Introducción
Sobre el silencio u omisión sobre los años estudiados por este ensayo se monta uno de los pocos consensos entre los protagonistas del drama argentino
Introducción
Al momento de abordar la violencia política en la Argentina en las décadas pasadas y en especial la que se extendiera durante toda la década de los '70, se suele incurrir en visualizarla como un claro ejemplo de violencia terrorista mesiánica y “sin pueblo” por parte de las organizaciones armadas subversivas y de la existencia de un plan metódico de terrorismo de Estado (readaptando metodologías del denominado “método francés” aplicado en Vietnam y luego en Argelia). Desde ya, existen diversos argumentos y fundamentos para que esa afirmación tenga asidero y una amplia difusión. No obstante, cabría hacer una revisión crítica de esa generalización y brindar algunas ideas tentativas para un debate más profundo. Desde ya, asumimos que este es un tema que tiene y tendrá aún por muchos años un conjunto de pasiones, pujas ideológicas y posturas cruzadas e irreconciliables. Asimismo, no cabe reivindicar o subrepticiamente relativizar el abismo de violencia y crueldad en que cayó nuestra patria casi cuatro décadas atrás.
Si bien no corresponde a los objetivos de este escrito una descripción detallada y cronológica de las acciones y contracciones que se dieron en materia de violencia política en la Argentina desde fines de la década del '60 al regreso al poder del peronismo en 1973 y luego del mismo Perón pocos meses después, es necesario citar algunos casos testigo fundamentales:
1) el denominado “Cordobazo” en 1969 que comenzara a ser el principio del fin del Onganía y su gobierno “con objetivos y sin plazos”
2) el secuestro y asesinato del General Aramburu (lo cual a su vez fue otro motivo de tensión entre lo pro-Onganía y los pro-Lanusse) y la emisión de un Decreto en junio del mismo año en donde se establecía la pena de muerte para ciertos crímenes
3) los asesinatos de Alonso y Vandor
4) el ataque a La Calera.
Cabe recordar que el mismo General Lanusse sufriría en su entorno familiar y en el grupo de sus excolaboradores muertos de la mano de grupos de tareas de las FFAA durante el Proceso de Reorganización Nacional instaurado en 1976 (Lanusse, 1994). En este sentido, durante los Juicios a las Juntas Militares de 1985, una vez regresada la democracia, el testimonio del ex presidente Lanusse fue uno de los más duros y contundentes contra sus camaradas de armas.
Frente a esta escalada de violencia, con contundentes objetivos políticos, tal como lo demostraban los casos de Aramburu, Alonso y Vandor, el General Lanusse afirmó en un discurso de diciembre de 1970 que la Argentina está en guerra por el accionar terrorista, el cual es asimismo una nueva forma de conflicto armado en donde la clave pasa y pasará por conquistar los corazones y las mentes del pueblo. En este sentido, advierte que “el Ejército está en operaciones, pero no recurrirá al terrorismo” dado que “sería un error terrible en el plano político y moral”. Pocos meses después, el entonces Jefe del Ejército se haría cargo de la Presidencia de la Nación con un esquema de rotación cada dos años con las otras FFAA. De manera simultánea desde el Ministerio de Interior, Mor Roig impulsaba el denominado “Gran Acuerdo Nacional” o GAN partiendo de la idea de la necesidad de un período de transición de 4 años antes de convocar a elecciones libres. En el mismo 1971, el gobierno comenzará a activar conversaciones y negociaciones con el mismo Perón. De manera contemporánea en el país operarán 5 organizaciones subversivas, dos de orientación marxista (ERP y FAL, siendo la primera la más activa) y tres de orientación peronista (Montoneros, FAP y FAR).
En mayo de 1971 se estructura uno de los pilares de la lucha contrainsurgente, con la creación de un Tribunal Federal con jurisdicción nacional sobre ciertos delitos especificados en el Código de Justicia Criminal y Militar (Potash, 1994). La Cámara en lo Penal de la Nación estaba compuesta por nueve jueces y tres fiscales y a su vez dividida en tres Cámaras (con base en Buenos Aires). La misma ofrecía defensores oficiales a los acusados, cada parte presentaba un escrito, testigos y expertos, el debate era oral y abierto al público (salvo excepciones) y había un plazo límite para la preparación de acusaciones por parte del juez de instrucción y la sentencia de la Cámara (la cual no tenía apelación). El especialista en temas militares de la Argentina, Robert Potash, pondera la sustancial eficacia de la misma. De manera simultánea, y regresando a la línea argumental de Max Manwaring, la organización Montoneros parecía articular inteligentemente acciones armadas, reclutamiento de sectores populares y estudiantiles, un activo trabajo social de base y el desarrollo de un perfil discursivo e ideológico fuertemente ligado al regreso de la democracia y de Perón. Contando para ello con lo que este académico del Ejército de los EEUU no duda en definir como una ideología y retórica más nacionalista y populista que marxista así carente de ayudas sistemáticas y masivas por parte de la URSS y Cuba:
The Montoneros illustrate some important points regarding contemporary insurgency. First, they demonstrate the efficiency of mobilizing a mass support base within urban space. Second, they show that insurgentseither urban or rural-basedneed not be Marxists or Maoists, or even religious fundamentalists. Populists and nationalists may also become major players on the insurgency stage. Third, the Montonero experience illustrates that once an insurgent movement achieves a certain momentum, its leadership is not likely to accept “peace” as a viable alternative to armed struggle (Manwaring, 2004).
