lunes 12  de  octubre 2026
REPORTAJE

En Cuba comer es un lujo y cocinar es un problema

A pesar de achaques de salud y estar jubilados, José Carlos y su esposa Imilsis siguen trabajando. Ese dinero extra se evapora en la adquisición de alimentos

Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

En el verano de 1987 a José Carlos, ingeniero mecánico, después de dos años asesorando en Nicaragua la construcción de un central azucarero, le entregaron un apartamento de tres habitaciones en el reparto Alamar, al este de La Habana.

“Aquello fue una batalla campal. Personas que considerabas amigas me sacaron un montón de trapos sucios para que no me dieran la casa”, recuerda José Carlos.

Alamar fue un proyecto de urbanización erigido por brigadas de trabajadores sin conocimientos en la edificación de viviendas. En una antigua barriada con elegantes chalets, aquellos inmuebles de hormigón prefabricado fue un insulto al buen gusto.

“Era la época del realismo socialista y la necesidad provocó que se construyeran miles de edificios iguales, feos y chapuceros. Poco tiempo después, varios apartamentos tuvieron filtraciones y tupiciones por la mala instalación de los servicios sanitarios. A cada rato se desprende un trozo de hormigón del edificio. A las escaleras les faltan peldaños y pasamanos. En Alamar residimos muchos ancianos y es un contratiempo bajar y subir escaleras si necesitamos comprar algo o cargar una balita de gas para cocinar”, cuenta José Carlos, quien recibe una pensión de 4,700 pesos, equivalente a seis dólares en el mercado informal.

“Juntando el salario de mi esposa, ya jubilada, el de mi hijo y su esposa, ronda los 25 mil pesos (32 dólares al cambio actual). Una cantidad que solo alcanza para comprar pan, treinta libras de arroz al mes, cuatro o cinco libras de frijoles, seis libras de picadillo de pollo y algunas viandas. Si nos entra un dinero extra, conseguimos siete u ocho libras de muslos de pollo. Y para de contar”, dice el ingeniero jubilado.

José Carlos muestra fotos de hace diez años donde se aprecian las libras que su esposa y él han perdido. “Yo pesaba 184 libras y mi mujer 150. Ahora peso 152 libras y ella 130. Mi hijo y mi nuera también han bajado de peso. El único en la casa que desayuna, almuerza y come es el nieto. Pero no está bien nutrido, siempre tiene hambre”.

A pesar de achaques de salud y estar jubilados, José Carlos y su esposa Imilsis siguen trabajando. Ese dinero extra se evapora en la adquisición de alimentos, cada vez más caros. “José hace guardia tres veces a la semana en un negocio privado y yo le limpio la casa a una señora que me paga cinco mil pesos al mes”, aclara Imilsis. Pero si comer dos veces al día y desayunar es lujo inalcanzable para su familia, cocinar se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza.

"En el edificio, el gas es licuado. Y desde hace un año el Estado no lo vende. En 2021 daban tres balitas mensuales de diez kilogramos. Después daban dos, luego una sola. Ahora ninguna. Cuando no había apagones tan largos, cocinábamos con electrodomésticos. Pero en estos momentos solo tenemos luz cinco o seis horas al día. Y lo peor, tú no sabes a qué hora viene. Muchas veces llega la electricidad de madrugada. Y tienes que levantarte a poner la lavadora, hacer arroz o frijoles y no te alcanza el tiempo. No queda más remedio que cocinar con leña, carbón o con una caldero rústico de alcohol que inventó José Carlos”, explica Imilsis.

“Un saco grande de carbón no baja de dos mil pesos. Estamos comprando bolsas pequeñas de 300 pesos. Lo de la leña es como si viviéramos en la edad de las cavernas. Mi esposo sale con mi hijo a cortar ramas y trozos de árboles. Si los cogen, le ponen multas. Cocinamos en un descampado frente al edificio, que se ha convertido en una gran cocina colectiva: varias familias que viven en la zona ahí cocinan. La humareda es tremenda. Ese humo me ha provocado una conjuntivitis crónica”, dice Imilsis.

