La pandemia cambió la historia. No solo sacudió el orden mundial, sino que rediseñó el mapa de salud y nos dejó varias interrogantes que aún los científicos se esfuerzan por dilucidar.
Según la OMS, la condición pos-COVID-19 aparece en personas cuyos síntomas duran generalmente tres meses después del inicio de la enfermedad
La pandemia cambió la historia. No solo sacudió el orden mundial, sino que rediseñó el mapa de salud y nos dejó varias interrogantes que aún los científicos se esfuerzan por dilucidar.
Para millones de personas, el COVID-19 no terminó cuando la prueba finalmente marcó negativo. Después de vencer la enfermedad, vemos síntomas como la falta de aire, la tos seca y la imposibilidad de recuperar la resistencia física de antes.
Y es que la pandemia dejó una realidad inesperada: pacientes que parecen haberse recuperado, pero cuya función pulmonar continúa alterada.
Entidades como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU (NIH por sus siglas en inglés) coinciden en que el llamado “long COVID” o “COVID persistente” es un problema de salud pública con consecuencias respiratorias todavía poco estudiadas.
Según la definición de la OMS, la condición pos-COVID-19 aparece en personas con infección confirmada o probable por SARS-CoV-2 y cuyos síntomas duran al menos dos meses (generalmente tres meses después del inicio de la enfermedad) sin que exista otra causa que los explique. La dificultad para respirar, la fatiga y los problemas cognitivos se encuentran entre las manifestaciones más comunes.
Para los CDC, el “long COVID” implica síntomas que se prolongan, reaparecen o empeoran, y que pueden afectar múltiples órganos, entre ellos los pulmones, incluso después de casos inicialmente catalogados como leves.
El COVID-19, en su etapa más intensa, puede causar una inflamación severa del tejido pulmonar, provocar una neumonía viral y también el síndrome de dificultad respiratoria aguda. Como explica el Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre (NHLBI por sus siglas en inglés), cuando la infección provoca un daño importante en los alvéolos, el ciclo de cicatrización puede ser más extenso. Muchas personas se pueden recuperar sin secuelas; pero otras desarrollan alteraciones en la difusión de oxígeno, áreas de fibrosis y engrosamiento del tejido.
Muchos estudios han documentado cambios pulmonares que persisten durante meses, incluso en personas que no tuvieron que ser ingresadas en hospitales. Por ejemplo, ciertos pacientes que tuvieron fibrosis en los pulmones después de tener el virus experimentaron problemas en el funcionamiento vascular a causa de microcoágulos, así como inflamación persistente.
La American Lung Association describe casos de personas jóvenes y previamente sanas que, tras la infección, tienen dificultades para subir una escalera o caminar distancias cortas sin detenerse a recuperar el aire. En muchos casos, su capacidad pulmonar medida por pruebas especializadas, como la capacidad de difusión, aparece reducida pese a que no existían antecedentes respiratorios.
Pese a que suele considerarse un problema más frecuente entre quienes tuvieron una infección grave, los NIH han indicado que tanto las infecciones leves como las severas pueden dejar secuelas pulmonares.
La iniciativa NIH RECOVER, encargada de estudiar el impacto prolongado del virus, logró identificar factores asociados a un mayor riesgo. Como apunta, estos son: un proceso inflamatorio inicial más intenso, la edad media y la presencia de comorbilidades previas.
Pero uno de los hallazgos más desconcertantes es que muchas personas sin factores de riesgo aparentes también desarrollan complicaciones respiratorias persistentes. Esto significa que incluso adultos jóvenes, deportistas o personas sin antecedentes pulmonares pueden experimentar una reducción significativa en su resistencia, fatiga respiratoria al mínimo esfuerzo o tos persistente que se extiende durante meses. Asimismo, algunos pacientes mejoran de forma progresiva, mientras otros permanecen estancados o desarrollan síntomas crónicos. De ahí que aún quede mucho por aclarar al respecto.
Un análisis de los CDC publicado en su serie MMWR encontró que una proporción considerable de adultos, independientemente de la gravedad de la infección inicial, desarrolló al menos una condición potencialmente atribuible al COVID, incluidas complicaciones respiratorias.