En el mismo año, la Junta de Comandantes emitirá una Directiva a las FFAA en donde se ordena pasar a la ofensiva en la lucha contra la guerrilla: 1) tomar la iniciativa y destruir sus organizaciones políticas y administrativas, neutralizar sus elementos y recuperar el apoyo de la población; 2) el Ejército asumiría el rol central en estas acciones. De manera casi simultánea, se aprueba la Ley 19081 que autoriza al Poder Ejecutivo a emplear a las FFAA para combatir la subversión bajo las disposiciones de la Constitución en Estado de Sitio. En este sentido, los civiles detenidos quedarían en manos de la Justicia. Por su parte, el Estado Mayor del Ejército recomendaba en un memo reforzar el rol y las capacidades de las policías e ir bajando el perfil de los militares en materia de contrainsurgencia. Desde el Ministerio del Interior y del mismo Ejército se advertía sobre las consecuencias que esta lucha tendría sobre las instituciones militares en el caso de que se recurriera sistemáticamente al accionar de grupos paramilitares e ilegales. La consigna del momento, al menos en la mente de los decisores, era evitar una escalada descontrolada de la violencia que terminara de enajenar la relación del poder militar con la ciudadanía e incrementara las opiniones de apoyo o indiferencia concesiva al accionar guerrillero.
El año 1972 marcaría una nueva escalada con el asesinato del General Sánchez y el secuestro y posterior muerte del empresario Sallustro. En el mismo año, se producirá el paradigmático caso de Trelew, en donde alcanzarán a escapar a Chile importantes líderes subversivos: Santucho, Osatinsky, Vaca Narvaja, Gorriarán Merlo, Menna y Quieto. Un juego de pinzas casi perfecto aumentaba la imposibilidad cada vez mayor del diálogo político entre el peronismo y el gobierno.
Tal como argumenta Gillespie, uno de los máximos especialistas sobre el fenómeno político y armado que representó Montoneros, esta organización llegó a ser la fuerza insurgente más numerosa y estructurada de América Latina en los años 70 (Gillespie, 2008). Ello se ve complementado, o tal vez es en parte explicación de lo anterior, por el origen básicamente no marxista leninista ni dependiente ni alineado con Moscú y/o Cuba tal como fueron las generales de la ley en casi todo grupo subversivo que se precie desde los años '60 en la región. En otras palabras, es un hecho que los militantes montoneros, en especial a partir de su pase a la clandestinidad en 1974, se sintieron más cómodos o seguros operando en México, Venezuela, París o Roma que en el bloque soviético. Aun en la misma Cuba, lugar de refugio y donde se depositó parte sustancial de la plata obtenida por el secuestro de los hermanos Born, las relaciones distaron de ser fluidas y cooperativas como uno podría asumir desde una perspectiva maniquea. En este sentido, amplios sectores del régimen cubano, no tan así los más ligados a las “fuerzas especiales” de las FFAA, expresaban sus resquemores y desconfianza por la raíz peronista, católica y en muchos casos seudofascista de varios de los máximos exponentes de Montoneros. A ello cabe agregar que a partir del ascenso al poder de la Junta Militar argentina en marzo de 1976, las relaciones entre ese gobierno y el Partido Comunista Argentino (PCA), estrechamente ligado a Moscú, no fueron un blanco privilegiado ni mucho menos de la represión antisubversiva. Aun más, algunos de los dirigentes comunistas más importantes no dudaron en calificar al entonces presidente de facto, el General R. Videla, como un “General democrático”. Por si esto fuese poco, a partir de las sanciones impulsadas por los EEUU a partir de 1978 contra la URSS por la invasión de Afganistán, la Junta Militar argentina rechazó sumarse al embargo y ello derivó en un fuerte incremento de las exportaciones de granos hacia la potencia soviética. El entonces poderoso Ministro de Economía y figura clave del establishment conservador-agropecuario, A. Martínez de Hoz, advertía que “por un lado van los negocios y por el otro la ideología” (una frase que el propio Chávez podría usar como paraguas retórico a sus exportaciones petroleras a los EEUU…). En un contexto de mala relación entre la Junta Militar y la administración del presidente J. Carter por la cuestión de las violaciones a los DDHH, el régimen de Cuba se negó a condenar a la Argentina en diversos foros internacionales tales como las Naciones Unidas. Las delegaciones argentinas pagaban el gesto con la misma moneda.
