CIUDAD DE MÉXICO.- La guerra contra las drogas en México arde de nuevo, la economía está estancada, el sistema de salud se tambalea y el presidente Andrés Manuel López Obrador, enfrentando presiones de Estados Unidos, ha tomado medidas enérgicas contra los migrantes centroamericanos.

Sin embargo, López Obrador, otrora conocido por su discurso furioso e irascible tras años de fallidas candidaturas presidenciales, ahora casi nunca pierde su sonrisa en las conferencias de prensa que celebra casi todas las mañanas desde que asumió el cargo el 1 de diciembre.

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De cierta forma, la suya es una presidencia de teflón: nada malo se le pega a López Obrador, porque él siempre sonríe y dice "amor y paz" a sus adversarios. Le ayuda el hecho de que la oposición está tan desacreditada, descorazonada y desorganizada sobre la mayoría de los temas que su voz ni siquiera se escucha sobre las palabras diarias del presidente.

Pese a sus frases joviales -“abrazos, no balazos” como forma de combatir a los cárteles de las drogas- una sombría realidad se está asomando, como con el asesinato de 28 personas en un incendio provocado en un club nocturno en la ciudad de Coatzacoalcos, situada en el estado de Veracruz, en la costa del Golfo de México.

El presidente se ha mostrado presto a atribuir la culpa a sus subordinados. Cuando un subsecretario de Gobernación fue a reunirse con grupos de civiles armados, muchos de los cuales están vinculados con bandas del crimen organizado, López Obrador dijo que desaprobaba las visitas, pese al hecho de que él ha respaldado ideas como diálogo y amnistía para algunos.

Su gobierno está dispuesto a declarar victoria y desentenderse de algunos problemas. El presidente lanzó su gobierno con una ofensiva contra los ladrones de combustibles y declaró el problema 95% erradicado, aunque el número de tomas ilegales en los oleoductos se ha mantenido constante y la cantidad de gasolina legal vendida no ha aumentado, algo que sería de esperarse si el mercado negro desapareciese.

López Obrador se las ha arreglado para centrar las noticias en sí mismo, usando sus conferencias de prensa diarias tanto como Donald Trump usa Twitter.

Hay un mensaje central de los primeros nueve meses de López Obrador en el cargo: Él está cerca del pueblo y lo escucha.

Sus conferencias matutinas son seguidas usualmente por visitas vespertinas a hospitales en pueblos pequeños, y los canales de televisión transmiten imágenes de muchedumbres fervientes, o a López Obrador comiendo en restaurantes locales.

“Este señor nos da mucha confianza”, dijo Eduardo Calvillo, que tiene un puesto en un mercado en un barrio pobre de la Ciudad de México, en el que Calvillo dice que hay nuevas lámparas de alumbrado público desde que López Obrador y un gobierno aliado local asumieron el mando. "Este señor se baja a ver dónde está el problema, a dónde está el conflicto y piensa algo para solucionarlo".

Fernando Hernández, un promotor inmobiliario de la capital del país, entiende las divisiones de clases, la furia ante la corrupción y la necesidad de cambio que le dieron a López Obrador la victoria en las elecciones. Él es oriundo del estado de López Obrador, Tabasco, en la costa del Golfo de México. Pero, dijo: "Realmente yo pensaba que iba a haber más coherencia en el cambio, más estudio, más capacidad”.

En lugar de ello, dice, López Obrador se ha mostrado renuente a escuchar críticas, sugerencias o consejos de expertos.

El presidente dice a menudo "yo tengo otros datos" cuando se le pide que explique discrepancias. López Obrador es obstinado y odia gastar dinero. Incluso redujo drásticamente los gastos del gobierno y los salarios de una forma que habría sido muy difícil para gobiernos conservadores.

Los recortes dejaron brevemente sin quimioterapia a niños enfermos de cáncer, lo que causó una manifestación en el aeropuerto de la capital.

"Lo que estoy viendo es que se están haciendo los recortes a machetazos", dijo Hernández. "La medicina pública está devastada por los recortes".

"Él es muy obstinado, él es muy bueno en lo que hace. Es un gran político, pero necesita oír, necesita enfocarse más en lo que le dicen”.

A López Obrador le gustaría ser juzgado por su principal promesa de campaña - combatir la corrupción- pero incluso en ese terreno, pese a su positiva reputación personal, la cantidad de contratos sin ofertas conferidos en los primeros nueve meses de su gobierno es similar a las de sus predecesores, dijo Ricardo Alvarado, investigador para el grupo cívico Mexicanos Contra la Corrupción.

López Obrador describe a muchos grupos no gubernamentales como el de Alvarado como fachadas de intereses conservadores y de negocios. Mexicanos Contra la Corrupción ha lanzado una serie de impugnaciones legales contra uno de los proyectos favoritos de López Obrador: convertir una base de la fuerza aérea en un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México. Esto sucede en parte porque el presidente canceló un proyecto más costoso para un aeropuerto cuya construcción ya estaba en curso y que grupos empresariales dicen tiene más sentido.

“Es una actitud política lo que le llevó finalmente a la presidencia. Desechar todo proyecto que no sea el suyo”, dice Alvarado.

Como Trump con su muro fronterizo, López Obrador está obsesionado con su gran proyecto de infraestructura: un tren que haga un recorrido turístico alrededor de la Península de Yucatán y que la mayoría de los expertos dice que no tiene sentido financiera ni ambientalmente.

Otro de sus proyectos favoritos es la recién creada Guardia Nacional, una mezcla de soldados y policías que él espera pueda combatir a los cárteles de la droga y delitos del fuero común.

Grupos de derechos humanos expresan preocupación de que las fuerzas armadas mexicanas, que han sido implicadas en abusos en el pasado, tengan ahora carta blanca.

"Hemos tenido un gobierno que ha sido pendular, que ha tenido al menos dos caras en esta materia” de derechos humanos, dice Santiago Aguirre, que dirige el centro de derechos humanos Miguel Agustín Pro.

Por un lado, López Obrador ha tratado de excarcelar a “prisioneros políticos” y de tomar más seriamente la búsqueda de los 40.000 desaparecidos en el país, pero por otro lado, ha relajado la supervisión civil de las agencias policiales.

Más que nada, a los expertos les preocupa que la estrategia contra la delincuencia no vaya a funcionar y que López Obrador, como sus dos predecesores, pase a la historia como alguien que no pudo ganar contra los cárteles de drogas.

“El problema de fondo hacia adelante es que la estrategia se reduce a poner botas en el terreno, a cubrir territorio”, dijo el analista de seguridad Alejandro Hope.

Dice que incluso si la Guardia Nacional consigue sus objetivos de reclutamiento, tendría apenas un agente por cada 1.000 habitantes el año próximo. “No da para mucho”, dijo.

Para muchos mexicanos, la fascinación de López Obrador con el pasado lo limita. A él le gustan los viejos baluartes de México: la industria del petróleo, el ejército y la agricultura a pequeña escala. También le llevó a llamar a su gobierno “la Cuarta Transformación”, comparándolo con la guerra de Independencia de 1810, el movimiento de reforma de 1857 y la Revolución de 1910.

De acuerdo con Hope, el problema para un país que necesita desesperadamente soluciones nuevas para problemas como el crimen, es que “no hay nada particularmente transformador en la Cuarta Transformación”.

FUENTE: Con información de AP

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