Es totalmente falso que el castrismo se acerca a su fin, como algunos creen –o dicen creer–porque Raúl Castro, biológicamente cansado y quizás enfermo, haya dejado de ser el primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) –el único legal en la Isla–. En ese histórico puesto familiar –que primero ocupara su fallecido hermano Fidel Castro– fue colocado Miguel Díaz-Canel, quien anteriormente había sido escogido para figurar como si de verdad fuera el “presidente” de la isla comunista.

Es cierto que el artículo 5 de la llamada Constitución de la República (que es en realidad un panfleto represivo para perpetuar el castrismo en el poder) dicta lo siguiente: “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. De ahí que, según la inconstitucional Constitución, el PCC “organiza y orienta los esfuerzos comunes en la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

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Si la situación actual se analiza de manera epidérmica, tal pareciera que Díaz-Canel –que hoy exhibe todos los cargos públicos que antes se adjudicaron Fidel y Raúl Castro– es el nuevo dictador cubano. Pero no es así. En Díaz-Canel –aunque algunos poderes tendrá– no radica el poder real y mucho menos el poder militar, sin duda el poder más importante para una dictadura y que no en balde continúa estando en manos de la familia Castro.

Conversando con el disidente y analista político cubano Antonio Rodiles, director del proyecto Estado de Sats, llegamos a la conclusión de que, a pesar de lo que diga el panfleto seudoconstitucional castrista, a partir de ahora dejaría de ubicarse el poder central en el PCC, del que antes sí era depositario sólo porque Fidel y Raúl Castro eran sus secretarios generales. Ahora el partido queda reducido a un mero instrumento, casi un portavoz, de la familia Castro, quien seguirá dictando los destinos del país hasta tanto sea derrocado su régimen.

Dato esencial: no olvidemos que en Cuba no se permite la celebración de elecciones democráticas, sino que quien elige es el dictador de turno.

Por ello hay algunos que se preguntan: ¿por qué Raúl Castro eligió a Díaz-Canel y no a uno de sus hijos o familiares? Pues se trata de una simple, maquiavélica y desfachatada jugada neocastrista (término con el que se conoce al castrismo posmoderno y simulado, que no quiere parecer la misma corriente trasnochada sino una reformada) que esconde en sí al mismo castrismo travestido.

Tal fenómeno o simplemente operación: no significa un adiós al control de la política -y mucho menos de las armas- por parte de los Castro. Ni siquiera es un amago de redistribución. Es iluso analizar los movimientos y procesos castristas como si de elecciones democráticas se tratase. Y es también criminal. Porque intentar blanquear o contribuir a legitimar un régimen criminal, es irremediablemente un crimen.

Que no haya dudas. Ha sido el propio Raúl Castro, con los estrategas del neocastrismo, quien ha designado a Díaz-Canel como “presidente” de los consejos de Estado y de ministros. Fue él quien ahora lo designó como Primer Secretario del PCC.

En el congreso comunista el mismo Castro elogió a Díaz-Canel y dejó claro que la decisión no fue “fruto de la improvisación sino de la cuidadosa selección de un joven revolucionario que tiene todo lo que se requiere para ser ascendido a altos cargos”.

Por su parte, Díaz-Canel, confesó que seguirá consultando a Castro para decisiones estratégicas y desechó toda hipótesis o ilusión de que él podría alejar al país del sistema comunista de partido único.

¿Qué propósito o beneficio democrático podría tener designar (a dedo, como sucede en estas instancias en Cuba) a una persona como Díaz-Canel como supuesto depositario del poder revolucionario? Ninguno. Hay dos objetivos en esto: fabricar un falso camino hacia las reformas del socialismo, y que esa persona sea el títere ideal y el ciego soldado al servicio no de la patria sino de la mafia castrista.

Lo mismo sucede con Manuel Marrero, designado como Primer Ministro, cargo suprimido por los Castro en 1976 y rescatado para su conveniencia en relaciones internacionales en la llamada Constitución del 2019. Marrero es un hombre de confianza para el castrismo, que entre 2004 y 2019 fuera Ministro de Turismo, sector clave para las arcas del régimen. También fue director de la empresa turística Gaviota S.A., que opera bajo la supervisión del Grupo de Administración Empresarial, S.A. (Gaesa), el conglomerado empresarial de los militares, presidido por Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, exyerno de Castro, quien controla la economía cubana por encima del ministro de economía y cuida las colosales arcas de la familia Castro y ha entrado a formar parte del Buró Político del PC.

En septiembre pasado el general López-Callejas fue incluido por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos en su lista negra, lo que conlleva al bloqueo de sus bienes y activos bajo jurisdicción estadounidense y la prohibición de transacciones financieras con individuos y entidades de este país.

“Los ingresos generados por las actividades económicas de Gaesa se utilizan para oprimir al pueblo cubano y para financiar la dominación parasitaria y colonial de Cuba sobre Venezuela”, dijo el entonces jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo. Su ascenso a un cargo público es una respuesta del régimen de La Habana a Estados Unidos.

https://twitter.com/SecPompeo/status/1311328297985466369

Otra figura que ha entrado al Buró Político es el presentador de televisión Humberto López, protagonista del programa Hacemos Cuba, cuyo objetivo es desvirtuar la realidad cubana, atemorizar a los disidentes y asesinar la reputación de activistas de derechos humanos, creadores contestatarios y periodistas independientes. Por sus difamaciones, la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba (FHRC) lo catalogó como uno de los “represores violentos cubanos”. También en respuesta a la denuncia de esta organización con sede en Estados Unidos cuyo propósito es “una Cuba libre, con una sociedad abierta, moderna, próspera y democrática”, el partido comunista ha premiado López ubicándolo en su cúpula.