Regresando ahora con más detenimiento a las raíces ideológicas o sistemas de ideas de Montoneros, no cabe duda de que para la década de los 70 la Organización se había transformado en una síntesis y entrecruzamiento de nacionalismo, integrismo católico (Bardini, 2002), marxismo-leninismo, maoísmo y populismo peronista. Tal como hemos visto a lo largo de otras partes de este ensayo, existen antecedentes de sectores peronistas con claras ligazones con ideologías más afines al comunismo desde fines de la década de los 50 y más concretamente comienzos de los 60. El caso más conocido es el de J. W. Cooke y más adelante de figuras como las de uno de los padres fundadores de Montoneros tal como sería R. Quieto. Aun así, y sin desconocer estas influencias de izquierda y de teología de la liberación, no caben dudas acerca de las fuertes particularidades de la organización Montoneros. Cabe partir de algo fundamental y al mismo tiempo elocuente: su bandera. La misma, a diferencia de los tradicionales símbolos revolucionarios rojos y con estrellas de cinco puntas y alguna que otra AK en el diseño, era una bandera argentina celeste y blanca con el centro signado por una “estrella federal” (en la simbología argentina, un neto recuerdo de los caudillos conservadores de la primera mitad del siglo XIX y, en especial, de un ídolo del nacionalismo argentino de base católica tal como lo es el General Juan Manuel de Rosas) cruzada por la imagen de un fusil FAL (no una AK…) y una Tacuara o lanza (arma tradicional de las “montoneras” federales que constituían la forma de ataque a campo abierto de los antes citados caudillos federales en su lucha contra los “liberales”, “salvajes unitarios” y “afrancesados” como se decía en la época). La propia estética personal de muchos de los líderes históricos de Montoneros nos mostraría un corte de pelo estilo militar, en muchos casos herencia de sus trayectorias en liceos militares, el uso de gel o “gomina”, la ausencia de barba y, en diversas ocasiones, la tradicional campera de cuero negra. Una imagen que para algún desprevenido turista europeo, en especial italiano o español, lo llevaría a pensar que está asistiendo a algún grupo neofascista o falangista. Cabe destacar, que en una de las últimas entrevistas concedidas por R. Galimberti, una de las máximas figuras de Montoneros desde comienzos de los años 70, antes de su muerte en el año 2002, ya en su condición de empresario ligado a los ex secuestrados hermanos Born (Larraquy & Caballero, 2000/2003) y con negocios en materia de seguridad con ex agentes de inteligencia de los EEUU de la mano de la compañía “Universal Control”, el autor de la nota destacaba cómo el ex subversivo siempre llevaba en su pantalón un llavero que tenía una reproducción de la “Cruz de Hierro” del Ejército alemán de la primera y segunda guerra mundial (Página/12, 2002).
Esta brumosa frontera entre izquierda y derecha que contiene el origen y desarrollo de Montoneros se remonta a la interpretación que varios libros y especialistas han realizado sobre su primer gran ataque. O sea, el secuestro y asesinato del General E. Aramburu en 1970. En este sentido, ha sido recurrente la hipótesis de niveles de cooperación táctica y aun estratégica entre algunos de los jefes y fundadores de Montoneros y los sectores más ligados a la derecha católica nacionalista de los servicios de inteligencia del Ejército y grupos civiles (Fraga & Pandolfi, 2005; Giussani, 1997). Cabe recordar que el mismo Aramburu y el Almirante Rojas fueron en 1955 personajes claves en el derrocamiento de Perón y luego del General E. Lonardi. Este último era un fiel exponente de grupos militares nacionalistas y católicos que compartían parte sustancial de ciertas agendas sociales y de política exterior del peronismo. El lema de Lonardi de “ni vencedores ni vencidos” parecía ser compatible con la bronca y el espíritu de revancha de los grupos civiles y uniformados de tendencia liberal o conservadora antiperonista.
