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WASHINGTON.- Vivir con las miserias que le prodiga el régimen cubano a la población es un acto heroico, pero permanecer 22 años en prisión por pensar distinto, en medio de torturas de toda índole, golpizas casi a diario, con hambre y sin ropa es la causa de que todavía el expreso político Basilio Guzmán se sienta en una cárcel a pesar de estar en libertad.

Este hombre de 80 años, nacido en una zona montañosa de Boca de Jaruco, en la provincia de Mayabeque, aún no se sobrepone a los horrores que padeció en cautiverio. Vive en Arlington, en el estado de Virginia (EEUU), junto a su esposa Pamela, una socióloga estadounidense quien ha sido su gran apoyo, y estuvo recluido en tres prisiones de la isla caribeña que es gobernada por el castrismo desde 1959.

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Guzmán fue uno de los llamados “plantados”, un grupo de reclusos que no aceptaba el uniforme que les pretendía imponer el régimen y, por consiguiente, algunos andaban desnudos o en “paños menores”, incluyendo mujeres. Tampoco se les permitía ver a sus familiares, ni ningún tipo de comunicación, encerrados en celdas con ventanas herméticamente tapiadas con planchas de acero y con un agujero en un rincón como única instalación sanitaria. La penumbra era su compañera permanente.

El cubano llegó a los Estados Unidos el 24 de junio de 1984, gracias a las gestiones humanitarias del reverendo Jesse Jackson, dos veces precandidato demócrata a la presidencia de EEUU, quien logró su liberación, la de otros 25 presos cubanos por razones políticas y 22 estadounidenses que estaban en poder del extinto dictador Fidel Castro. En ese entonces, Guzmán tenía 47 años y un mundo nuevo por descubrir.

El paredón de fusilamiento

Aunque han transcurrido tres décadas en el denominado “país de la libertad”, este opositor del castrismo recuerda los sucesos vividos tras las rejas y sus ojos adquieren un aspecto vidrioso. Algunas circunstancias pesan más que otras, y aún, tanto tiempo después, los sonidos de las armas utilizadas en el paredón de fusilamiento, el llanto y los gritos desgarradores de las víctimas, siguen ensordeciéndolo y nublándole el entendimiento.

Escuchar su relato pone los pelos de punta. Cuenta que estando en la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba, donde completó más de 14 años en dos etapas, escuchó durante varios días el lánguido llanto de un niño. Los interrogantes chocaban en su mente: “¿Qué hace un niño en este lugar? ¿Por qué lo trajeron aquí? ¿Qué van a hacer con él?”. Desde la celda donde se encontraba Guzmán, no tenía manera de ver hacia el pasillo central o las instalaciones vecinas.

“Era un niño que podría tener unos 12 años, por lo que supe más tarde”. Pero no había sido el único en ese centro penitenciario. Otros dos menores ya habían sido fusilados, sin una causa contundente, y el tercero sería ese que no dejaba de llorar un solo instante, recordó.

Con el propósito de interceder por el respeto a la vida del niño, Guzmán gritó todas las veces que pudo y pidió explicaciones hasta lograr la respuesta de un guardián: “Esos eran unos muchachos que estaban causando muchos problemas en Santiago de Cuba”. Esa misma noche, el llanto del niño fue ahogado por las balas de una dictadura marxista-leninista.

Otras vivencias

Respecto a la prisión de La Cabaña, en las afueras de La Habana, los recuerdos del expreso político parecen hacerse más densos en su mente.

Allí, donde estuvo aproximadamente tres años, fueron “muchos” los fusilamientos. En otra época, esa fortaleza colonial fue el centro de operaciones de Ernesto “Che” Guevara, donde fueron ejecutados centenares de reos, primero batistianos (seguidores del derrocado dictador Fulgencio Batista) y luego opositores anticastristas, condenados por contrarrevolucionarios.

“Cuando tú tienes una condena, y oyes cómo caen tus compañeros fusilados en los fosos de La Cabaña, imagínese cómo alguien puede dormir. Yo estaba en una galera, y mi celda tenía una reja atrás, arriba, que era como una ventanita. Y entonces escuchaba: ‘Apunten, disparen’ y luego la detonación”.

No fue una sola vez, y entre los presos ejecutados estuvieron dos de sus más entrañables amigos, “que hacían parte de una organización en la que luchamos en las montañas”, cuyas identidades prefirió mantener en reserva por respeto a sus familiares.

