La exigencias incondicionales formuladas por Raúl Castro a Barack Obama durante el encuentro sostenido este lunes en La Habana, suponen un duro golpe a la credibilidad del proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, y pone en serios apuros al mandatario norteamericano que deja en evidencia su falta de liderazgo para encausar el difícil tablero en el que se juegan los intentos de solucionar un conflicto de más de 50 años.

Raúl Castro sigue sin entender que no puede exigir sin ofrecer nada a cambio.  Y, fiel a su terca e imprudente estrategia de provocación, ha pedido a Obama el fin del bloqueo y la recuperación del territorio de Guantánamo para normalizar las relaciones bilaterales, sin que hasta la fecha el gobernante cubano haya dado pasos concretos en el terreno de los derechos humanos.

Como reza una conocida máxima norteamericana, "se puede engañar a alguien todo el tiempo y a todos alguna vez, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo". Lo más criticable de esta reivindicación teatral formulada por el menor de los Castro es que desvía la atención de los problemas reales que sufre el pueblo cubano.

La prensa internacional lleva semanas hablando más de EEUU (y de los deberes de Obama) que del propio régimen cubano, como si la responsabilidad de la gobernabilidad del país descansara más en quienes han propuesto una normalización de las relaciones, que en el gobierno que debe garantizar la libertad y estabilidad democrática de su pueblo.

Más de 70 presos políticos -algunos condenados desde hace más de 20 años-, violaciones de derechos humanos como la censura y la brutalidad de las fuerzas de seguridad contra periodistas y escritores, así como la existencia de un estado policial al servicio de la élite gobernante, confirma que el agravio a la oposición y al pueblo cubano sigue siendo el mismo.

La visita de Obama a la isla caribeña -con más guiño electoralista que estrategia diplomática- hará historia por razones que van más allá de su importante repercusión en el actual debate sobre el acercamiento entre ambos países, en un contexto en que el régimen de los Castro se ha quedado sin enemigo exterior.  

De momento la reunión con el gobernante cubano ha sido el de un superviviente del período de la Guerra Fría y el de un líder de la nueva izquierda internacional, elegido democráticamente, que tienen más puntos en común que diferencias, sobre todo en sus críticas feroces contra el "neoliberalismo capitalista". Pero los cubanos y la comunidad internacional esperan mucho más de este encuentro.  

Además de defender el levantamiento del embargo norteamericano y mostrar su apoyo a los pobres que en Cuba representan más del 70% de la población -que es lo que de Obama se espera como predicador de la lucha contra la desigualdad en el mundo-, el presidente de la primera potencia económica debería cumplir el papel de verdadero introductor entre las diversas partes de la sociedad cubana: interna y del exilio.  

No se trata de ayudar a los hermanos Castro, ni de utilizar una vez más el museo de la revolución cubana, entre la imagen del Sagrado Corazón y el mediático retrato del Che para pontificar sobre la derechos humanos universales, sino de acercarse a las necesidades de la población, a sus verdaderas reivindicaciones, especialmente a la oposición interna, que es la que más sufre las represalias del régimen, y servir de puente entre unos y otros para facilitar el cambio y el futuro.  

En una de las reflexiones durante la rueda de prensa que tuvo lugar en el Palacio de la Revolución, Obama lanzó un mensaje para ayudar a despejar los obstáculos que separan a EEUU y Cuba en temas como la democracia y los derechos humanos: “vamos a dar inicio aquí, en La Habana, este mismo año a un diálogo sobre Derechos Humanos que va a contar con la asistencia de Naciones Unidas”.

Ojalá que este discurso conciliador pase de las palabras a los hechos. Es lo que necesita este país abandonado a su suerte para conseguir su verdadera normalización y una transición deseable para todos.

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