Sin adentrarnos en un campo que requiere un estudio más amplio y detallado y que no hace el tema central del presente ensayo, cabría recordar la experiencia política, ideológica y armada que tuvo el fascismo italiano durante el interregno de “la República de Saló” (1943-1945). Un fascismo que recuperó, y en muchos casos radicalizó algunas de sus banderas originales (1919-1922) y que debió ir diluyendo posteriormente para no ser un factor de temor en el establishment económico y la monarquía italiana. Nos referimos a una retórica con una fuerte carga capitalista, proclase trabajadora y con fuertes rasgos socializantes o hasta socialistas. En este punto, no cabría olvidar los antecedentes socialistas del propio Mussolini. En el caso del falangismo español, su influencia en la Argentina tiene un momento clave en el ascenso de Perón a figura clave del gobierno militar (1943-45) y sus dos primeras presidencias (1946-1955) y la adopción, entre otras cosas, de una legislación laboral y sindical fuertemente influenciada por el ideario de la Falange en la década del '20 y '30 así como por la Carta del Lavoro del fascismo italiano.
Tal como citamos y desarrollamos en otras secciones de este escrito, el fenómeno político y social del peronismo en la Argentina a partir de la primera mitad de los años 40 debilitó radicalmente la posibilidad de un ascenso o avance de organizaciones y partidos ligados a matrices comunistas y socialistas o socialdemócratas. Esta originalidad histórica, posiblemente viabilizada por el importante desarrollo socioeconómico y productivo del país vis-à-vis el resto de América Latina que presentaba la economía argentina, es un factor imposible de obviar para entender y reconocer las características básicamente no marxistas y no prosoviéticas de la organización Montoneros.
Con el objeto de ser justo con la realidad de los hechos, tal como solía decir Perón: “la única verdad es la realidad”, no se debería obviar la dosis de influencia marxista o de izquierda que tuvo Montoneros. Autores como P.H. Lewis destacan cómo posteriores figuras claves de esta organización, tales como R. Quieto y M. Osatinsky, provenían de la izquierda marxista y tenían fluidos contactos con Cuba. Al respecto, el autor recuerda la reunión de enero de 1966 en Cuba a donde asistieron figuras de la resistencia peronista como J. W. Cooke y fundadores de lo que luego sería Montoneros tales como E. Maza, F. Abal Medina, N. Arrostito y R. Quieto (Lewis, 2002). Será más adelante, a comienzos de los 70 que un conjunto de grupos armados de izquierda de la Argentina se fusionará (y quedará absorbido) por Montoneros y todo ello con el visto bueno del mismo Perón, el cual los apodará “formaciones especiales”. No así fue el caso del otro grupo más importante de la Argentina, si bien mucho más foquista, elitista y mesiánico y de tendencia trotskista, tal como fue el ERP. Los líderes de este grupo armado consideraban a los Montoneros como “bonapartistas” y “falsos revolucionarios”.
La estructura política y militar de Montoneros no dejaba duda sobre la influencia del pensamiento militar y de “liceístas” en sus mandos: las unidades de combate se denominaban “Comandos” y contaban con células capaces de combinarse y formar unidades más grandes. Con posterioridad, se formarían los grupos de “milicianos”, los cuales tenían a su cargo las tareas de respaldo logístico y operativo. Los cuales actuaban en la semiclandestinidad. Mientras tanto, el aparato político-legal de la organización estaba dividido en ocho regiones. Según Lewis, las cifras sobre la cantidad de guerrilleros que llegaron a operar en la Argentina van desde un máximo de 20 mil hasta un mínimo de 6 mil. Con una relación de 5 a 1 y hasta 10 a 1 entre Montoneros y el ERP. En lo que respecta a la actividad armada de las guerrillas entre 1969 y 1970, momento de la creación formal y lanzamiento a la luz pública con el secuestro y asesinato del General Aramburu y figura clave del derrocamiento de Perón de 1955, se produce un fuerte incremento pasando de 100 casos a 400, luego 600 en 1971 y 745 en 1972. Entre 1969 y 1973 la mayor parte de los ataques guerrilleros eran contra bienes y en menor cantidad contra personas. Ello se revirtió fuertemente a lo largo de 1973-76. Se estima que en el período 1969-1975 la subversión provocó un total de 523 muertos y en su gran mayoría militares y policías.