Sí, los científicos han avanzado en el estudio del daño respiratorio pos-COVID. Pero aún no existe una explicación contundente que incluya todos los casos. Una de las hipótesis más aceptadas es la persistencia de la inflamación.
Algunos estudios respaldados por los NIH señalan que el sistema inmunológico, activado de forma intensa durante la infección, puede no “apagarse” completamente, y esto genera un estado inflamatorio capaz de provocar daño o hipersensibilidad en las vías respiratorias.
Otra posibilidad en la investigación se centra en el impacto vascular. Es decir, el COVID-19 es, además de una enfermedad respiratoria, una enfermedad vascular y ha demostrado producir microtrombos (microcoágulos) que interfieren con el intercambio gaseoso. Aunque estos no siempre se observan en tomografías convencionales, pueden explicar la persistente dificultad para respirar y la desaturación durante el ejercicio.
Frente a los síntomas persistentes, los expertos acuden a varias herramientas. Hay pruebas como la caminata de seis minutos, que ayuda a determinar si el paciente presenta desaturación de oxígeno durante el esfuerzo. También está la prueba de función pulmonar, que permite descubrir si hay algún cambio en la capacidad de intercambio gaseoso. Por otra parte, la tomografía de alta resolución es clave para detectar patrones de fibrosis u otros cambios estructurales que no se observan en radiografías simples.
Sin dudas, en personas con síntomas complejos, estos estudios aportan información para determinar si el origen de la disnea es pulmonar, cardiovascular o multifactorial, como suele ocurrir en el “long COVID”.
La iniciativa RECOVER ha recopilado miles de estudios de este tipo para intentar comprender mejor los subtipos de afectación pulmonar y predecir qué pacientes pueden mejorar con el tiempo. Aunque la investigación avanza rápidamente, la heterogeneidad de los cuadros clínicos hace difícil establecer trayectorias claras de recuperación.
El daño pulmonar pos-COVID cambia entre pacientes. Si bien unos muestran una mejoría constante entre los tres y los 12 meses después de la infección (sobre todo si el daño inicial fue leve o moderado), para otros el proceso es más lento y exige un seguimiento médico prolongado.
Hay también un pequeño grupo que desarrolla secuelas crónicas, como fibrosis pulmonar o disfunción respiratoria persistente.
La rehabilitación pulmonar se ha convertido en una de las herramientas más eficaces. Hay programas diseñados para atender a los pacientes de forma integral. Estos incluyen ejercicios aeróbicos, fisioterapia y entrenamiento muscular respiratorio. Los resultados son positivos, pues estos han demostrado mejorar la tolerancia al esfuerzo y acelerar la recuperación de funciones respiratorias. Una investigación de Johns Hopkins planteó que pacientes fatigados o con disnea meses después de la infección habían experimentado mejoras tras formar parte de estos programas de tratamiento.
Los CDC y el NHLBI recomiendan consultar a un profesional de la salud si los síntomas respiratorios persisten por semanas, si la falta de aire interfiere con la actividad diaria. Otras señales a tomar en cuenta son las palpitaciones, la tos constante, los mareos o el dolor torácico durante el esfuerzo. Acudir a un especialista a tiempo marca la diferencia y ayuda a descartar otras posibles causas.
La protección pulmonar después del COVID conlleva acciones sencillas pero efectivas: mantenerse al día con las vacunas recomendadas por los CDC, evitar el humo de tabaco, hacer ejercicio y controlar enfermedades crónicas como asma o EPOC. A estos consejos se suma el cuidado de la calidad del aire interior, que se logra al ventilar los espacios regularmente y reducir la exposición a químicos que irritan las vías respiratorias.
Para algunos pacientes, sobre todo aquellos con síntomas severos y limitaciones funcionales, el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) reconoce que el COVID persistente puede, en ciertos casos, cumplir criterios para ser reconocido como discapacidad bajo la Ley de Estadounidenses con Discapacidades (ADA).
