administraba la casa— sin acceder a los ingresos que generaba. “Cuando llevaban el café a vender, la mujer como que no tenía ninguna participación”, acota.
María Isabel Balbuena, fundadora de la Asociación Dominicana de Mujeres en Café, fue una de las primeras en nombrarlo con claridad: “Ellas trabajaban en toda la cadena. Sin embargo, no eran dueñas ni podían disponer de los recursos que genera la producción de café. Lo que les estaba faltando era voz”.
Desde entonces, lleva tres décadas trabajando para que las mujeres no solo estén presentes en la cadena productiva, sino que se beneficien de ella.
Conservar el bosque también genera empleos
Más de 50.000 familias en la República Dominicana viven de la caficultura. El café de altura es uno de los principales generadores de empleo.
Yisleny del Jesús, presidenta del Núcleo de Caficultores de San José de Ocoa, lo traduce en números: solo en su núcleo hay 400 familias, y cada finca, por pequeña que sea, requiere al menos tres personas en épocas de cosecha.
Su apuesta es convertir el café en un negocio sostenible: “Lo que buscamos es que la cuenca resurja, pero que el cultivo sea rentable para que el productor no tenga que cortar el café y sembrar otra cosa. Hay que hacer un plan, soñar, planificar, hacer los números y ejecutar”, explica.
El café dominicano tiene una dimensión que pocas industrias pueden reclamar: su cultivo sustentable y bajo la sombra entre los bosques de las sierras, garantiza mejor calidad del grano y mayor productibilidad, pero también un enorme entorno saludable.
Cada planta cultivada representa más cobertura boscosa, más agua para las comunidades y más oportunidades para las mujeres y sus familias.
El empleo que retiene a los jóvenes
Melissa Núñez encontró su propio camino para extender la cadena del café. Hija de un caficultor que mantenía su finca “por valor sentimental, pero quizás no con proyección empresarial”, Melissa desarrolló su tesis universitaria sobre el café y logró que su padre volviera al campo con una visión nueva. Hoy, además de producir, tienen tostadoras y coffee shops convirtiéndose en una empresa que crea nuevos puestos de trabajo. “Estamos en toda la cadena de valor, desde la semilla hasta la taza”, dice.
Sin embargo, el mayor riesgo para la caficultura dominicana no son las ‘plagas ni el precio internacional: es la falta de mano de obra joven.
Daniela Alcántara tiene 23 años y lo dice sin rodeos: “Los jóvenes tienen que salir a la ciudad porque no encuentran oportunidades aquí”. Ella eligió quedarse y capacitarse. “¿Hay futuro en el café? Si nos apoyan, sí”.
Ese apoyo —capacitación técnica, acceso a financiamiento, y mercados justos— se traduce en empleo y es precisamente, lo que el financiamiento del programa busca poner al alcance de comunidades rurales.
Altagracia Pujols, Nani, presidenta de la Asociación de Caficultores Arroyo Manteca y promotora de viveros que ya distribuyeron más de 20,000 plantas entre sus socios, lo resume con pragmatismo: “Juntos podemos, y más si encontramos la mano amiga de una institución”.
El retrato de la única presidenta en esa pared de La Esperanza dejará de ser una excepción. Pero para eso, el café tiene que seguir siendo lo que estas mujeres ya demostraron que puede ser: un negocio sostenible, una fuente de trabajo digno y un motor de desarrollo para comunidades que, al cuidar el bosque, cuidan también su propio futuro.
FUENTE: Con información del Banco Mundial