Un capítulo aparte en el libro de Lewis lo ocupan sus referencias al período del General Lanusse como presidente y jefe del Ejército. Afirma que la aplicación del programa contrainsurgente logró muchas e importantes capturas. Entre otros, los jefes del ERP (Santucho y Gorriarán Merlo) y varios de los líderes de Montoneros (Quieto, Osantinsky, Arrostito, Vaca Narvaja, etc). También se logró abatir a importantes figuras de los grupos irregulares, tales como Navarro, Olmedo y Capuano Martínez. Durante esos años, se habría producido una escasa cantidad de desaparecidos. Muchos de estos guerrilleros fueron enviados a la prisión de Trelew en el sur argentino, en donde se producirá el escape hacia el Chile de Allende de 25 de ellos y el posterior fusilamiento de 16. Evento que marcó un antes y un después en la historia de la violencia guerrillera y antiguerrillera en la Argentina. Según algunos análisis, sectores duros antiperonistas buscaron condicionar con estas ejecuciones las negociaciones que desde 1971 venían desarrollando emisarios de Lanusse con Perón. Mientras la estrategia contrainsurgente de ese período buscaba debilitar al máximo a los grupos armados de la izquierda peronista y del ERP, se abrían canales de diálogo con los sindicados ortodoxos peronistas también enfrentados con la guerrilla (cabe recordar los asesinatos por parte de la guerrilla de líderes sindicales como Vandor y Alonso en 1969 y 1970). En su lugar, Perón usaba a la guerrilla para presionar y mejorar su espacio de negociación con el gobierno. Este respaldo y el “dejar hacer” del líder del peronismo tienen su máxima expresión en la elección de J. J. Cámpora, hombre de estrechos lazos con Montoneros, como candidato presidencial peronista para las elecciones de comienzos de 1973 y la entronización de Galimberti como jefe de la poderosa Juventud Peronista (Bonasso, 1997). La victoria de Cámpora será con un 49,5% de los votos y en su asunción la Plaza de Mayo estará copada por gruesas columnas de Montoneros y la JP. En la misma noche, se produjeron la liberación y posterior amnistía de gran cantidad de guerrilleros detenidos en Villa Devoto.
Para junio 1973 y ya luego de la reprimenda pública aplicada por Perón a Galimberti por su referencia a la necesidad de reemplazar a las FFAA por “milicias populares” y la existencia de claros síntomas de la pérdida de confianza de Perón en Cámpora, el cual luego abandonaría la presidencia y la dejaría temporalmente en las manos del Presidente de la Cámara de Diputados R. Lastiri (yerno del todopoderoso J. López Rega), el líder máximo del movimiento regresa al país. Será en ese mismo momento en que se enfrentaran a fuego cruzado los grupos de seguridad que respondían a J. Osinde y la organización Montoneros (Verbitsky, 1986). En septiembre de 1973 Perón ganará las elecciones con más del 60% de los votos y dos días después sería asesinado Rucci. Será en ese momento que comenzará a tomar fuerza, o saldrá más claramente a la luz, la organización AAA. Según Lewis en la creación de este grupo parapolicial de ultraderecha participarían figuras tan variadas como J. López Rega, J. Osinde, M. Seineldín y O. Paladino (Bonasso, 1997; Verbitsky, 1986; Larraquy, 2004).
El golpe de Estado que dará final formal al “primer peronismo” en 1955, derivó en la proscripción de ese partido y la detención y exilio de numerosos miembros del mismo. Será en este escenario que se desarrollará la denominada “resistencia peronista” que se mostrará activa en los años inmediatamente posteriores a la caída de su líder. Todo ello, cabe recordar en un escenario aún no signado por los efectos ideológicos y geopolíticos de la revolución cubana de 1959 y su correlato en el desarrollo de doctrinas insurgentes y contrainsurgentes que signarían las décadas posteriores. No casualmente, las FFAA argentinas se erigirían en una verdadera vanguardia en la obtención, traducción y adaptación de los manuales y escritos contrarrevolucionarios y contrainsurgentes emanados de la Francia de la segunda mitad de los 50 en el contexto de la traumática derrota en Vietnam y la guerra en Argelia. En este contexto, a pocos años del golpe de 1955, oficiales superiores del Ejército argentino se pusieron en contacto con ese material que recomendaba afrontar de manera descarnada y decisiva los procesos insurgentes y de violencia guerrillera. Por lo tanto, entre 1955 y 1959 el principal factor de riesgo o amenaza que veía el establishment militar y político-económico argentino era la actividad del peronismo en la clandestinidad y no el marxismo leninismo-guevarista. Solo en los años '60 ello comenzaría a mutar y si se orientaría al peligro del derrame de la experiencia castrista-guevarista en Cuba y el tan famoso “domino comunista”. No por ello la persistencia del peronismo como “veto player” entre 1955 y 1973 dejará de ocupar un lugar predominante en la atención y en la planificación de la seguridad interior. Ya en los 60 y más claramente en los 70 el “conventional wisdom” tendería a ir borrando las divisiones entre la necesidad de asumir y enfrentar a los subversivos de tinte marxista y los de orientación u origen peronista.