En La Habana, más de un millón 700 mil clientes dependen del gas licuado para cocinar. El menú habitual de la familia de José Carlos es una espumadera y media de arroz blanco, un cucharón de frijoles negros -el que menos condimentos lleva- un trozo de boniato hervido o una tajada fina de aguacate. La única proteína que consumen, dos veces a la semana, es una pequeña porción de picadillo de pollo importado de Estados Unidos o Brasil, a 600 pesos la libra en los mercados privados. Y un domingo al mes, un muslo de pollo por persona.

Cuando el dinero les alcanza, compran carne de cerdo y huevos, pero se los dejan al nieto. Imilsis aclara que para “desayunar, almorzar y comer, aunque sean alimentos de bajos nutrientes, una familia en Cuba necesitaría como mínimo más de cien mil pesos al mes (unos 130 dólares). A eso tienes que añadir una balita de gas mensual. La más barata cuesta 60 o 70 dólares en las MIPYMES, importadas de Estados Unidos. En total, como mínimo, necesitas 200 dólares al mes".

Muchas familias están aún peor. Yoasán, su esposa y dos hijos viven en una habitación pequeña, calurosa y sin ventanas en una ruinosa cuartería en el barrio pobre y duro de Jesús María, Centro Habana. A dos kilómetros, restaurantes de hoteles lujosos sin huéspedes, ofrecen camarones, langosta Thermidor y picañas de res.

Pero el dinero que Yoasán gana conduciendo doce horas diarias un bicitaxi, apenas le alcanza para una bolsa de pan de 500 pesos cada dos días. Su menún habitual consiste en arroz blanco, croquetas caseras, una vianda hervida o pepino en rodajas. “El plato fuerte está desaparecido en combate. La proteína que consumimos, cuando se puede, es huevo, a veces pollo. Como el aceite está tan caro, mi esposa nos da un huevo hervido por cabeza. Y el pollo lo desmenuza tanto que uno sabe lo que está comiendo”.

El bicitaxista no recuerda la última vez que comió carne de res o pescado. “Chocamos con la 'roja' si el fin de año podemos comprar un pedazo de puerco. Hasta nuevo aviso, los cubanos más pobres, estamos en una dieta forzada por el gobierno”. Yoasán considera que para alimentarse bien, una familia de cuatro personas necesita no menos de 200 dólares mensuales. “Y ni siquiera con esa cantidad se puede garantizar comprar alimentos de calidad. El hambre de los muchachos lo disminuimos con pizzas o panes con cualquier cosa”.

Un gran inconveniente para muchas familias en Cuba es que debido a los maratónicos apagones, tienen que comprar la comida cada día. “Eso ocasiona elevados gastos, porque el precio de los alimentos sube cada semana. Antes de los apagones de tantas horas, compraba una caja de pollo y 20 o 30 libras de lomo deshuesado. Mientras mayor cantidad de alimentos compres a precio mayorista te sale más barato”, expresa Indira, artista plástica.

“Tengo en la casa un refrigerador grande y aparte un congelador. En tiempos normales sin apagones, tenía garantizada la comida para dos o tres meses. Cuando vendía un lienzo, lo primero que hacía era comprar bastante comida. Pero ahora con los apagones de 15 y 20 horas diarias corres el riesgo de que se te echen a perder los alimentos. Tengo una estación portátil de energía, pero no da respaldo eléctrico las 24 horas al refrigerador ni al congelador. Estoy reuniendo para comprar un sistema fotovoltaico, que me respaldaría íntegramente la casa. Ese sistema cuesta más de ocho mil dólares”.

Incluso teniendo comodidades y una gama de electrodomésticos modernos, “cocinar es un inconveniente, en particular por los apagones, que no te permite usar electrodomésticos. Tengo gas de la calle, pero el servicio cada vez es peor. La llamita es tan tenue que para hacer frijoles o asar una carne me demoro cuatro o cinco horas. Pierdo demasiado tiempo”.

Mensualmente, en comprar comida para cinco personas, ella gasta alrededor de 250 mil pesos mensuales, 318 dólares en el mercado informal. “Con esa cantidad garantizas desayuno, almuerzo y comida diariamente, lo básico. Porque ni siquiera con 500 mil pesos puedes comer lo que quieras en Cuba”, confiesa Indira.

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