Pero también cayeron asesinados “muchos otros que no eran tan amigos míos, sino solo conocidos que estaban en la cárcel por no estar de acuerdo con Fidel”, dijo.

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Basilio Guzmán estrecha la mano del presidente George W. Bush.
Basilio Guzmán estrecha la mano del presidente George W. Bush.

Ataques sónicos

Basilio Guzmán fue uno de los expresos políticos que el 15 de noviembre pasado estuvo en un salón del edificio de los congresistas federales de los EEUU, en Washington, para presentar ante la Comisión Justicia Cuba su testimonio sobre las agresiones acústicas que sufrió en prisión, demostrando que no es nuevo lo ocurrido recientemente, de manera similar, a diplomáticos estadounidenses y turistas canadienses en La Habana.

Al hablar de este tema, el octogenario se lleva las manos a la cabeza y se apresura a tapar los oídos con las manos. Era lo que él y sus compañeros hacían durante una huelga de hambre en la cárcel de La Cabaña, cuando los guardias colocaban unas bocinas enormes en dirección a las celdas con ruidos altísimos que les causaban mareo, dolor de cabeza y pérdida de equilibrio.

Este fue uno de los momentos más crueles sufridos en carne propia por Guzmán. “Era como si nos estuvieran dando golpes o metiéndonos clavos en la cabeza. No podíamos taparnos los oídos, nos poníamos las manos, pero el ruido seguía penetrando; era un ruido ensordecedor. Luego quitaban el ruido y nos ponían el estribillo de ‘Los 10 millones de caña, van, van’ [alusivo a la Zafra de 1970, en Cuba] que tanta fama le dio Fidel, y no cumplió”.

Guzmán atribuye a las agresiones sónicas la muerte de dos de sus compañeros de cautiverio, quienes después de los ruidos “gritaban toda la madrugada, diciendo que la cabeza se les quería explotar”. Ocurrió así mientras realizaban otra huelga en la prisión de Boniato, dado que les habían suspendido el suministro de agua. Ibrahim Torres Martínez y “Estebita” Ramos –afirma– fueron llevados a un hospital y nunca más regresaron.

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El expreso político Basilio Guzmán en compañía del exembajador de EEUU ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, Armando Valladares.
El expreso político Basilio Guzmán en compañía del exembajador de EEUU ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, Armando Valladares.

Soledad y drama

Entre Arlington y Washington D.C., ciudades que divide el río Potomac, el opositor cubano tuvo una próspera compañía de remodelación de casas por más de dos décadas. Hoy recibe una pensión del Gobierno, hace “algunos trabajitos” y pasa la gran parte de su vida en el sótano de su casa en compañía de Deisy, una perrita “tan bien entrenada que solo le falta hablar”. Cuando Pamela regresa del trabajo, que pocas veces es antes de las diez de la noche, lo encuentra dormido al lado de su fiel “guardiana”.

Los días y las noches que pasó en prisión le enseñaron a amar la soledad, y a crear sus propios espacios, pero sigue sin poder superar un trauma que no lo deja vivir en paz. Muchas veces despierta sobresaltado, bañado en sudor o temblando de frío, creyendo que permanece en prisión. Son tan reales sus pesadillas que –asegura– al día siguiente siente los mismos dolores de las golpizas que recibía constantemente cuando estaba encerrado.

Seis días después de su arribo a los EEUU, un reporte de la agencia United Press, fechado el 30 de junio de 1984, retomaba las declaraciones de Guzmán al momento de pisar suelo norteamericano: “Me tenían en una celda sin ventanas de tres pies de ancho y seis pies de largo”. Hoy su casa es de tres pisos y con tal amplitud que podría albergar a un equipo de fútbol. Sin embargo, el cubano se siente perseguido por los fantasmas de un pasado que sigue marcando su presente.

Guzmán se levanta de la silla, su perrita Deisy marcha detrás moviendo la cola. El hombre espigado y de andar fatigado se dispone a preparar un expreso, porque el café cubano le causa una intensa acidez. “Yo mismo trato de decirme que ya estoy en libertad, que nada me falta, que hoy puedo ir a donde quiera. Pero no puedo mentirme ni mentirle a nadie. Yo todavía me siento en una cárcel de la que no he podido salir”.

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