Con el objeto de precisar un poco más los orígenes de la doctrina contrainsurgente en la Argentina, cabe recurrir a la obra del D.H. Mazzei (Mazzei, 2004). En un meticuloso artículo el autor afirma que tras la caída de Perón en 1955 el nuevo gobierno pasará a retiro a 500 oficiales y a miles de suboficiales de las FFAA y en especial del Ejército. Asimismo, se comenzaría a buscar ir reemplazando la “Doctrina de Defensa Nacional” acuñada por el peronismo desde 1946 centrada básicamente en el desarrollo nacional y la relación pueblo-FFAA con un claro énfasis en la defensa del territorio nacional frente a eventuales agresiones externas por parte de otros Estados. Los sectores “liberales” y/o “conservadores” pos-1955 se comenzarán a interesar más y más por el fenómeno de la insurgencia y contrainsurgencia. En este escenario, se irá reforzando la influencia militar francesa en la Argentina. El eje de este cambio tendrá base en la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino. Su tradicional énfasis en los estudios históricos y de grandes batallas pasará a estar más orientado a la cuestión de las revoluciones, guerrillas y formas de contrarrestarlas. En esta mutación tuvo un papel preponderante el coronel Carlos Jorge Rosas. Un prestigioso oficial de arma de ingenieros y agregado militar en Francia hasta 1955, o sea, un año después de la derrota gala en Vietnam y en el alba de la crisis de Argelia.
Será en 1957, año en que el Coronel Rosas y otros oficiales interesados en la contrainsurgencia pasan a prestar servicio como profesores en la Escuela Superior de Guerra, que se dará la famosa “batalla de Argel” y el rol y métodos no convencionales de los paracaidistas franceses (inmortalizados en la película italiana del mismo nombre). En el mismo año, una misión militar francesa pasará a cumplir actividades en la Escuela. Entre algunos de los oficiales franceses, se destacan F.P. Badue, P. Jacobe de Nourois y J. Nogués. Estos militares galos escribieron numerosos artículos y ensayos en la revista de la misma Escuela. Entre los cursantes argentinos figuraban oficiales como R. Camps y A. Vilas. Asimismo, grupos de oficiales argentinos, como P. Tibiletti y C. Hure, asistieron a cursos de formación en contrainsurgencia y guerra revolucionaria en Francia y más específicamente en la Escuela Superior de Guerra de París. Durante la crisis en Francia y en Argelia de 1958, algunos de estos oficiales argentinos fueron autorizados a viajar a la entonces colonia africana como observadores y asistentes.
El teniente coronel M. Mom escribía a su regreso a la Argentina lo que podría ser considerado uno de los primeros y verdaderos manuales contra la guerra revolucionaria en este país del Cono Sur. Si bien en gran medida inspirado en obras vistas por él en Francia. Cabe hacer notar que el escrito de Mom repite, según Mazzei, la tendencia francesa postrauma de Indochina de ver al comunismo y al marxismo internacional detrás o como titiritero de todo grupo o guerra revolucionaria. En 1962 el ciclo de la misión militar francesa en la Escuela se cierra con un artículo del coronel J. Nougués en donde se hacía un balance positivo y optimista de la tarea desarrollada por ellos en la Argentina desde 1957. En este sentido, se declaraba satisfecho por “los avances teóricos y prácticos” del Ejército argentino en la materia. Para ese mismo período, esta Fuerza desarrollará la primera organización territorial basada en “cuadrículas” de manera semejante a la implementada por Francia en Argelia. El famoso Plan CONINTES de 1960 destinado a enfrentar casos de conmoción interior y en especial la agitación peronista y marxista fue nutrido en gran medida de estas experiencias franco-argentinas. También en 1962 el entonces coronel Osiris Villegas publicará el clásico “Guerra revolucionaria comunista” y se transformará en uno de los principales teóricos hemisféricos en el tema.