Fuera del Buró Político ha quedado Marino Murillo, al que algunos medios internacionales osaron bautizar como el supuesto “zar de las reformas” y quien dirigiera la Tarea Ordenamiento, una serie de fracasadas medidas económicas de corte castrista gestadas desde la Comisión de Implementación y Desarrollo de los Lineamientos.

Otra jugada que estrecha aún más el círculo de poder es la vacancia en el cargo del segundo secretario del PCC, que ocupara el histórico castrista José Ramón Machado Ventura. Algo que jamás había sucedido. Es curioso que el régimen haya paliado esta decisión exponiendo en los medios de comunicación que, según los estatutos del PCC, es posible dejar la silla vacante.

Dos figuras de fuerza en el poder neocastrista se mueven en las sombras de Díaz-Canel y demás actores del circo seudolegislativo y estructural de los supuestos poderes públicos del régimen cubano: López-Callejas y el coronel Alejandro Castro Espín, el único hijo varón de Raúl Castro, quien luego de los ataques acústicos a diplomáticos de Estados Unidos y Canadá en La Habana ha sido apartado de la palestra pública. En otra columna me acercaré más a ambos personajes. Pero insisto en que ubicarlos más hacia atrás en el terreno y anunciar que será Díaz-Canel quien pichee, es sólo un truco. Un mero espectáculo.

Intentar publicitar que el régimen cubano está haciendo reformas o al menos está dando pasos hacia posibles reformas, es un arma que le conviene al castrismo en cuestiones de política exterior. Sobre todo con la entrada del Partido Demócrata a la Casa Blanca. Especialmente con Joe Biden, quien fuera vicepresidente de Barack Obama y juntos trazaron el camino hacia el llamado “deshielo”. El castrismo, aunque sabe que es difícil, no pierde la esperanza de conseguir que Estados Unidos elimine el embargo. O al menos buscará que no se siga con la política dura del expresidente Donald Trump.

Hay quienes corean que Raúl Castro ha dejado de ser primer secretario del PCC por sufrir, según ha asegurado el diario español ABC, “cáncer de esófago y recto con diarreas crónicas” o “una cirrosis hepática causada por su vieja adicción al alcohol y la fuerte medicación que toma le provoca pérdida de memoria y ausencias frecuentes. Estos síntomas también son compatibles con una enfermedad neurodegenerativa”. Estos datos los ha publicado el rotativo a partir de fuentes anónimas.

La imagen del dictador que dice adiós a su residencia en Birán (Holguín, en su natal y nostálgico oriente del país) y se muda a La Habana para ser atendido en el Centro de Investigación Médico Quirúrgicas (Cimeq), controlado por el Ministerio del Interior: es una lectura que, tratándose del castrismo, resulta algo ingenua y simplista. Además de que Castro II no dio señales de estar afectado mientras habló por más de 2 horas en su congreso comunista.

Pero, de cualquier modo, con estas enfermedades, con otras o con ninguna gravedad, Castro lo que ha hecho es ubicar en la oficialidad a su gente más cercana y confiable, manteniendo el circo de Díaz-Canel y de Marrero como figuras demagógicas.

Esta estrategia funciona tanto para los cubanos que anhelan una transición pacífica del castrismo a la democracia, como para sostener una pantalla internacional, donde se le proyecte al mundo el fraude de que no hay un Castro dirigiendo el país. Algo que han comprado varios medios.

Es lamentable que el castrismo siga engañando a tanta gente. Castro arguyó que al terminar el VIII Congreso cesaría su “tarea como primer secretario del Comité Central del PCC con la satisfacción del deber cumplido y la confianza en el futuro de la Patria, con la meditada convicción de no aceptar propuestas para mantenerme en los órganos superiores de la organización partidista, en cuyas filas continuaré militando como un combatiente revolucionario más, dispuesto a aportar mi modesta contribución hasta el final de la vida”.

“Nada me obliga a esta decisión, pero creo fervientemente en la fuerza y el valor del ejemplo y en la comprensión de mis compatriotas y que nadie lo dude, que mientras viva estaré listo, con el pie en el estribo, para defender a la Patria, la Revolución y el Socialismo”, dijo al presentar el informe del Congreso.

Este es un párrafo clave: mientras en cuestiones de poder, la Patria, la Revolución y el Socialismo signifiquen lo mismo, no habrá cambio posible en Cuba. Esa frase desplaza todo anhelo de transición hacia la democracia. Incluso para el que quiso creerse o de verdad se creyó el cuento chino de La China, como algunos le dicen a Raúl Castro.

Creer que con estas jugadas en la parte más visible del tablero la familia Castro renuncia al control del poder central en la Isla, es una soberana inocencia o un acto de contubernio con un sistema que sigue manejando de forma ilegítima y represiva a los cubanos. Y esto, como bien sabemos, no sólo no es noticia, sino que a la par es una de las contantes que mantienen al régimen.

Soñar o hacer creer que el castrismo muere con Raúl Castro es una cruel mentira. El castrismo no era Fidel Castro, como la historia demostró. Tampoco desaparecerá porque Raúl se vaya al otro mundo, cuando su hora le llegue –que por lógica no puede tardar mucho–. El castrismo es un sistema de corte mafioso, basado en 5 elementos-obstáculos que han marcado el devenir de la sociedad cubana y de otros totalitarismos: represión, desinformación, miseria, desaliento y contubernio. Látigos y efectos operan dentro y fuera de la Isla.

Cuando los cubanos salten estas 5 vallas, entonces el castrismo morirá. Ojalá sea pronto. Y aunque gracias a Dios los imponderables existen, lo cierto es que hasta ahora no se atisba un inminente cambio de paradigma en el actuar de la sociedad cubana. Algo en lo que, por supuesto, mi mayor anhelo sería equivocarme.

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