Por todos estos antecedentes y peculiaridades no es ilógico que la organización Montoneros haya priorizado y desarrollado exitosamente su reclutamiento y movilización de cuadros y masas entre 1970 y 1974 y evitado (o mejor dicho, postergado) las tradicionales taras del foquismo y sus tendencias elitistas, militaristas y mesiánicas. O el “síndrome de bunker”, tal como notablemente analiza Della Porta, y que se repitiera en grupos subversivos de América Latina y aun Europa Occidental, en especial los casos de Italia y Alemania en los 70 (Della Porta, 1990; Gillespie, 2008). Al decir “postergar” hacemos referencia a la frontera temporal que se genera a partir de 1973, se profundiza en 1974 meses antes de la muerte del General Perón ya en ejercicio de su tercera presidencia y se radicalizará aun más después de su muerte y el paso a la clandestinidad de Montoneros. ¿A qué se debió que una organización política, social y armada de masas como demostraron ser los montoneros, con particular fuerza entre 1973-74, y que alcanzara a colocar a un hombre su confianza, J. J. Cámpora en la Presidencia de la Nación, más de una decena de diputados y gobernadores afines en provincias claves como Buenos Aires y Córdoba quedara con el tiempo reducida a una mínima expresión e inmersa en todos los síndromes descriptos por la autora italiana antes citada? Cabría recordar los errores de cálculo estratégico que se produjeron, tales como la famosa declaración de Galimberti luego del triunfo peronista en las elecciones de 1973 con respecto a la necesidad de reemplazar a las FFAA por “milicias populares”, el posterior y aun poco claro asesinato de J. I. Rucci máximo líder del sindicalismo ortodoxo y hombre de confianza de Perón. A ello, otros observadores suman el impacto que generaron en el propio Perón los ataques guerrilleros a gran escala (básicamente por parte del grupo marxista ERP liderado por Santucho) y de gran crueldad e impacto mediático tal como fue el caso del Regimiento de Azul. Una explicación más amplia y sistémica es, a nuestro entender, el rol que Montoneros cumplía en la estrategia holística y de larga duración montada por Perón pos-1955 para condicionar la vida política argentina y forzar su regreso. En especial a partir del “rush” final entre 1969 y 1973. El papel de Montoneros en la mentalidad del conductor del peronismo era ser los “dientes” y la “rabia” de un plan insurgente más amplio, sofisticado y sin ideologías nítidas que incluyo el coqueteo y pactos tácticos o estratégicos con personajes ligados a todo tipo de izquierda marxista, nacionalismo y aun partidos políticos y sectores sociales que en su momento habían sido claramente antiperonistas y pro golpe de 1955. En la visión de un líder personalista, pragmático y que siempre se vio a sí mismo primero como un líder militar y soldado, esos “dientes” no debían pasar a ocupar el rol del “cerebro y brazos” del movimiento. Esa “rabia” de la “juventud linda y rebelde”, una vez logrado el propósito de hacer volver al peronismo al poder, debía dar lugar a opciones más políticas, moderadas y centristas. Un repaso por las relaciones políticas e ideológicas de su Secretario Privado y personal, J. López Rega, un ex cabo de la Policía Federal y miembro de la Lógia Masónica y neofascista P2, es un claro indicio de la pluralidad y rivalidades ideológicas y proyectos de poder que convivían alrededor del “Perón Vuelve”. Diversos testimonios dan cuenta de cómo las grabaciones y en menor medida las películas enviadas por Perón desde el exilio podrían ser consideradas verdaderos manuales de insurgencia con objetivos amplios y no meramente tácticos y militarizados. Evitando en todo momento caer en visiones foquistas y excesivamente tácticas y armadas de los manuales de la insurgencia marxista en América Latina tales como los casos de los escritos del Che Guevara y Marighella.
Retomando el dicho “dime de quién te rodeas y te diré quién eres”, cabe recordar que el hombre designado por Perón para dirigir el dispositivo de seguridad en su esperado regreso a la Argentina fue el Teniente Coronel J. Osinde. Un peronista reconocido por su ortodoxia y militancia antimontonera y anticomunista. Sin olvidarnos tampoco del nombramiento en el tercer gobierno peronista del General O. Paladino a la cabeza de los servicios de inteligencia del Estado. Otro militar con un perfil radicalmente distante de la “patria socialista” y “si Evita viviera sería Montonera” y ni qué decir del marxismo-leninismo. La historia posterior nos mostrará cómo la letal AAA surgirá con el auspicio directo de figuras clave del mismo gobierno justicialista de aquel entonces.
De más está decir que no pretendemos equiparar la lucha antiguerrillera de los primeros años de la década de los '70 con el exitoso método llevado a cabo por democracias maduras como Italia y Alemania en la lucha contra el terrorismo o de la misma España en el debilitamiento de la estructura armada de la ETA, dado que se trataba de un período no democrático y con vigencia parcial de la Constitución. No obstante, sí son claras las diferencias entre la versión argentina del “método francés” que regiría claramente a partir de 1976. En algún punto intermedio y poco explorado parece estar el caso argentino en esos años previos al regreso de Perón.
La violencia insurgente se extenderá durante el año 1973, tanto antes como después de las elecciones que derivarían en el triunfo del Cámpora y el posterior del General Perón. En el medio de ellos, en mayo, se producirá la amnistía a los acusados de actividades guerrilleras. Lo que vendrá después es ya más conocido y difundido: el asesinato de Rucci, el ascenso de la Triple A, el choque de Perón con Montoneros, la búsqueda del mismo Perón de recomponer en parte el diálogo con ellos, la posterior muerte del líder indiscutido del peronismo, el gobierno de Isabelita, el paso a la clandestinidad de Montoneros, el foquismo del ERP en Tucumán, el Operativo Independencia, la articulación y preparación por parte de las FFAA de lo que será la división de tareas en la lucha contrainsurgente en los dos años previos al golpe de 1976, la llegada del Proceso de Reorganización Nacional, la aplicación de un plan metódico de aniquilación del accionar subversivo, las fuertes pujas internas entre el Ejército y Armada y dentro del mismo Ejército, las acusaciones desde sectores de esta fuerza a un pacto entre Massera y grupos Montoneros a partir de 1978-79, la contraofensiva fracasada de Montoneros, el rol de asesoramiento argentino en Centroamérica en la articulación de los “Contras” y la percepción de haberse constituido en aliado preferencial de Washington a partir del gobierno de Reagan, recuperación de las Malvinas y la posterior guerra y, finalmente, la transición por ruptura hacia el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Tal vez esta catarata de acciones y tragedias pueda ser un poco mejor entendida incorporando este período también conocido, pero claramente menos debatido y mirado, propuesto en este breve escrito.
Max Manwaring (Manwaring, 2004) afirma en uno de sus ensayos que el caso argentino es un claro ejemplo de cómo no hacer subversión y contrasubversión. Advirtiendo que mientras los insurgentes cayeron en una lógica violenta, foquista y sin bases populares, la represión estatal derivó en una práctica de terrorismo de Estado que no pensó estratégicamente sobre las consecuencias a largo plazo. ¿Fue de hecho así? Tal como argumentamos en el primer párrafo, no cabe duda de que ello explica claramente lo que se dio en una parte del período analizado. Pero quizás no en todo. ¿A qué nos referimos? La afirmación de Manwaring claramente se podría aplicar en gran medida a la actividad armadas de grupos extremistas de extrema izquierda marxista como el ERP durante toda su existencia y a la Organización Montoneros, paradójicamente, a partir de los primeros meses del regreso del peronismo al poder en 1973 y aun más claramente en 1974 con el paso a la clandestinidad y el choque frontal con la administración justicialista en el poder hasta 1976. Pero ¿qué de la actividad montonera entre 1970 y 1973? Una somera revisión, tal como lo hemos visto previamente, parece demostrar una fuerte preocupación y ocupación por tener fuertes lazos con sectores populares, organizaciones sociales, sindicatos, etc.
En lo que respecta a la represión antisubversiva, la máxima de Manwaring se aplica claramente al período iniciado en 1976 y aun a los dos años anteriores a partir de un fuerte incremento de la actividad de organizaciones paramilitares. No resulta tan claro en cambio si uno extiende la mirada a 1970-1973. Durante esos años, no es evidente la existencia de un plan metódico de terrorismo de Estado y sí en cambio la recurrencia a medidas judiciales extraordinarias que derivaron en la detención y procesamiento de centenares (sino miles) de personas acusadas de actividades subversivas entre las que se destacaron numerosos miembros de las cúpulas del ERP, FAR y Montoneros. Desde ya que al lector le vendrá a la mente el contraejemplo de lo sucedido en Trelew en 1972. No obstante, la propia conmoción que produjo este hecho es una muestra de que la doctrina aplicada en general en esos primeros tres años de la década distaba de ser la aniquilación extrajudicial.
La poca prensa, análisis y debate de la insurgencia y la contrainsurgencia entre 1970 y 1973 podrían ser explicados por el impacto que tendría este período sobre los relatos lineales y sin matices que los “dos bandos” de la guerra sucia se han creado a lo largo del período iniciado en 1976. Paradójicamente, sobre el silencio u omisión sobre los años estudiados por este ensayo se monta uno de los pocos, si no el único, consensos entre los protagonistas del drama argentino.
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Fabián Calle. Licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, MA en RR.II. Flacso, MA en RR.II. Universita di Bologna, candidato a Doctor en Historia en la Universidad Torcuato Di Tella. Profesor en la Universidad Católica Argentina, Universidad Torcuato Di Tella, Universita di Bologna y Universidad Empresarial Siglo 21.
Publicado en el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²).
